Decíamos que la desobediencia civil sin violencia, que evita el daño directo a terceras personas, busca la justicia social sin desmarcarse del amor por la ley y la democracia, pues estos son los instrumentos que deben garantizarla. Así, en vistas al bien común, esta desobediencia se dirige al conjunto de los ciudadanos para demostrarles que los derechos humanos no son respetados por el Estado, y a éste último para que recapacite por sus políticas erróneas y reforme la ley. Así, el sentido de justicia y el bien común son los principios fundamentales que rigen y justifican la desobediencia civil en un estado democrático y la advertencia de que estos principios no se respetan su motivo de ser.

Los fines de las instituciones políticas democráticas son la justicia y el bien común así como la eficiencia y la eficacia para que se logren las condiciones sociales necesarias para que esas sean una realidad que se traduce en el reconocimiento y respeto de la incondicional dignidad de la persona y el desarrollo de los proyectos personales de los ciudadanos, sujetos racionales que gozan de igual libertad. El deber de éstos en cuanto que ciudadanos de un estado democrático es de respetar a estas instituciones y cooperar con el objetivo de que alcancen ese fin que es de interés general. Leer el resto de esta entrada »

Si bien la línea que conduce a la xenofobia es angosta, una crítica a las acciones realizadas por personas con una visión teleológica del mundo no supone una crítica irrespetuosa hacia éstas y su religión, sino que forma parte, también, de la libertad religiosa que se demanda. Considero que es una exigencia intelectual y, sobre todo, moral criticar las malas ideas que afloran desde ámbitos religiosos para el bien mismo de quienes confesamos nuestra fe en Dios y de nuestra misión, que es anunciar la verdad revelada en pos de la trascendencia de del hombre, ese ser que consideramos que posee una dignidad incondicional. A la luz de esta incondicional dignidad de la persona y en pos de la racionalidad y valor moral de la religión es necesario que se distingan lo más clara y distintamente, si esto es posible, el ámbito de la creencia y el de la acción humana, para distinguir y erradicar los extremismos que anidan en las distintas religiones, especialmente en el islam y en el cristianismo.

Los apologistas dicen que las posturas fundamentalistas no constituyen la verdadera religión y focalizan sus motivaciones en otros intereses, ya sean ideológicos o culturales. Sin embargo, ¿estamos seguros de la imposibilidad de trazar una conexión, por nimia que sea, entre una doctrina religiosa y las diversas formas y grados de violencia en nombre de Dios? Algunos de esos apologistas señalan que el fundamentalismo no es más que una perversión de la religión verdadera. No obstante, al distinguir entre una religión verdadera y una deformación de la misma desde la óptica de los hechos, ¿no sitúa la verdad religiosa en el terreno de la subjetividad? Es decir, la religión verdadera es aquella que sostiene la existencia de Dios y la verdad de las doctrinas que revela. Por tanto, si la verdad que anuncia es una y no otra todos los fieles que comparten una misma religión deben ser fieles a unos mismos principios, pero según esos apologistas, esto no es así, y los verdaderos creyentes confiesan unas verdades de fe y los fanáticos otras. Leer el resto de esta entrada »

En la primera entrada hemos dicho que el fundamento de la moral es la incondicional dignidad de la persona sustentada en la sola razón. Ahora, cabe preguntarse si es posible una ética humanista sin el apoyo de los dogmas anunciados por la revelación cristiana. Si el fundamento y fin universal de la ética es la dignidad de la persona y el bien común es el reconocimiento de ésa en la praxis, ¿hay que anunciar el divorcio entre la moral y la teología o hay que inculcar los principios morales que sostiene el cristianismo? La respuesta, si no fácil, parece obvia: respecto a la moral todos tienen su propia opinión y se esgrimen distintos principios por lo que no existe consenso alguno; de este modo la moral práctica para ser universal no debe tener a la fe como modelo primero – esto no implica que deba estar separada de la fe –. La moral exige una vida ética abierta a todos, por tanto, debe liberarse del dominio de un determinado credo, sea teísta o ateísta.

¿La razón por sí misma puede apelar al reconocimiento e inviolabilidad de una moral natural que emerge en la conciencia del hombre para comprender y reconocer como un ‘deber sagrado’ la dignidad incondicional de la persona? ¿Es posible, tal vez, dirigiéndome a las personas creyentes, que no haya mayor muestra de amor a Dios que el reconocimiento, por su dignidad, del primado del hombre, que es lo que exhorta – o debería exhortar – la ética laica y universal de las sociedades democráticas? Si buscamos reconocer valores éticos universales el sentido común nos empuja a desprendernos de los dogmas propios de las distintas cosmovisiones, que ya no serán fundamentos, sino elementos complementarios para alcanzar la vida feliz y el bien común en la realización de una vida ética abierta a todos – de la que todos seremos responsables directos –. Leer el resto de esta entrada »

La ética demanda la recuperación de las conciencias ante la decrepitud de los comportamientos alimentada por el reconocimiento de la incondicional dignidad del ser humano. Para ello es necesaria la responsabilidad de personas vueltas hacia el prójimo y el bien común. Una responsabilidad que huya del fariseísmo y la represión propia del fundamentalismo que, de corte ideológico o religioso, ahoga al hombre a una moralidad imposible por la desmesurada elevación que solicita. Esta responsabilidad debe conducirnos hacia una rectitud y una solidaridad ética realizable.

