Bergoglio (Papa Francisco): “No se puede adorar a Dios si nuestro espíritu no contiene al necesitado”

Publicado: 25 marzo, 2013 en Amor, Derechos humanos, Iglesia

En estos primeros días de su pontificado Francisco porta consigo nuevos aires a la Iglesia. Sus gestos y sus palabras son el rayo de sol que se posa sobre el corazón y la mente del cristiano; nos presentan una honesta, sencilla y alegre puesta en práctica del Evangelio. Naturalmente, ni ahora ni más adelante se dará una transformación de la Iglesia, pues no es ella la que debe renovarse, sino nosotros los creyentes. El Papa ha hecho algo simple, pero que parecía difícil, abrir las trabadas puertas de la Iglesia y exhortar a los católicos a salir de la capilla e ir en busca del hombre con el anuncio del Evangelio. No es que esto no se hiciese, pero hasta ahora teníamos, más bien, una “Iglesia autorreferencial, que se reduce a lo administrativo, a conservar su pequeño rebaño”, (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

Tenemos una (oveja) en el corral y noventa y nueve que no vamos a buscar” (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”). En efecto, este es un error frecuente de las distintas comunidades y parroquias, al menos en Barcelona, que es la realidad de la que tengo mayor experiencia – aunque también lo he experimentado en distintas ciudades y países en los que he estado –. Existe la tendencia a recluir la fe en la vida de parroquia donde los ya convencidos se evangelizan entre sí, pero “ningún creyente puede clausurar la fe en su persona, en su clan, en su familia, en su ciudad. Un creyente es esencialmente un salidor al encuentro de otro para darle una mano” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”). El Papa tiene clara su prioridad, una prioridad que a la vez es sencilla y humilde, nada rebuscada: la contemplación y la vivencia del Evangelio. Por eso no se cansa de repetir que la opción básica de los católicos, es “salir a la calle a buscar a la gente, conocer a las personas por su nombre […] El pastor que se encierra no es un auténtico pastor de ovejas, sino un “peinador” de ovejas, que se pasa haciéndole rulitos, en lugar de ir a buscar otras” (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

¡Cómo me gustaría tener una Iglesia pobre y para los pobres!. La opción preferencial del Papa por los pobres es fundamental: “los pobres son el tesoro de la Iglesia y hay que cuidarlos; y si no tenemos esta visión, construiremos una Iglesia mediocre, tibia, sin fuerza. Nuestro verdadero poder tiene que ser el servicio. No se puede adorar a Dios si nuestro espíritu no contiene al necesitado” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”). Pero nos advierte de inmediato que la caridad, que supone amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, no puede convertirse nunca en simple beneficencia y solidaridad, “no podemos aceptar que el discurso subyacente sea: “los que estamos bien le damos algo al que está mal, pero que se quede allí, lejos de nosotros”. Eso no es cristiano. Es imprescindible incorporarlo cuanto antes en nuestra comunidad, con educación, con escuelas de arte y oficios… De manera que pueda salir adelante […] Hay que promover que se ganen el pan. Lo que degrada al pobre es no tener ese óleo que lo unge de dignidad: el trabajo” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”).

La caridad no sólo es asistencia, sino que exige, sobre todo, compromiso cuerpo a cuerpo (Is, 58, 7). “Deberíamos trabajar para una realidad en la que nadie tenga que extender la mano para pedir limosna, ese es el real desafío. Toda sociedad en la cual esto existe, evidentemente está enferma” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”). Un cristiano jamás debe eximirse “de la obligación de luchar por los derechos de la humanidad. Si una persona aguanta sin luchar por sus derechos pensando en el Paraíso, efectivamente está bajo los efectos del opio” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”). Por esta razón la Iglesia no debe desentenderse, sino inmiscuirse e involucrarse en la vida sociopolítica: “la cuestión no es meterse en la política partidaria, sino en la gran política que nace de los mandamientos y del Evangelio. Denunciar atropellos a los derechos humanos, situaciones de explotación o exclusión, carencias en la educación o en la alimentación, no es hacer partidismo” (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

Salir a la calle a buscar a la gente con verdadero compromiso, no sólo asistencial. Esto sorprenderá a muchos, sobre todo a aquellos que viven una fe clausurada, excesivamente estética y dogmática, y a los que el Papa llama “fundamentalistas” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”) porque se pasan todas las horas, los días y la vida, en definitiva, pendientes de lo que hacen los demás, “que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable” (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”). Estas personas, consciente o inconscientemente son las que provocan, en gran medida, que la gente no quiera acercarse a la Iglesia: “no es de buen católico estar buscando solamente lo negativo, lo que nos separa. No es eso lo que quiere Jesús. Eso no sólo espanta y mutila el mensaje, sino que implica no asumir las cosas y Cristo asumió todo. Y sólo es redimido lo que se asume. Si uno no asume que en la sociedad hay personas con criterios distintos y, hasta contrarios, a los que uno tiene y no los respetamos, no rezamos por ellos, nunca los vamos a redimir en nuestro corazón. No debemos permitir que las ideologías señoreen la moral” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

