El amor siempre supone salir de uno (bien común)

Publicado: 22 marzo, 2013 en Amor, Ética y Moral, Política

El conocimiento de la verdad exige diálogo con los otros hombres. Esta premisa es importante para descubrir, entre todos, el valor social de la verdad. La afirmación última y radical de la verdad es la cuestión de la afirmación de la verdad del ser de la persona cuyo bien, por su carácter social, es el bien común. En efecto, que la sociabilidad es un principio fundamental de la esencia humana no es el capricho de los autores que lo defienden. Cuando se dice que “ninguna clase de vida humana, ni siquiera la del ermitaño en la agreste naturaleza, resulta posible sin un mundo que directa o indirectamente testifica la presencia de otros seres humanos”, se constata una empírica realidad: que “todas las actividades humanas están condicionadas por el hecho de que los hombres viven juntos” (Hannah Arendt, “La condición humana”), que los hombres viven juntos y cooperan entre ellos para organizarse y gobernar en vistas a un fin concreto que no es otro que el bien de la humanidad.

Este vivir juntos y esta cooperación no anula ni debe anular, evidentemente, el carácter personal del sujeto humano, pues la historia, hay que lamentarlo, es rica en ejemplos de falsas interpretaciones antropológicas por las que o bien se otorga una desmesurada primacía al individualismo en perjuicio de esta sociabilidad intrínseca del hombre, o bien se ofrece una exagerada preferencia a la colectividad anulándose la personalidad de cada sujeto humano, que es lo que sucede con el liberalismo y el comunismo respectivamente.

En el liberalismo, “el destino del hombre se transforma en el de contribuir al crecimiento del sistema económico, a la acumulación de capital, no ya para lograr la propia felicidad o salvación, sino como un fin último” (Erich Fromm, “El miedo a la libertad”). El capitalismo produce la subordinación de la persona transformándola en un medio para alcanzar fines económicos que son el verdadero propósito de la actividad sociopolítica, y una demostración de ello es que en los países democráticos occidentales las organizaciones más importantes son económicas. En este sentido el capital ya no está al servicio del hombre, sino que es este quien se vuelve siervo del capital que se halla en manos de una minoría que lo monopoliza manteniendo en la esclavitud o en la servidumbre al resto de la sociedad (Bertrand Russell, “El poder”). En el comunismo se produce el sacrificio absoluto del individuo al todo (Erich Fromm, “El miedo a la libertad”), se afirma, al contrario que en el liberalismo, la primacía ontológica de la colectividad frente al individuo al que sólo se considera en cuanto engranaje de la maquinaria del sistema. Estas dos formas de entender el hombre no pueden ni deben ser las únicas alternativas posibles para construir una sociedad, pues ambas presentan una falsificación de la realidad del ser humano, cuyo único significado, afirman, es el de ser un medio, y no un fin, del sistema. Darse cuenta de esto no es fácil, pues si bien estamos convencidos de que hemos derribado la mayor parte de las grandes y arcaicas formas de autoridad, no percibimos que permanecemos atados de pies y manos a través de la sibilina y sutil propaganda ideológica.

