¿Quién es el hombre? Parte IV

Publicado: 9 enero, 2014 en Pensamiento

Puesto que todos los hombres desean por naturaleza saber (Aristóteles, “Metafísica”), y ya que no les es dada ni impuesta su forma de vida, sino que tienen que elegir en todo instante la suya, todos necesitan conocerse a sí mismos para alcanzar con perfección la propia realización personal según su ontológica naturaleza. Por tanto, no es ilógico que se anuncie que todos los hombres son filósofos (Antonio Gramsci, “El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce”).

Todo hombre es filósofo en la medida en que busca una respuesta a las principales cuestiones existenciales. La aproximación a la verdad, sea desde la honestidad o desde la manipulación ideológica, configura una determinada concepción del mundo que se convierte en el principio y fundamento rector por el que cada uno gobierna su existencia. Sin embargo, si uno es consciente y crítico respecto al conocimiento de uno mismo y de la realidad se encuentra en disposición de encontrar aquella huella que muestra la senda que conduce hacia el auténtico ser.

Quien llega, mínimamente, a conocerse a sí mismo sin la coacción de pensamiento ajeno entra en relación directa con una concepción del mundo que induce de modo natural a adoptar una norma moral que se traduce en la materialización práctica de un determinado comportamiento ético con un alcance sociopolítico, en cuanto que ninguna clase de vida humana […] resulta posible sin un mundo que directa o indirectamente testifica la presencia de otros seres humanos (Hannah Arendt, “La condición humana”), y un sentido trascendente, en cuanto que la explicación de quién es el hombre se encuentra fuera de él y del mundo.

El hecho de que el hombre no puede vivir al margen de la compañía de sus semejantes manifiesta que la concepción del mundo mayoritaria determina la organización política y la misma idea que se tiene del ser humano. Es por esta razón que es de suma importancia que uno desarrolle su propio pensamiento para dirigir su vida y no acepte uno de exterior. No obstante, esta empresa resulta diezmada cuando desaparece la enseñanza de la filosofía y se debilita la formación humanista encargada de despertar el pensamiento y el espíritu crítico de los infantes. Cuando ocurre esto ya no se trata a las personas como seres humanos, sino como mera masa subordinada a intereses ideológicos, que imponen una determinada concepción del mundo para su beneficio.

Cuál es la verdadera concepción del mundo. Como ésta es el principio y fundamento que permite que el hombre alcance realmente su auténtica forma de ser, no será otra que aquella que trata a la persona humana como un fin en sí misma, por lo que es una dignidad y no un objeto susceptible de ser instrumentalizado, y la que permite la consecución del bien común que garantiza el bien particular de todos. Sólo si se entiende que todo hombre forma parte de un mismo ‘cuerpo’ que es la humanidad, la dignidad del ‘yo’ será reconocida en la dignidad de cada ‘tú’, y el reconocimiento de todas las dignidades será el mayor garante, desde el ámbito social, de la incondicional dignidad de la persona y la clave para fortalecer los consiguientes derechos humanos.

Es evidente, desde una perspectiva histórica, que el reconocimiento de la dignidad humana carece de solidez, tanto a nivel teórico como práctico. Las ideologías, desde tiempos antediluvianos, elaboran concepciones del mundo y del hombre y su respectiva ética que en manos de una seleccionada comunidad de intelectuales se transforma en narcótico para la turba que las aceptan por la autoridad que confieren a quienes las divulgan, a quienes no discutirán ni pondrán fácilmente en duda, sobre todo porque en la mayoría de las ocasiones no pueden argumentar otras razones que pudieran contradecirlas y, en consecuencia, no modificarán una convicción que, por lo general, no procede de un razonamiento, sino de una mera aceptación de autoridad como señalamos. A esta empresa de persuasión colabora de manera decisiva la propaganda que construye la opinión de la masa y es capaz de desacreditar a la razón misma, aunque la ciencia y la filosofía sean demostraciones y pruebas abrumadoras en su favor (Bertand Russell, “El poder”).

Así, todas las ideologías, que no reconocen la incondicional dignidad de la persona, pueden, no obstante, mediante esta ingeniosa y maquiavélica obra de ingeniería, transformar intelectual y moralmente la vulneración de los derechos humanos en un majestuoso, pero subjetivo, relativo y consensuado reconocimiento de los mismos. Y esto no lo discutirá quien es convencido de ello aunque, como decimos, lo refuten la ciencia y la filosofía. Por tanto, donde no se fomenta el espíritu crítico y honesto por la verdad, donde se reemplaza la enseñanza de la filosofía y de las humanidades en general se da pie al adoctrinamiento, que opera sobre el entendimiento por formar de los alumnos que, en edad más adulta, serán la infantería y el sostén de la ideología a la que están adheridos y que les subordina y ata al fondo de la caverna.

Los miembros de la sociedad que se atreven a conocerse a sí mismos, aquellos que se encuentran motivados por el espíritu crítico y no buscan nada más que la perfección de su ser y el bien común, tienen la obligación moral e intelectual de procurar que las dos principales instituciones que se ocupan de despertar el pensamiento libre, la escuela y la Iglesia, reconozcan la incondicional dignidad de la persona y la traten como el fin que es en vistas a la obtención de su plenitud y, con ello, del bien común. Para ello es indispensable preguntarse, como hacemos, quién es el hombre.

La pregunta quién es el hombre es la principal de todas y afecta a la entera humanidad. De su correcta respuesta depende que todos lleguemos a ser quien debemos ser, que gobernemos nuestra existencia y seamos dueños de nuestro propio destino en vistas al bien común mediante la libre elección en total adecuación con la verdad ontológica, la que nos descubre como una dignidad y, por ello, como un fin. Esto hace que no existan otros modos posibles de considerar o de concebir la vida del hombre. Si reconocemos que la persona es una dignidad incondicional y no un instrumento, ella es el fundamento de los derechos y la norma moral a seguir no será otra que aquella que exija tratarla como un fin. Así, en el momento en que no apliquemos esta norma el hombre devendrá una aberración para el hombre mismo, para con la sociedad, aceptándose, al mismo tiempo, que el hombre no es una dignidad, sino un objeto que se puede instrumentalizar en beneficio de muy diversos intereses y que no existe ninguna razón para reconocer y respetar los derechos humanos, con lo cual la sociedad será una selva en la que los más fuertes, los que logren influir en la opinión de los demás, dictarán el modo de concebir el hombre y el modo ético de comportarse respecto a él.

Pero que el hombre sea una dignidad, es decir un fin, significa que, de suerte, es un ser cuyo atributo debe reconocerse y mantenerse intacto bajo cualquier situación. Nada de lo que entra en la dimensión de lo humano puede ser tratado como no humano.

comentarios
  1. Pablo F. dice:

    Felicidades, las cuatro entradas son ricas y variadas y una interesante aproximación al hombre. También resultan interesantes los argumentos y el debate con los comentaristas.

  2. Saludos Pablo, se agradece el comentario. Un saludo.

  3. […] un medioambiente cada vez más tecnificado y regido por la economía el hombre corre el peligro de olvidarse de sí mismo como realidad trascendente; en lugar de enfocar su acción en vistas a su desarrollo y perfección […]

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