No hay que inventar nuevos valores morales, sino evitar que su fundamento sea un concreto modelo, ya sea religioso o no, sino que en una sociedad laica, que no atea, teísta o agnóstica, el único modelo es el hombre mismo. Desde esta consideración, ningún creyente eludirá o verá menoscabada su ‘obligación’ superior hacia Dios si tiene en el hombre y su dignidad el fundamento y fin de su acción moral. Por tanto, no se trata de eliminar la trascendencia del hombre, que de ser real quedará intacta, sino que más bien supone vaciar a la moral de toda forma religiosa o, dicho de otro modo, de todo forma concreta de ver el mundo. Leer el resto de esta entrada »

La virtud se encuentra en extinción en el vocabulario que se usa en la vida pública; quizá porque son muy pocos y no se hacen ver quienes la testimonian en la praxis. Mayor fortuna corre otro término, el de los valores, de uso mayoritario, tal vez porque su significado es confuso, y más allá de una condición que se vislumbra positiva para el progreso cualitativo de la sociedad, pocos saben exactamente qué son, qué significan y cuál es su extensión. A lo mejor exagero, pero acérquense a una universidad y quizá descubran que no son tantos los estudiantes que saben cuáles son las virtudes cardinales; respecto a las teologales ni lo intenten.

Porque no soy una persona virtuosa quizá añoro este hábito que conduce a la perfección de la persona en conformidad con la ley moral. Es posible que esta ausencia de la vida practica se deba al politeismo de valores o, mejor dicho, al relativismo que afecta al hombre contemporáneo, abrace una u otra cosmovisión. Tampoco corren mejor fortuna las cuestiones fundamentales del hombre. ¿Quién soy y cómo he de vivir son demandas existenciales por las que ofrecemos esfuerzo en responderlas? La respuesta es evidente, si la virtud es extraña es porque muchos ya no nos preguntamos por aquellas condiciones necesarias que permiten que uno alcance una vida lograda, que no es aquella que se mide por los bienes económicos que se atesoran, por el grado de poder que se posee ni por el éxito que se nos reconoce, sino más bien por el crecimiento interior. Leer el resto de esta entrada »

La verdad no se posee, nos posee

Publicado: 9 septiembre, 2014 en Pensamiento

Nos experimentamos inmersos en una sociedad donde la comunicación se encuentra afectada por la opinión, la subjetividad y el amplio politeismo de valores, donde el peso de la mayoría y del sentimiento son pilares que resguardan ese trascendente que es la verdad. Sin embargo, si la honestidad no es un misterioso pasajero en nuestra interioridad, reconoceremos pronto que no poseemos la verdad, sino que más bien estamos poseidos o desposeidos de ella como lo están el resto de individuos con los que compartimos la misma especie. Si no somos honestos con nosotros mismos, si elevamos a grado de certeza nuestro pensamiento y nuestra opinión, al mismo tiempo, alzaremos el mayor muro contra el diálogo; y un mundo con ausencia de este, es más un mundo donde la indiferencia y el autoritarismo aniquilan el respeto y el amor.

Los conflictos en el mundo, de mayor o menor intensidad, desde el belicismo a la disputa vecinal, son el testimonio empírico de las barreras que construyen las ideas cuando sus únicos fundamentos son la opinión, el sentimiento, y la vanidad, y cuando el ser interior del hombre se edifica más por el inagotable deseo del tener que por el perfeccionamiento del ser. Buscamos y deseamos la paz, el bien y la verdad sin poner los medios para que ellos iluminen nuestros corazones y nuestras sociedades. Nos preguntamos por qué los otros nos vilipendian y agraden sin examinar si esa actitud no es más bien un acto de defensa. Si hacemos examen de conciencia quizá descubramos que se encuentran clausurados los puntos de encuentro con el otro, que más allá de sus pensamientos particulares y contingentes es aquel ser cuya imagen más se asemeja a la mía. Leer el resto de esta entrada »

dialogoPensar en comunidad es uno de los grandes retos de nuestra sociedad actual cuando, ante un mismo problema, cada persona busca arreglárselas por su cuenta – desconectados los unos de los otros –. Sin embargo la vida política y, en consecuencia, la resolución de problemas, exige una comunidad, una pluralidad de hombres, cada cual con su cosmovisión, que coopera en vistas al bien común, que es el bien propio del ser humano. Los hombres son seres sociales, ni siquiera la vida del ermitaño resulta posible sin un mundo que directa o indirectamente testifica la presencia de otros seres humanos (Hannah Arendt, “La condición humana”). El término persona procede de la palabra latina ‘personare’ que significa literalmente ‘hacer eco’, ‘resonar’; al mismo tiempo hunde su raíz en el término griego ‘prósopon’ y significa ‘aquello que se pone o sitúa delante de los ojos’, es decir, el ser humano es aquel que es un yo para un tú, lo que revela qué intrínseco es el discurso y la comunicación entre los hombres, de modo que cuando no existe el diálogo propiamente tampoco existe la vida humana. Leer el resto de esta entrada »