pobreLa finitud de la vida, coronada por la muerte a los ojos de los hombres que permanecen en este orbe, deviene un misterio por la imposibilidad de aproximarse a ella con el fin de alcanzar una seguridad próxima a la de la certeza matemática. Por mucho que la ciencia natural nos permita descubrir los más profundos secretos de la naturaleza y sus leyes todavía quedará por responder a la más alta, trascendente y vital de las cuestiones: el enigma de la vida, del que no se posee certeza terminante más segura que la necesidad intrínseca de desarrollarla con total autenticidad.

¿Cómo debemos vivir nuestra existencia para experimentarla en toda su potencialidad? Resulta evidente, a la luz de la historia, que por el deseo de poder y de nombre los hombres entran en disputa; unos viven en la opulencia material y otros en tal parquedad que incluso el alimento es una necesidad que no pueden procurarse por sí mismos. Este modo de vida en sociedad lejos de convertir al hombre en algo sagrado lo transforma en un salvaje lobo para el otro. Vivimos en competencia constante los unos contra los otros y sólo cuando ‘tenemos tiempo’ practicamos cierta actividad solidaria, la mayor de las veces para tranquilidad de nuestra conciencia. ¿Por qué no poner punto y final a esa estupidez que sólo genera desasosiego y depresión? ¿Por qué en lugar de causar sufrimiento y desánimo no colaboramos para alcanzar el deleite y el entusiasmo que ofrece una vida lograda?    Leer el resto de esta entrada »

 

Todos los hombres desean por naturaleza saber” (Aristóteles, “Metafísica”, I, 985 a), pero no sólo para adquirir una certeza conceptual, sino más bien la seguridad existencial, ese punto de apoyo que puede desarrollarse a través del correcto gobierno de uno mismo en la vida práctica para alcanzar la plenitud. El hombre busca, por necesidad intrínseca, la certeza existencial de sí mismo que ofrece de modo ilusorio la ideología y de modo real el Ser, quien “ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo” (Juan Pablo II, “Fides et ratio”).

Los que no han encontrado su verdadera riqueza, que es la alegría radiante del Ser y la profunda e inconmovible paz que la acompaña, son mendigos, incluso si tienen mucha riqueza material. Buscan afuera mendrugos de placer o de realización para lograr la aceptación, la seguridad o el amor, mientras llevan dentro un tesoro que no sólo incluye todas esas cosas sino que es infinitamente mayor que todo lo que el mundo pueda ofrecer” (Eckhart Tolle, “El poder del ahora”). El hombre necesita conocerse a sí mismo y la realidad que le envuelve para escudriñar los misterios de una existencia que le es dada junto a la razón, que es la capacidad de pensar, de ascender mediante el estudio del mundo natural hasta la causa última de la realidad, la cual le permite vivir de acuerdo con su estatuto ontológico – con su yo, con su espíritu – y no con las apariencias que ofrece la ideología – la que sea –, la cual trabaja para eliminar los pensamientos propios, esos que esperan en todo momento no sólo una respuesta, sino una decisión concreta para dar cumplimiento a una existencia abocada a realizarse, a ser. Leer el resto de esta entrada »

muerte

La muerte es verdadera. En la pregunta por el sentido de la existencia descubrimos que tenemos que elegir en todo instante nuestra forma de vida, que emana de nuestro estatuto ontológico, y, al mismo tiempo, que la vida está ordenada por la muerte. El hombre es un ser mortal: “con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gn 3, 19). La vida de una persona es breve y se presenta como una exigencia: no sólo hay que vivirla en cada segundo, sino que en cada segundo debemos tomar una decisión vital, pues si se posterga o se deambula con oídos sordos ante las cuestiones trascendentes – ¿quién soy?, ¿qué he de hacer?, ¿adónde voy? – no sólo nos perdemos experiencias, sino que, fallando al imperativo de autenticidad, nos quedamos sin ser nada, “porque no puedes ser verdaderamente sino el que tienes que ser” (Ortega y Gasset, “El tema de nuestro tiempo”).