¿Qué tipo de sociedad es la preferible? Es indiscutible que la sociedad preferible y deseable es aquella que afirma la verdad del ser de la persona, que es una dignidad incondicional, un valor absoluto, es decir, un fin en sí misma: el hombre debe ser reconocido como medida de todas las realidades que existen y, en consecuencia, restar al margen de toda relación medio-fin, puesto que es el único fin en sí mismo que puede emplear todas las cosas existentes como medio para la consecución de su plenitud. Por tanto, el modelo verdadero de sociedad sólo puede ser aquel que reconozca y tenga como fin el primado del hombre. Como la persona es un fin, un bien tan inmediblemente insigne, es evidente que no se le puede dispensar el trato propio de los instrumentos, sino que como se le debe tratar con el mayor de los respetos sólo el amor puede ser la actitud que el hombre debe dispensar en su relación con el hombre. Y esta es una premisa necesaria (Erich Fromm, “Miedo a la libertad”) que hoy no se tiene muy en cuenta y que la política debe tener presente como razón de fin, porque “el amor social se expresa en el quehacer político para el bien común […] Todos piensan que la Iglesia está en contra del comunismo; pero está tan en contra de ese sistema como del liberalismo económico de hoy, salvaje. Eso tampoco es cristianismo, no podemos aceptarlo. Tenemos que buscar la igualdad de oportunidades y de derechos […] Todas estas cuestiones hacen la justicia social. No debe haber desposeídos y no hay peor desposesión que no poder ganarse el pan, que no tener la dignidad del trabajo […] “Los que estamos bien le damos algo al que está mal, pero que se quede allí, lejos de nosotros”. Eso no es cristiano. Es imprescindible incorporarlo cuanto antes e nuestra comunidad” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”). Es indispensable recordar que al hombre no le puede ser ajeno el hombre, pues su bien es un bien eminentemente social.

La verdad del hombre es su incondicional dignidad, la verdad de la humanidad es que su bien es un bien absolutamente social. El hombre no es un Robinson Crusoe, el hombre no puede vivir al margen de la compañía y del bien de sus semejantes. “El deber fundamental del poder es la solicitud por el bien común de la sociedad […] Los derechos del poder no pueden ser entendidos de otro modo más que en base al respeto de los derechos objetivos e inviolables del hombre. El bien común al que la autoridad sirve en el Estado se realiza plenamente sólo cuando todos los ciudadanos están seguros de sus derechos. Sin esto se llega a la destrucción de la sociedad, a la oposición de los ciudadanos a la autoridad, o también a una situación de opresión, de intimidación, de violencia, de terrorismo […] Es así como el principio de los derechos del hombre toca profundamente el sector de la justicia social y se convierte en medida para su verificación fundamental en la vida de los Organismos políticos” (Juan Pablo II, “Redemptor hominis”).

El bien común es una exigencia ética. Sin embargo, si bien todos coincidimos en el hecho de que la persona humana es una dignidad absoluta y en el consecuente reconocimiento de los derechos humanos, uno, en última instancia, sólo mira por su propio interés, no asume la existencia del otro como una responsabilidad propia si con ello se le exige entrega, dolor y sacrificio continuado, que por otro lado no son más que elementos que integran el verdadero amor. Se da, pues, una conformidad compulsiva con la realidad de la ideología. Uno prefiere ser un autómata que alguien que disiente del sistema por el riesgo de ser señalado, difamado o apartado. Preferimos ser boyas que van a la deriva: “nunca han abundado tanto las existencias falsificadas, fraudulentas. Casi nadie está en su quicio, hincado en su auténtico destino. El hombre al uso vive de subterfugios en que se miente a sí mismo, fingiéndose en torno un mundo muy simple y arbitrario, a pesar de que la conciencia vital le hace constar a gritos que su verdadero mundo, el que corresponde a la plena actualidad es enormemente complejo, preciso y exigente. Pero tiene miedo, tiene miedo a abrirse a ese mundo verdadero, que exigiría mucho de él, y prefiere falsificar su vida reteniéndola hermética en el capullo gusanil de su mundo ficticio y simplicísimo” (Ortega y Gasset, “Misión de la universidad”). Este mundo ficticio que fomenta la opinión pública, que niega tanto los valores y principios que emanan de la dignidad del hombre – principios y valores que se descubren de inmediato en la apertura de la inteligencia a la realidad – como la realidad trascendente de este en beneficio de una sociedad sin ideales, carece, en consecuencia, de una ética pública consensuada que realmente reconozca y tenga como verdadero fin el bien del hombre (Tony Judt, “Pensar el siglo XX”).

