Conócete a ti mismo (Parte I)

Publicado: 12 marzo, 2013 en Pensamiento

Golconda-1953La inmortal exhortación ‘conócete a ti mismo’ esculpida sobre el dintel del templo de Delfos no es un simple sermón filosófico, sino que es un imperativo existencial para quien pretende llevar a buen puerto una vida cuyo quehacer halla en todo momento la custodia del sentido. Es una ciclópea temeridad aventurarse en la existencia sin considerar las dificultades, las oposiciones y la coyuntura que uno puede encontrarse a lo largo de su peregrinar por el mundo y sin valorar su importancia y consecuencia desde el necesario conocimiento, continuo en el tiempo, de uno mismo. La vida humana no sólo implica un hacer algo, sino un hacer algo junto con otros, pues advertimos que “cosas y hombres forman el medio ambiente de cada una de las actividades humanas” (Hannah Arendt, “La condición humana”). Descubrimos que es un hacer algo porque reparamos de inmediato que no nos es dada nuestra forma de vida, sino que nuestra existencia se encuentra siempre y en cada instante ante una decisión (Martin Heidegger, “Ser y tiempo”) para llegar a ser lo que se debe ser (Ortega y Gasset, “El tema de nuestro tiempo”) y no, por el contrario, una boya que va a la deriva (Ortega y Gasset, “La rebelión de las masas”).

Conocerse a sí mismo es fundamental para no permanecer en la mentira, para no vivir en Matrix y para que la voluntad encuentre complacencia en el bien real y no en uno aparente. La capacidad de discriminar la verdad y el bien de la mentira y el mal, cuya separación es una estrecha línea, nace del correcto conocimiento de uno mismo y de la consecuente capacidad de tener pensamiento propio. Pensar por uno mismo es fundamental porque en la cultura contemporánea, en la que domina la idea de que se es persona cuando se ejerce la propia libertad, es decir, cuando ningún agente externo constituye un impedimento para hacer aquello que queremos, no se repara o no es fácil descubrir que mucho de lo que uno piensa y dice también lo piensa y dice otra gente, que todos podemos estar o estamos bajo la influencia de la opinión pública o la propaganda, que es la mayor de las formas de poder, pues no sólo no necesita de disfraz o pretexto, sino que goza de la capacidad de inducir a actuar a las persona del mismo modo que el asno sigue a la zanahoria, creyéndose que eso que se persigue es lo mejor para uno.   

Quien no se conoce a sí mismo y no posee pensamientos propios lleva un tipo de vida similar a la de los animales domesticados, que obran y actúan al gusto de su amo. Este tipo de existencia no es fácil de percibir pues participa de un cierto sentido o coherencia, si bien aparente, ya que el sujeto transformado en autómata se comprende a sí mismo como un individuo libre que, supuestamente, sigue su propia determinación sin saber que esta le viene impuesta. Huelga señalar, no obstante, la trágica consecuencia de este entumecimiento de la capacidad de pensamiento crítico en el sistema democrático: la introducción del totalitarismo invisible. Un ejemplo de esto, por trivial que resulte, es la ausencia de listas abiertas en España: el votante debe elegir entre una serie de candidatos propuestos por los partidos que no son fruto de su elección.

Así, una vez que la propaganda logra su finalidad, influir en la persona hasta convertirla en un autómata, el destino del hombre se transforma en el de contribuir al crecimiento del sistema, en nuestro caso el capitalismo dirigido por una oligarquía. Quizá, ante esto último, alguien me tilde de conspiranoico, más cuando el contemporáneo es el sujeto de la historia que experimenta menos coacción por parte del poder; sin embargo, esto no se traduce en una mayor capacidad de autorrealización, de llevar a cabo los propios proyectos personales. Pensemos, por ejemplo, en que si bien las desigualdades entre el Norte y el Sur tienden a difuminarse, crece la desigualdad interna, la distancia entre ricos y pobres en una misma realidad nacional. El poder de la propaganda sobre la persona es casi omnipotente. Su capacidad de persuasión conduce a la conversión del sujeto que asume la ideología sin vacilación: en primer lugar, porque ofrece la tierra prometida (Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”), y en segundo lugar, porque la libertad se experimenta como una carga demasiado pesada y la ideología brinda esa tranquilidad e incluso esa salvación/seguridad que todo hombre busca; además, sin esfuerzo. Esta liberación se presenta como el gran triunfo del progreso moderno. Sin embargo, esta liberación de esfuerzo o trabajo no deriva en que uno se ocupe de tareas creativas más elevadas, sino que desemboca en la más absoluta pereza: ¿en nuestra sociedad contemporánea ir de compras no se ha convertido en una de las principales actividades de ocio?

La ideología, la que sea, no busca la felicidad de la persona, sino obtener de ella la mayor utilidad posible convirtiéndola en un engranaje más de la maquinaria del sistema con el fin de perpetuarlo. Pensemos, por ejemplo, en el sistema educativo, éste no busca tanto la formación de hombres libres con espíritu crítico para desarrollar todas sus potencialidades, sino más bien meros profesionales doctos en un oficio muy concreto. Una vez se reduce el ser de la persona al ser del sistema los propósitos de este se convierten en los propósitos del hombre. No obstante, el mayor peligro de la mentira de la ideología no es la mentira misma, sino creérsela, asumirla, dogmatizarla. Cuando esto acontece uno puede pensar que la intervención militar en algún país extranjero es una guerra justa o que conducir a un concreto grupo de humanos a las cámaras de gas es un bien para el devenir de la sociedad.