Lo que tenemos que ser realmente y en sentido último parece una cuestión secundaria o intrascendente para muchos de nosotros. El ser humano es un sujeto que se deshumaniza, que se desnaturaliza, que se aparta, en definitiva, de su camino ontológico y existencial, que es el único que puede ofrecer sentido auténtico. Por eso, muchos, avanzamos por una montaña rusa en la que se suceden estados de alta satisfacción con otros de hundida angustia por la sencilla razón de que el hombre no sólo no se conoce, sino que pretende, insensato, huir de sí mismo. Se teme a la muerte biológica, que forma parte de la condición natural del ser humano, por la incapacidad de encontrarle una razón que no convierta a la existencia en un transitado y pasajero absurdo. Obviamente, la vida no es un absurdo, sino que esta es una idea que se encuentra en la visión que tiene de ella quien realmente no la conoce ni se conoce a sí mismo. Leer el resto de esta entrada »

En la realidad hay en absoluto un ente y no más bien nada (Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”). Si todo lo que es y es algo es ente, es indudable que el ente no sólo es el primer concepto que capta el entendimiento, sino que es verdadero, pues algo es cognoscible sólo en cuanto está en acto – en cuanto tiene ser –, y lo que está en acto es el ente. No obstante, como hemos dicho en las entradas anteriores, el ente tiene ser, pero no es el ser en grado absoluto. Así, el fundamento último de la verdad es el Ser en sí. El Ser es quien causa la verdad del intelecto, por lo que las cosas no dependen en absoluto de la ida que poseamos de ellas. Como la idea de las cosas no depende de nuestra voluntad, estas presentan un orden y una coherencia ontológica propia cuyo fundamento es el Ser.

La verdad, decimos, se predica de las cosas en orden al entendimiento. Como el acto de ser se da en grados de menor a mayor intensidad en las cosas, es decir, de las más imperfectas hasta Dios, el entendimiento humano – que es la de un ente que tiene ser, pero no el ser en grado absoluto – que podría no existir, no es su fundamento, pues las cosas pueden existir y existen al margen de la existencia del hombre, debemos decir que la idea de todas las cosas se encuentra en el entendimiento del Ser en sí, de Dios: “las cosas sensibles existen realmente; y si existen realmente, son percibidas necesariamente por una mente infinita; por tanto existe una mente infinita o Dios” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”). Si el Ser en sí no existiese, no tendríamos explicación de por qué hay ente y no más bien nada; tampoco habría explicación para hablar del orden y la coherencia interna de las cosas, que proceden de Dios y tienen en Él su principio y causa. Todo ente que no posee el ser en grado absoluto presenta dependencia en el ser, pues lo que puede no-ser, pero es o llega a ser no es por sí mismo, sino que tiene una causa, pues un ente que no posee el ser en sí – que no es necesario – es imposible sin una causa incausada que le otorga la participación en el ser.   Leer el resto de esta entrada »

El ser, decíamos, es el elemento principal de todo ente, es la actualidad de todas las cosas (Tomás de Aquino, “Summa Theologica”, I, p. 4, a.3, ad 3), aquello por lo que las cosas son. No hay ninguna realidad que no sea, pues sin ser no habría nada: el perro, es; las nubes, son, las personas, somos. El ser abarca todo lo que las cosas son; no obstante, ningún ente es ser puro; ninguna realidad creada es ser solamente, sino que tiene ser. El ente es un modo determinado de ser. Por tanto, el ser es el principio de entidad de las cosas, pero como el ente no es el ser puro, el acto de ser se da en grados de menor a mayor intensidad, desde las realidades más imperfectas hasta Dios, que es propiamente el ser puro en cuanto que en Él no hay nada accidental; todo lo que es Dios lo es en grado absoluto: Dios es ipsum ese subsistens (el ser subsistente por sí mismo).

El ser, acto fundamental de la realidad, es la perfección más íntima de un ente y la raíz de sus restantes perfecciones. En este sentido, Dios, que posee el ser en toda su profundidad, no es un ente como los otros que tienen ser, sino que Él, causa primera del ente, es su ser, es decir, no hay distinción real entre Dios y el ser: el Ser es Dios y Dios es el ser – Dios lo es todo absolutamente, posee en sí todas las perfecciones –. No obstante, cualquier realidad que conocemos, antes que nada, es y es algo como ya dijimos: “lo primero que concibe el entendimiento, como lo más conocido y en lo que se resuelven todos sus demás conceptos es el ente” (Tomás de Aquino, “De veritate”, 1,1, c). Si el ente es el primer concepto del entendimiento humano, pues todo lo que conocemos supone conocerlo en cuanto ente, podemos decir, sin error, que todo ente es verdadero; que la verdad es. Leer el resto de esta entrada »

contactosEl señor Jaime Mayor Oreja, europarlamentario del Partido Popular, manifestó recientemente que uno de los mayores problemas de Europa está en “haber olvidado las raíces cristianas“. Si uno se detiene encontrará en su reflexión que algunos cristianos, muy a nuestro pesar, somos personas cuyos actos, en ocasiones, y más de las deseables, se hallan en las antípodas de aquello que supuestamente profesamos y predicamos. Ahora hablaré primeramente del Partido Popular, pero de bien seguro que si sustituimos el nombre de este partido por el nuestro propio en poco o en nada se modificará de cuanto aquí diré.

