El sentido en una vida lanzada a quemarropa

Publicado: 16 septiembre, 2012 en Pensamiento

El ser humano se halla con la posibilidad de desentenderse de las ocupaciones cotidianas que los animales no racionales realizan por instinto, y, mediante una facultad no comprensible biológicamente, de meterse dentro de sí para ocuparse de sí mismo. La pregunta por el sentido de la vida no es el capricho del sacerdote o del intelectual, sino que el hombre, quizá sin saber por qué o el cómo, se descubre a sí mismo teniendo que ser en todo momento y en todo lugar. Con acierto, Ortega y Gasset dirá que “la vida nos es disparada a quemarropa” (Ortega y Gasset, ‘El hombre y la gente’), pues uno, ante la vida, es el viviente que, sin previa preparación, se ve en el necesario imperativo de tener que ser y, desde luego, no a través del despliegue de cualquier existencia.

La pregunta por el sentido de la vida no es una cuestión exclusiva de la persona religiosa, si bien su dimensión trascendente remite a una realidad sobrenatural. Es una cuestión universal en la que la persona se encuentra habiéndoselas individual e irremediablemente sola consigo misma, ante la realidad del universo y de los demás hombres, para plantearse de que forma debe llenar esa vida que le es donada y ante la cual, forzosamente, tiene que ser, en todo instante, su actor, eligiendo libremente, por su propia cuenta y riesgo, el camino a recorrer.

La vida (mi vida), que es vereda y encrucijada de caminos, hay que hacerla en todo momento, decidiendo en cada instante no cualquier cosa, sino aquello que nos haga ser lo que debemos ser; aquello que en cada paso guarda el sentido del siguiente. Un sentido del que no pueden dar respuesta las ciencias positivas, porque, por mucho que quieran y por mucho que se aproximen a descubrir las leyes del universo, no pueden decir por qué hay ser y no nada. Por otro lado, yo puedo entender la vida, pues en cierto modo tiene parte de ello en cuanto que es intransferible, como radical soledad en la que uno mismo confiere su propio sentido. No obstante, no estoy solo, sino que están los otros hombres y el mismo universo en el que habito. Así pues, hay un sentido que necesariamente es compartido por la entera humanidad. ¿Cuál?

La vida nos es disparada a quemarropa”. Dentro de mí he de pensar, al momento, cómo vivir ahí fuera, en el mundo en el que tengo que resolver no sólo mis circunstancias, sino, sobre todo, mi ser para alcanzar esa teoría que es una exigencia práctica: la vida lograda dotada de sentido y destinación. Cierto, el hombre vive en el tiempo, es mortal y este es, para muchos, el sentido más trascendente del ser humano y el único significado de una vida que puede llenarse de cualquier modo según cualquier plan. No obstante, no hay ninguna razón ni la razón misma se aventurará a afirmar que uno pueda dar por obvia la existencia. Al contrario, porque nos es lanzada a quemarropa, sin un manual de instrucciones, la vida se nos presenta desconcertante, incierta y difícil. Desconcertante porque uno no puede darla por supuesta, porque uno no es la única realidad existente ni la realidad es forjada por uno mismo; incierta, porque uno puede juzgar (conocer) esa realidad mediante su razón, pero ésta no alcanza a comprenderlo todo o, comprende, si uno es honesto, que debe someterse a una realidad y a una inteligencia extrínseca a ella, de la cual tiene una relación de dependencia por el simple hecho de ser la causante de su existencia; y difícil porque uno, sin arrogancia, debe asumir – recomiendo la reflexión de Blaise Pascal – que el suelo en el que nuestra existencia permanece y vive, no puede ser construido, sino que es recibido (Joseph Ratzinger, ‘Introducción al cristianismo’).

Es difícil la vida porque en todo momento nuestra razón tiene que confiarse a esa inteligencia que me lleva a mí y al mundo, pensándola y manifestándola continuamente como el fundamento firme sobre el que puedo ser quien debo ser y en el que la vida misma, que no se comprende por sí misma, goza de pleno sentido. Indudablemente, aunque el hombre se halla teniendo que habérselas con los demás hombres, el mundo y, en última instancia, con Dios, puede, en su intransferible existencia, negarse a ser quien debe ser haciéndose responsable ante sí mismo. Esta es la crisis del hombre contemporáneo, ausencia de sentido. Cuando uno no se conoce a sí mismo, es difícil que entienda qué es el universo, el sentido unitario de la historia y el sentido de su existencia según su modo de ser. Podemos pensar, ciertamente, que el hombre es el simple existir en el marco de una evolución progresiva. Sin embargo, qué quiere decir esto. Nada. Su único significado, negativo, es que el hombre se halla insertado en la vivencia de la nada del ser que cierra las puertas a la vivencia de la fe, al descubrimiento de ese diálogo que conduce no a creer en algo sino a decir “creo en ti”, en el encuentro con Cristo en el que se experimenta el sentido que sostiene al mundo y a la persona (R. Tura, La Teologia di J. Ratzinger) y que libera de la soledad del existencialismo.

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comentarios
  1. […] Dije recientemente que “la pregunta por el sentido de la vida no es el capricho del sacerdote o del intelectual, sino que el hombre, quizá sin saber por qué o el cómo, se descubre a sí mismo teniendo que ser en todo momento y en todo lugar”. Al ser humano no le es dada ni impuesta la forma de vida como le es dada e impuesta al universo y al resto de los seres vivos. El hombre está condenado a ser libre (Sartre, El ser y la nada), la existencia humana se encuentra siempre ante una decisión (Heidegger, Ser y tiempo): la persona humana tiene que elegir en todo instante la forma de su vida (Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo). Esta libertad de elección radica en que el hombre se halla íntimamente requerido, por su naturaleza ontológica y movido por su razón y no por el libre arbitrio, a elegir lo mejor: ser lo que debe ser. […]

  2. […] creencia en Dios nunca se comprenderá como el sentido de la vida y su espacio se llenará, porque ningún hombre puede desentenderse de la cuestión sobre el sentido de la vida, con la ideología u otra falsa fundamentación de la realidad del mundo y del ser humano. Además, […]

  3. […] Descubrir el sentido de la existencia es la única medicina que permite descubrir que la verdadera necesidad del ser humano no pasa por el inagotable consumo de realidades materiales, sino que, examinándose y volviéndose a examinar a sí mismo, se descubre que el fin de la existencia humana, la felicidad, descansa en la propia autorrealización personal: el hombre es verdaderamente más feliz cuanto más es y no cuanto más tiene. ¿Para qué quiero todas las cosas que compro? Si las cosas se convierten en indispensables para sentirnos realizados quiere decir que no somos nosotros mismos quienes realmente gobernamos nuestra existencia, sino que estamos influenciados por la economía de mercado que nos dice qué es la felicidad y qué hay que hacer para alcanzarla. […]

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