¿Tiene futuro el cristianismo?

Publicado: 2 septiembre, 2013 en Iglesia, Laicismo, Pensamiento

¿Tiene futuro el cristianismo? Esta es una pregunta que carece de sentido para la persona realmente creyente. No obstante, es una pregunta que cabe realizarse. En el actual momento de la historia en el que, salvo la incidencia de la actual crisis económica, gozamos de un nivel de bienestar material sin precedentes, al menos en Occidente; con una cota de libertad – por lo menos de ‘libertad para’ (ausencia de coacción) – casi irrestricta, en la que el sujeto humano ve aumentadas las posibilidades de opción respecto a la realización de su proyecto personal, y un avance científico-médico que permite a la persona gozar de un nivel de vida envidiable, podría sostenerse, con motivo, que la plenitud del hombre ya se alcanza en esta vida desestimando toda reflexión sobre la posibilidad de un devenir trascendente de la existencia humana.

Vivimos en una sociedad secularizada en la que la persona, sin dejar de ser un animal religioso, se plantea las cuestiones últimas – ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, y ¿qué hay después de esta vida? – de un modo bien distinto a la de aquellos que le precedieron. Bajo un examen poco detallado y riguroso, podemos decir, casi sin error, que el sujeto actual vive, en general, al margen de Dios. Es indudable que este modo de vida, que podríamos designar de ateísmo, no produce verdad alguna, sino que simplemente define el estado actual de la realidad social. Éste es el tiempo, también, de la Iglesia peregrina, en la que se inserta la historia de la salvación del hombre, y ella debe saber adaptarse para no correr el peligro – no de su desaparición – que implica el aislamiento.

La Iglesia tiene el desafío de presentarse con absoluta fidelidad a su misión de manera específica a la época actual. Sólo así puede hacerse presente para el hombre contemporáneo y para prestar atención a sus necesidades de fondo. La Iglesia tiene que comprender el mundo de hoy porque avanza, irremediablemente, en el mundo de hoy y forma parte de él, de lo contrario se convertirá en una realidad ilocalizable. Naturalmente, esto no quiere decir, en absoluto, que deje de ser ella misma ni que abandone sus principios, innegociables, para alcanzar una aceptación cuantitativa. Su papel es inmiscuirse en lo que sucede para alentar al hombre a descubrir el bien y a rechazar el mal con el fin de alcanzar lo saludable a nivel antropológico, que en definitiva es la plenitud. Es más, en una realidad vigente en la que el número de posibilidades son prácticamente infinitas, ella tiene el imperativo de descubrirnos lo que realmente importa – rechazándose lo fútil – para que el hombre avance en la praxis, con el menor error, por el camino de la felicidad.

Urge, a modo de imperativo, que la Iglesia y los cristianos forjen una cultura cristiana en la sociedad contemporánea. Sin caer nunca en el juicio ni en la disposición inquisidora, pues los hábitos seculares no son malos por el mero hecho de ser seculares, deben esforzarse, mediante el testimonio y la práctica real y honesta, en mostrar que es bueno para el hombre que lo bueno se convierta en usual. ¿No radica en esto la llamada a la conversión que plantea Jesús en el corazón del hombre? La Iglesia es santa, en efecto, no así el cristiano. Así, debe abandonarse, por errónea y nefasta, la idea de que por ser cristiano se es moralmente bueno y moralmente malo por ser ateo o escéptico. Evitemos el prejuicio, el bien no está de un lado y el mal de otro, tampoco el mundo “pagano” es enemigo de la Iglesia y del cristiano, sino que también es el mundo y el ámbito de acción del cristiano, que debe integrarlo, mediante el testimonio y el diálogo, en la Iglesia. ¿No es esta ocupación en el continuo quehacer diario la santidad?