El señor Mayor Oreja señala, y no sin razón, que nos hemos olvidado las raíces cristianas. El mismo partido del que este señor es miembro recoge en su ideario ideológico el concepto humanismo cristiano: “El PP pone de relieve la tradición humanista cristiana e ilustrada, consagrando el derecho a la vida, la dignidad de la persona, el valor de la libertad…”. Es obvio, y a la realidad más empírica me remito, que estas elocuentes palabras, que podría esgrimir el propio Giovanni Pico della Mirandola, resultan hueras. La consagración del derecho a la vida no es tal cuando se acepta la posibilidad de poner fin a la incipiente vida del nonato; tampoco la dignidad de la persona cuando, por ejemplo, se suprimen vitales y necesarias ayudas como la dependencia y se auxilia a los bancos, corresponsables de la actual crisis, en detrimento de las personas, muchas de ellas desahuciadas – en España hay un desahucio cada 15 minutos – y en el umbral de la extrema pobreza. Leer el resto de esta entrada »

Descartes llega a la idea de la existencia de Dios por distintas vías. Una de ellas es a través de la presencia de la idea misma de Dios en nosotros, que se justifica si realmente existe Dios, quien pone su idea en nosotros, ¿o no descubrimos la autoría de un escrito por la firma? (Gn 1, 27). Para Descartes la idea de una sustancia infinita es la más clara y distinta de todas. No obstante señala que si bien es concebible no es comprensible; es decir, jamás alcanzamos un conocimiento completo de Dios – pues quedaría limitado por nuestro entendimiento – en cuanto que la incomprensibilidad se halla contenida en la razón formal de lo infinito.

Otra de las vías por las que accede a Dios es mediante la imperfección del ser del hombre. Hemos visto que el hombre es un ser pensante – cogito, ergo sum – que tiene la idea de Dios – “un hombre jamás puede verse obligado a pensar en la existencia de una cosa de la que no tiene ninguna idea. Cualquiera que afirme que puede, juega con las palabras” (George Berkeley, “Comentarios filosóficos”) –, un ser infinitamente perfecto. Al respecto, es necesario indicar que concebir la idea de un ser perfecto implica entender la existencia de un ser dotado de una perfección infinita de la que carecemos los hombres; aunque si estuviese en nuestra facultad poder ser infinitamente perfectos como Dios lo seríamos, pues el hombre, por su estatuto ontológico, tiende siempre al bien en cuanto lo concibe – las cosas son queridas porque son buenas –. Sin embargo, si no podemos darnos a nosotros mismos las perfecciones que percibimos en Dios, menos aún está en nuestro dominio el procurarnos la existencia: “a cualquiera que sea capaz de la más mínima reflexión le resulta claro que nada es más evidente que la existencia de Dios, es decir, de un espíritu que está inmediatamente presente a nuestras mentes produciendo en ellas toda esa variedad de ideas o sensaciones que continuamente nos afectan, del que dependemos total y absolutamente; en una palabra, en quien vivimos, nos movemos y existimos” (George Berkeley, “Principios del conocimiento humano”). Esta idea también se halla presente en Wittgenstein: “no puedo dirigir los acontecimientos del mundo según mi voluntad: soy enteramente impotente” consecuentemente “al significado de la vida, esto es, al significado del mundo, lo podemos llamar Dios” (Ludwig Wittgenstein, “Notebooks”). Descartes concluye que existe una causa primera, Dios, que nos confiere el ser continuamente, lo mismo parece apuntar Berkeley: “viendo que no dependen de mí pensamiento (las ideas) y que tienen una existencia distinta de ser percibidas por mí, tiene que haber alguna otra mente en la que existen. Por tanto, es tan seguro que el mundo realmente existe como que hay un espíritu infinito, omnipresente, que lo contiene y lo soporta” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”). Leer el resto de esta entrada »