La verdad no se posee, nos posee

Publicado: 9 septiembre, 2014 en Pensamiento

Nos experimentamos inmersos en una sociedad donde la comunicación se encuentra afectada por la opinión, la subjetividad y el amplio politeismo de valores, donde el peso de la mayoría y del sentimiento son pilares que resguardan ese trascendente que es la verdad. Sin embargo, si la honestidad no es un misterioso pasajero en nuestra interioridad, reconoceremos pronto que no poseemos la verdad, sino que más bien estamos poseidos o desposeidos de ella como lo están el resto de individuos con los que compartimos la misma especie. Si no somos honestos con nosotros mismos, si elevamos a grado de certeza nuestro pensamiento y nuestra opinión, al mismo tiempo, alzaremos el mayor muro contra el diálogo; y un mundo con ausencia de este, es más un mundo donde la indiferencia y el autoritarismo aniquilan el respeto y el amor.

Los conflictos en el mundo, de mayor o menor intensidad, desde el belicismo a la disputa vecinal, son el testimonio empírico de las barreras que construyen las ideas cuando sus únicos fundamentos son la opinión, el sentimiento, y la vanidad, y cuando el ser interior del hombre se edifica más por el inagotable deseo del tener que por el perfeccionamiento del ser. Buscamos y deseamos la paz, el bien y la verdad sin poner los medios para que ellos iluminen nuestros corazones y nuestras sociedades. Nos preguntamos por qué los otros nos vilipendian y agraden sin examinar si esa actitud no es más bien un acto de defensa. Si hacemos examen de conciencia quizá descubramos que se encuentran clausurados los puntos de encuentro con el otro, que más allá de sus pensamientos particulares y contingentes es aquel ser cuya imagen más se asemeja a la mía. Leer el resto de esta entrada »

dialogoPensar en comunidad es uno de los grandes retos de nuestra sociedad actual cuando, ante un mismo problema, cada persona busca arreglárselas por su cuenta – desconectados los unos de los otros –. Sin embargo la vida política y, en consecuencia, la resolución de problemas, exige una comunidad, una pluralidad de hombres, cada cual con su cosmovisión, que coopera en vistas al bien común, que es el bien propio del ser humano. Los hombres son seres sociales, ni siquiera la vida del ermitaño resulta posible sin un mundo que directa o indirectamente testifica la presencia de otros seres humanos (Hannah Arendt, “La condición humana”). El término persona procede de la palabra latina ‘personare’ que significa literalmente ‘hacer eco’, ‘resonar’; al mismo tiempo hunde su raíz en el término griego ‘prósopon’ y significa ‘aquello que se pone o sitúa delante de los ojos’, es decir, el ser humano es aquel que es un yo para un tú, lo que revela qué intrínseco es el discurso y la comunicación entre los hombres, de modo que cuando no existe el diálogo propiamente tampoco existe la vida humana. Leer el resto de esta entrada »

 

iraq

El hombre es el ser que está abierto hacia el bien, al que tiende de manera natural, racional y libre y que fundamenta y especifica la moralidad de sus acciones; sin embargo, por su libre albedrío, puede no obedecer a la ley moral y, en consecuencia, tomar máximas malas (Kant, “La religión dentro de los límites de la mera razón”) capaces de generar el inconcebible horror que nos llega desde Irak, cuyo único fin es la eliminación de la condición humana. Detrás de cualquier mascre siempre se halla la ideología, que en cualquiera de sus formas, considera que todo es posible y lógicamente aceptable para dar a luz los principios sobre los que se asienta, incluso la destrucción sistemática del otro con el fin de que los que sobrevivan adopten tal ideología.

No me importa quiénes son ni qué representan estos victimarios, me ocupa y preocupa su mal en cuanto acción humana. Es díficil establecer una comprensión de lo que acontece en Irak, pues la barbarie reina ahí donde el diálogo es imposible. Esta catástrofe humanitaria desafía todas las reglas de la lógica y el juicio por la incapacidad de hallarle sentido. Lo único que podemos constatar es que en este mundo que compartimos los unos con los otros hay algunos que gobiernan su existencia orientándose por reglas que obvian de modo radical el sentido común y la moralidad. En realidad, no sé bien cómo puede ponerse fin a estos actos de deshumanización ahí donde se dan; sin embargo, quien no se movilice ante estos hechos, no se movilizará por ningún otro en que la dignidad humana esté en juego. Leer el resto de esta entrada »

 

El hombre es un sujeto verdaderamente libre cuando es el responsable directo del desarrollo de su existencia; cuando padece la presión de una fuerza extrínseca en esta empresa se convierte en un esclavo. El peligro real del siglo XXI es que en un medioambiente cada vez más mecanizado la persona se convierta en un robot. Convertirse en un robot significa que el ser humano deja se ser un fin en sí mismo para transformarse en un engranaje destinado a alimentar a la insaciable maquinaria del sistema económico. En este contexto se convierte en un sujeto tan superfluo que nada le distingue de un objeto. En nuestra sociedad actual parece ser que el hombre no es el fin último, sino que más bien es un medio “desamparado ante las fuerzas económicas y sociales que él mismo ha creado” (Erich Fromm, “La condición humana actual”).