Del mismo modo que la propaganda, el éxito del capitalismo reside en que no se dirige a la razón, sino a la emoción de las personas. Logra transformar el interior de la persona haciéndole creer que el sentido de la vida sólo se puede desarrollar en el tener y que la plenitud es posible en la medida en la que se alcanzan todos los deseos, los cuales, previamente, han sido inoculados. De este modo alcanzar estos deseos – bienes contingentes – se presenta como una necesidad que hay que satisfacer para evitar otra realidad también inoculada, el percibirse como un sujeto distinto y separado de los demás. El hombre, convertido en autómata, necesita sentirse parte del mundo. Un ejemplo sencillo de esto se aprecia en los temas de conversación o en las fotografías y comentarios que la gente cuelga en ‘Facebook’: la mayoría de las personas hablan de cotilleos, de asuntos triviales que aparecen en la prensa, de ropa, de comida, de coches, de joyas, de sexo, etc.: todos, en mayor o menor medida, pensamos y vivimos igual.

Es necesario conocer y distinguir la verdad de la mentira, el bien del mal. Para ello es indispensable una alta dosis de realismo que surge del conocerse a sí mismo y de descubrir la esencia de las relaciones interpersonales. En cuanto al conocimiento de uno mismo este es un mandamiento indispensable para alcanzar la felicidad como ya hemos dicho en el primer párrafo. Respecto a la relación con los demás es necesario descubrir que ésta viene mediada por el amor que se debe a la persona del otro en cuanto fin en sí mismo. Cuando se descubre que las personas son un fin en sí mismas, que gozan de una dignidad incondicional, y que las cosas son queridas en orden a las personas el hombre desarrolla, de inmediato, un determinado comportamiento ético: uno no sólo procura para sí llegar a ser lo que se debe ser, sino que procura que se realicen todos los proyectos personales. Para esto último es indispensable pasar de la cultura del tener a la cultura del ser.

En la cultura del ser descubrimos que no hay verdadera realización sin esfuerzo, que la vida está llena de conflictos y luchas ya que nuestra existencia se encuentra siempre ante una decisión y que, además, no hay ninguna decisión, sobre todo las más trascendentes, que no tenga una consecuencia absoluta para nuestro fin: llegar a ser aquel que debemos ser, que no es un estado de ánimo, sino la autorrealización. Nada es más esencial para el hombre que aquello que es, su personalidad, su sentido, para alcanzar una vida feliz al margen de la coyuntura. La persona que comprende su dicha por lo que es y no por lo que tiene sólo busca la adecuada aspiración: ser. Porque cuando uno es lo que debe ser se halla luminoso, al contrario, uno se convierte en un ser fantasmagórico. En lugar de ser lo que debe ser se ocupa, expedito, en el quehacer de las realidades materiales resultándole abruptos los bienes que proceden de uno mismo. Así, pobre de espíritu, desconocedor de uno mismo y de su sentido se entrega a la caza de una felicidad que en las realidades materiales no es más que un pasatiempo. ¿Y no es la pasividad interior, el aburrimiento, la vivencia de la nada del ser, la mayor tragedia del hombre contemporáneo?

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comentarios
  1. […] Conócete a ti mismo … on Amar es querer el bien para al… […]

  2. Matilde Blasco dice:

    Hola. Cuánta razón sobre lo del sistema educativo. Mira esta noticia: El 86% de los aspirantes a una plaza docente en Madrid no pasó la prueba de conocimientos que incluía preguntas que debe responder un alumno de 12 años.

    http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/03/13/actualidad/1363202478_209351.html

  3. Saludos Matilde, muchas gracias por comentar y por su aportación al tema.

  4. […] Joan Figuerola on Conócete a ti mismo (Parte… […]

  5. Staco dice:

    Todos somos engranajes de la máquina burocrática; nuestros pensamientos, sentimientos y gustos los manipula el gobierno, los financieros, los medios de comunicación… siempre ha sido así.

  6. Saludos Staco, muchas gracias por comentar, un saludo.

  7. […] vida que sea significativa podemos llevar? Lo más sensato es que sea una que nos exhorte siempre a conocernos a nosotros mismos lo mejor posible para que así adquiramos una comprensión última de la existencia gracias a la […]

  8. […] rendir obediencia a Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, pues sitúa por delante la obediencia a su conciencia, que va unida, ineludiblemente, a su fidelidad a Dios y, por ello, a la Iglesia y al Romano […]

  9. […] que el fin de la existencia humana, la felicidad, descansa en la propia autorrealización personal: el hombre es verdaderamente más feliz cuanto más es y no cuanto más tiene. ¿Para qué quiero todas las cosas que compro? Si las cosas se convierten […]

  10. […] en facultades tanto humanísticas como científicas. Atreverse a pensar y pensar por uno mismo es un imperativo existencial para quien pretende gobernar las riendas de su propia vida, llevándola a buen puerto bajo la custodia del sentido. Para que la voluntad encuentre […]

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