La sociedad preferible y deseable no es utópica, pues todos convenimos mayoritariamente, y no titubeamos, en afirmar la incondicional dignidad de la persona. Por tanto es necesario mostrar sin desfallecer quién es el hombre para no permanecer en la mentira, para no vivir en Matrix, para que la voluntad encuentre complacencia en el bien real del ser humano y no en uno aparente. La capacidad de discriminar la verdad y el bien de la mentira y el mal es una exigencia de todo hombre que no quiera llevar una vida menor; pero como esto no es así, es una exigencia ineludible en la persona cristiana, que debe ser ejercitada con diálogo y sin imposición para no caer en el fundamentalismo. Ciertamente amar la verdad y amar al hombre no es fácil, pues gran cantidad de hombres, inmensamente mejores que la mayoría de nosotros, han sucumbido a formas de vida cuya exigencia menos comprometedora resulta más satisfactoria; pero es necesaria para atender al hombre como valor absoluto. La verdad del hombre es necesaria pues es imposible implantar un sistema político que tenga como fin el bien común que no se fundamente en la incondicional dignidad del ser humano. Desde luego no hablo de la implantación de una teocracia, pero evidentemente debemos preguntarnos si es posible el respeto absoluto de la persona humana sin la referencia de Dios, que hace respetable al hombre frente a los demás al haberlo creado a su imagen. Ciertamente, no sólo hemos de reconocer que la persona es la única realidad que es un fin en sí misma y que ella es el fin y fundamento de la vida política del hombre, sino que hemos de asumirlo continuamente como el principio innegociable por el que orientamos la existencia. Nada humano puede sernos ajeno, “la caridad cristiana es el amor a Dios y al prójimo […] El amor siempre supone salir de uno, despojarse de sí. La persona amada requiere que yo me ponga a su servicio” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”). Además, el amor hacia una persona implica amor hacia el hombre como tal, y este amor no surge después de conocer a una persona, sino de descubrir que el ser humano es la realidad más sublime y que el único modo de relacionarse debidamente con ella es mediante el amor. “No hay caridad sin amor […] Nuestro verdadero poder tiene que ser el servicio” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”).

El amor es nuestra intrínseca exigencia y nuestra responsabilidad para defender la primacía del hombre. Este requerimiento, repito, no es fácil de asumir, pero hemos de aprender a aceptarlo aunque el precio sea colisionar con la ‘biempensante’ opinión generalizada que nos difamará alegando que atentamos, curiosamente, contra la libertad del hombre. Hemos de ser conscientes que muy probablemente seremos de las pocas personas que ven realmente, que en el camino hacia la verdad no sólo no tendremos el apoyo de los demás, sino que, quizá, estaremos totalmente solos; pero es mucho lo que está en juego, la humanidad, el bien común, por tanto “cree hasta el fin, incluso si se diera el caso que todos en la tierra se corrompieran y sólo tú conservaras la fe: también entonces has ofrenda de tu sacrificio a Dios y glorifícale tú, el único fiel que haya quedado. Y si os encontráis dos fieles, ya tendréis entonces todo un mundo, el mundo de amor vivo; abrazaos con emoción y alabad al Señor; pues, aunque sea en vosotros dos, su verdad se habrá cumplido” (Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”).

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Muy buena entrada. Pero estamos lejos de una sociedad así: “los jueces efectuaron 46.408 desahucios en 2012, un 13% más que en 2011”.

    http://politica.elpais.com/politica/2013/03/22/actualidad/1363951385_610066.html

  2. Saludos Cristina. Esta es una trágica noticia que pone en evidencia qué no se esta haciendo bien, de que modo otros intereses se anteponen a la dignidad del hombre. Muchas gracias por la aportación y por el comentario. Un saludo.

  3. Gerardo dice:

    Las personas no podemos permanecer encerradas en nosotras mismas, en nuestro pequeño mundo, sino que tenemos una responsabilidad moral con la humanidad.

  4. Saludos Gerardo, totalmente de acuerdo con usted. Eso sería lo deseable, sin duda. Gracias por comentar.

  5. […] no puede ser otra que la incondicional dignidad de la persona estaremos más próximos a afirmar la primacía del hombre frente a todo moralismo e inmoralismo, suscitándose éticas más solícitas con el hombre, la […]

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