La deshumanización se constata cuando los bienes contingentes adquieren mayor valor, cuando la acción humana se encuentra urgida a querer más cosas. Cuando la felicidad ya no descansa en ser sino en tener, la posesión se convierte en la aparente fuente de satisfacción, realidad que nos convierte de manera progresiva y con mayor necesidad en sujetos de codicia, una codicia capaz de justificar la acción más vil, que no es otra que el enfrentamiento de unos con otros. La humanización de la sociedad sólo pasa, ineludible, porque en la escala de valores la persona se encuentre en la cima y no los bienes materiales. La humanización será real cuando la meta del hombre sea la felicidad, que no es otra cosa que la plenitud del ser, pero mientras el motor de la existencia sea el deseo de alcanzar una ganancia económica mayor que nos permita poseer lo que tiene el otro o incluso más, el hombre se encontrará tullido como ser social cegado por la imperiosa necesidad de vivir para sí mismo indiferente al sufrimiento ajeno, indiferente a la certeza de que el bien humano es un bien absolutamente social. Leer el resto de esta entrada »

La vida pública no puede entenderse como una categoría cerrada dotada de una racionalidad neutral y carente de cosmovisión, porque esto es imposible si hablamos de una sociedad humana. La vida pública, más bien, es un ámbito en el que se razona y razonan todas las cosmovisiones existentes y en el que debe ‘triunfar’ el mejor argumento, siempre mediante el diálogo y nunca por imposición. Es una exigencia de toda sociedad democrática el reconocimiento de la libertad religiosa y de expresión si realmente se cree no ya sólo en la realidad del pluralismo, sino en la incondicional dignidad de la persona humana.

La secularización del Estado democrático, que se plasma en la separación Iglesia-Estado, no implica ni debe implicar la secularización de la sociedad. Cada persona tiene una propia cosmovisión y en cuanto ciudadano tiene el derecho de expresar, en un ámbito de igual libertad, sus razones y creencias, mientras no se le considere un sujeto al margen de la sociedad civil. Pero como la sociedad la constituyen ciudadanos ‘religiosos’ y ‘no religiosos’, el Estado, que debe estar desposeído de toda vinculación o halo religioso, no puede privatizar ninguna religión, pues ello iría en detrimento del pluralismo característico de la democracia y del respeto recíproco que deben guardarse las personas en cuanto ciudadanos. Además, ninguna cosmovisión es dueña del espacio de la razón, sino que ésta se encuentra presente en todas aquellas que tienen al ser humano como fundamento, como dignidad incondicional y fin en sí mismo. Leer el resto de esta entrada »

El papel de la religión en la esfera pública es una cuestión que ocupa el pensamiento contemporáneo ofreciéndose distintas posiciones. Antes de comenzar una detenida reflexión sobre la religión y lo religioso en la sociedad contemporánea, será útil preguntarse si la religión conforma en sí una categoría clara y distinta, si forman parte de ella todas las diversas religiones y manifestaciones espirituales y, al mismo tiempo, si la llamada vida pública es también una categoría clara y distinta al margen de la religión. Esta última cuestión es de una importancia trascendental, pues existe una opinión bastante común que considera que la presencia de la religión en el ámbito público es un problema, incluso de gravedad, pues, de ordinario, hay quienes le imputan – a la religión o a las religiones – el avasallamiento de la libertad del hombre.

Si la religión y la vida pública son categorías claras y distintas, habrá que suponer, por cierta lógica, que el ámbito natural de la primera es el privado. No obstante, si analizamos con rigor lo público, debemos averiguar si éste supone una realidad neutra en la que no tiene cabida ninguna cosmovisión o si, por lo contrario, supone una ristra diversa de cosmovisiones. Además, si tenemos presente que ninguna idea es neutra, sino que en ellas el hombre proyecta su pensamiento y su creencia respecto del mundo (Cioran, “Breviario de podredumbre”), deberemos investigar si lo público no presupone y afirma, consciente o inconscientemente, una o diversas tradiciones religiosas y, además, si lo secular es también una categoría clara y distinta caracterizada por la neutralidad o si, por lo contrario, presupone y reafirma también una o diversas cosmovisiones o religiones. Leer el resto de esta entrada »

¿Tiene sentido que hablemos de sociedad y de comunidad política cuando sobre las cuestiones trascendentales de la existencia humana el diálogo más bien se transforma en un virulento ejercicio cuyo único fin es la imposición al otro de nuestras ideas? Este modo de estar los unos con los otros no es humanista, pues no se respeta ni la dignidad ni la libertad del otro ni se busca el mejor ambiente para alcanzar el bien común a través de una convivencia basada en el mutuo respeto, sino que cada uno, en vistas a su seguridad enarbola, subyugado, una ideología con la que espera doblegar a su ‘oponente’.

El mundo social es la segunda naturaleza del hombre, es el ámbito de la humanización; sin embargo, con frecuencia, se convierte en un inmenso campo sembrado de odio a causa de la defensa a ultranza de ideologías – políticas,económicas, religiosas – que no buscan el bien común, sino el dominio del otro, dando lugar a actitudes totalitarias que llegan, incluso, a florecer con facilidad en estados donde la democracia parece firmemente instituida. Pero el fin de la sociedad no puede ni debe ser ese ámbito, cultural, donde la humanidad reste separada en facciones, sino que debe representar la suprema forma de convivencia humana dispuesta para la única acción razonable de la existencia del ser humano: la consecución del bien común en la que el sujeto logra su autorrealización a partir del desarrollo de sus proyectos personales. Leer el resto de esta entrada »