En este sentido el Papa es de una espiritualidad profundamente ignaciana, una espiritualidad que no deja nada ni a nadie de lado y que parte siempre de una previa contemplación. No sólo hay que vivir la fe con los creyentes, sino que hay que entrar en contacto con los que no creen: “cuando me encuentro con personas ateas comparto las cuestiones humanas, pero no les planteo de entrada el problema de Dios, excepto en el caso de que me lo planteen a mí […] No encaro la relación para hacer proselitismo con un ateo, lo respeto y me muestro como soy. En la medida en que hay conocimiento, aparecen el aprecio, el afecto, la amistad. No tengo ningún tipo de reticencias, no le diría que su vida está condenada porque estoy convencido de que no tengo derecho a hacer un juicio sobre la honestidad de esa persona. Mucho menos si muestra virtudes humanas, esas que engrandecen a la gente y me hacen bien a mí […] Y en el caso que tenga bajezas, como yo también las tengo, podemos compartirlas para ayudarnos mutuamente a superarlas” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”).

Es necesaria una sociedad articulada que tenga como fin la defensa de los derechos del hombre en el reconocimiento de la incondicional dignidad de la que goza el ser humano desde el instante de su concepción. Para esto siempre digo que es necesario entrar en diálogo con los demás, piensen lo que piensen, pues todos buscamos y deseamos la verdad y el bien en el que el hombre alcanza su plenitud desde el convencimiento del primado de la persona: “tengo que ir hacia él (el otro) con una actitud de apertura y escucha, sin prejuicios (realidad, la del prejuicio que se encuentra en muchos ambientes y medios católicos), sin pensar que porque tiene ideas contrarias a las mías, o es ateo, no puede aportarme nada. No es así. Toda persona puede aportarnos algo y toda persona puede recibir algo de nosotros. El prejuicio es como un muro que nos impide encontrarnos” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

 Hace tiempo que digo que si el cristianismo, aquejado muchas veces por el poder, otras por la incoherencia y tantas veces por la fe de sentimiento, se encierra en sí mismo corre el serio peligro de apartarse del mundo; si obstruye en exceso sus puertas puede que pronto se encuentre, en su involución, con que no hay casi nadie dentro. Si el hombre quiere ser feliz, si lo que echa de menos es Dios (Feuerbach, “La esencia del cristianismo”), si la religación con Él es lo que resuelve la cuestión del sentido (Viktor Frankl, “La presencia ignorada de Dios”), qué mejor y más atractivo que difundir el cristianismo para ofrecer la luz necesaria para vislumbrar el sentido del ser del hombre y de su existencia. Gracias a Dios con su entrada en la cátedra de Pedro, el Papa Francisco ha abierto la puerta y las ventanas de la Iglesia, para que el anuncio evangélico salga hacia el mundo, para que aquellos para quines la fe es el rezo del rosario en grupo y cantar en latín en la Santa Misa no se olviden de que lo realmente esencial de la vida cristiana es dar testimonio con alegría, del mismo modo que el Maestro, el Rabí Jesús de Nazaret. Lo trascendente no es la restauración de la liturgia, que es de lo único que hablan algunos, sino que lo realmente esencial es el hombre, a quien he de amar y servir. Este es el tiempo del Evangelio y de la razón en detrimento del poder y del fideísmo. Es momento de poner fin a las cruzadas eticistas de bajo perfil, de abrir al mundo los guetos parroquiales que sólo ven enemigos. Es la hora del diálogo, de acoger a todos aquellos a quienes se les cierra las puertas del Reino de Dios o se les ve como cristianos de segunda: “Cuando Jesús venga a juzgarnos le va a decir a algunos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste.” Y, entonces, se le preguntará al Señor: “¿Cuándo hice esto porque no me acuerdo? Y el responderá: “Cada vez que lo hiciste con un pobre lo hiciste conmigo”. Pero también le va a decir a otros: “Váyanse de acá, porque tuve hambre y no me dieron de comer.” Y, también, nos reprochará el pecado de haber vivido echándole la culpa por la pobreza a los gobernantes, cuando la responsabilidad, en la medida de nuestras posibilidades, es de todos” ((Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    ¡Muy buena entrada, joan!

    Sabemos que tenemos que tener en cuenta a los demás, pero en la vida cotidiana no sabemos u olvidamos cómo asociarnos con ellos para actuar, para hacer juntos este mundo.

  2. Saludos Cristina. Muchas gracias, me alegro, un saludo.

  3. Jaume dice:

    Así es. El Papa quiere una Iglesia dialogante con los demás, que vaya en busca del hombre y que transmita el Evangelio respetando el pensamiento de todos, se piense lo que se piense.

    http://www.lefigaro.fr/actualite-france/2013/03/28/01016-20130328ARTFIG00719-le-pape-francois-veut-decomplexer-l-eglise.php

  4. Saludos Jaume. Muchas gracias por el aporte. El Papa está abriendo los ojos a muchos, en especial a las personas más tradicionalistas que se refugiaban en una liturgia que muchas veces se transforma en un vacío ritualismo como denuncia el propio Papa en sus distintos libros. Gracias por comentar.

  5. […] no sólo hay que vivir la fe con los creyentes, sino que hay que entrar en contacto con los que no c…: “cuando me encuentro con personas ateas comparto las cuestiones humanas, pero no les planteo de […]

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