Cuando la felicidad depende del tener

Publicado: 8 agosto, 2014 en Pensamiento

 

El hombre es un sujeto verdaderamente libre cuando es el responsable directo del desarrollo de su existencia; cuando padece la presión de una fuerza extrínseca en esta empresa se convierte en un esclavo. El peligro real del siglo XXI es que en un medioambiente cada vez más mecanizado la persona se convierta en un robot. Convertirse en un robot significa que el ser humano deja se ser un fin en sí mismo para transformarse en un engranaje destinado a alimentar a la insaciable maquinaria del sistema económico. En este contexto se convierte en un sujeto tan superfluo que nada le distingue de un objeto. En nuestra sociedad actual parece ser que el hombre no es el fin último, sino que más bien es un medio “desamparado ante las fuerzas económicas y sociales que él mismo ha creado” (Erich Fromm, “La condición humana actual”).

La deshumanización se constata cuando los bienes contingentes adquieren mayor valor, cuando la acción humana se encuentra urgida a querer más cosas. Cuando la felicidad ya no descansa en ser sino en tener, la posesión se convierte en la aparente fuente de satisfacción, realidad que nos convierte de manera progresiva y con mayor necesidad en sujetos de codicia, una codicia capaz de justificar la acción más vil, que no es otra que el enfrentamiento de unos con otros. La humanización de la sociedad sólo pasa, ineludible, porque en la escala de valores la persona se encuentre en la cima y no los bienes materiales. La humanización será real cuando la meta del hombre sea la felicidad, que no es otra cosa que la plenitud del ser, pero mientras el motor de la existencia sea el deseo de alcanzar una ganancia económica mayor que nos permita poseer lo que tiene el otro o incluso más, el hombre se encontrará tullido como ser social cegado por la imperiosa necesidad de vivir para sí mismo indiferente al sufrimiento ajeno, indiferente a la certeza de que el bien humano es un bien absolutamente social.

En un medioambiente cada vez más tecnificado y regido por la economía el hombre corre el peligro de olvidarse de sí mismo como realidad trascendente; en lugar de enfocar su acción en vistas a su desarrollo y perfección personal se centra y focaliza su existencia en la consecución de realidades materiales en las que cree encontrar la fuente de placer y plenitud. Sin embargo, la perenne dinámica que le exige la economía como sujeto consumidor, en la que sólo importa desear y poseer más, le deshumaniza progresivamente en un sujeto superfluo al servicio de la citada economía. Basta comprobar que en cualquier ciudad del mundo cada vez son más habituales los grandes centros comerciales donde un cada vez mayor número de humanos deambulan durante su ‘tiempo libre’ prestos a consumir todo lo que se les presente a la vista como la mayor fuente de placer.

El hombre contemporáneo parece alejado de la vivencia del ser; cada vez son más los que eluden las grandes cuestiones que acechan a la razón. Así, incapacitados para descubrir el sentido por el que gobiernen mejor sus existencias, se transforman en sujetos pasivos y altamente influenciables por criterios ajenos que les señalan cómo y para qué vivir. De este modo el hombre no sólo se encuentra empujado a consumir y a consumir, hallando en el mero consumo su fuente de placer o felicidad, sino que los demás ven a la persona del otro con mayor interés en la medida en que posee más – ver vídeo que encabeza la entrada –. Pero esta fuente jamás sacia, sino que el deseo de querer, de consumir, se acelera en la medida en que disminuye el placer que ofrecen las cosas que se van poseyendo. Esta situación no sólo genera insatisfacción, sino que también es fuente de envidia y odio hacia aquellos que tienen más facilidad para adquirir aquellos bienes materiales que no podemos alcanzar y que deseamos.

Descubrir el sentido de la existencia es la única medicina que permite descubrir que la verdadera necesidad del ser humano no pasa por el inagotable consumo de realidades materiales, sino que, examinándose y volviéndose a examinar a sí mismo, se descubre que el fin de la existencia humana, la felicidad, descansa en la propia autorrealización personal: el hombre es verdaderamente más feliz cuanto más es y no cuanto más tiene. ¿Para qué quiero todas las cosas que compro? Si las cosas se convierten en indispensables para sentirnos realizados quiere decir que no somos nosotros mismos quienes realmente gobernamos nuestra existencia, sino que estamos influenciados por la economía de mercado que nos dice qué es la felicidad y qué hay que hacer para alcanzarla.

 

 

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