Encontrar a Dios en todas las cosas supone vivir en el mundo de hoy, el nuestro, de modo pleno y que su imagen, la de Dios, radicalmente trascendente y extraordinaria, se torne habitual, cotidiana. Si Dios, lo radicalmente otro y misterioso, se hace presencia evidente en la Misa diaria, ¿no debe también el cristiano manifestarlo en su actividad cotidiana, y no mediante la imposición, sino por el testimonio? El Papa Francisco lo dice por activa y por pasiva, lo peor que podemos hacer los cristianos es encerrarnos en el gueto, con una mentalidad fatalista, y practicar el estúpido e intrascendente “juego” de convertir a los ya convertidos, más cuando la única tarea del cristiano es la misión en el mundo presente. Sólo así podrá darse una sociedad cristiana y una cultura cristiana viva, joven, contemporáneamente eterna y trascendente. Por otro lado poco importa cuántos seamos ahora, sino cuán auténticos y honestos seamos con nuestra fe manifestada en la praxis a través de una muy determinada conducta ética. Pues podemos ser muchos los que nos contemos en el seno de la Iglesia y, en realidad, no ser más que hipócritas que viven una fe clausurada, más estética que comprometida, más dogmática que testimonial, a los que el Papa Francisco denomina de “fundamentalistas” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”), pues se pasan todas las horas, los días y la vida, en definitiva, pendientes de lo que hacen los demás, “que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable” (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”). Estas personas, consciente o inconscientemente son las que provocan, en gran medida, que la gente no quiera acercarse a la Iglesia: “no es de buen católico estar buscando solamente lo negativo, lo que nos separa. No es eso lo que quiere Jesús. Eso no sólo espanta y mutila el mensaje, sino que implica no asumir las cosas y Cristo asumió todo. Y sólo es redimido lo que se asume. Si uno no asume que en la sociedad hay personas con criterios distintos y, hasta contrarios, a los que uno tiene y no los respetamos, no rezamos por ellos, nunca los vamos a redimir en nuestro corazón. No debemos permitir que las ideologías señoreen la moral” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”).

Así, no sólo hay que vivir la fe con los creyentes, sino que hay que entrar en contacto con los que no creen: “cuando me encuentro con personas ateas comparto las cuestiones humanas, pero no les planteo de entrada el problema de Dios, excepto en el caso de que me lo planteen a mí […] No encaro la relación para hacer proselitismo con un ateo, lo respeto y me muestro como soy. En la medida en que hay conocimiento, aparecen el aprecio, el afecto, la amistad. No tengo ningún tipo de reticencias, no le diría que su vida está condenada porque estoy convencido de que no tengo derecho a hacer un juicio sobre la honestidad de esa persona. Mucho menos si muestra virtudes humanas, esas que engrandecen a la gente y me hacen bien a mí […] Y en el caso que tenga bajezas, como yo también las tengo, podemos compartirlas para ayudarnos mutuamente a superarlas” (Bergoglio, “Sobre el cielo y la tierra”).

Es necesaria una sociedad articulada que tenga como fin la defensa de los derechos del hombre en el reconocimiento de la incondicional dignidad de la que goza el ser humano desde el instante de su concepción. Para esto siempre digo que es necesario entrar en diálogo con los demás, piensen lo que piensen, pues todos buscamos y deseamos la verdad y el bien en el que el hombre alcanza su plenitud desde el convencimiento del primado de la persona: “tengo que ir hacia él (el otro) con una actitud de apertura y escucha, sin prejuicios (realidad, la del prejuicio que se encuentra en muchos ambientes y medios católicos), sin pensar que porque tiene ideas contrarias a las mías, o es ateo, no puede aportarme nada. No es así. Toda persona puede aportarnos algo y toda persona puede recibir algo de nosotros. El prejuicio es como un muro que nos impide encontrarnos” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”). Ciertamente, el diálogo es básico para alcanzar consenso; no obstante, esto no implica ni supone que el cristiano condicione su propia visión de las cosas y sus principios. Los cristianos hemos de hablar y actuar en el mundo sin subterfugios con una honestidad que introduzca en nuestro quehacer diario las verdades más elementales de nuestra fe y de nuestra experiencia vital: sólo así la Iglesia será refugio para el hombre contemporáneo de todos los tiempos.

 

 

comentarios
  1. xavier dice:

    Exactamente la Iglesia no puede renunciar a sus principios inegociables para alcanzar una aceptación cuantitativa (aceptar el aborto, las uniones del mismo sexo, la eutanasia, el divorcio, etc), es por eso que “siempre será atacada” por muchos sectores de la sociedad que defienden algunas de estas acciones…

  2. Saludos Xavier, antes de nada muchas gracias por comentar. En efecto, la Iglesia no puede renunciar a sus principios, y los cristianos hemos de entender esos principios y no dogmatizar otros que hacemos pasar por principios cristianos, pienso. Muchas gracias por comentar.

  3. Angoramulek dice:

    Creo que le queda mucho futuro aun a los creyentes cristianos, esa es una necesidad, el “creer en algo”, pero como para unificar las iglesias, falta un poco menos, las personas tienen cada vez un concepto mas personal de Dios y la fe, y acuden a alguna iglesia sólo por dedicar tiempo en meditación u oración colectiva, o por tradición o como en el caso de los pobres, por conocer gente-buscar pareja-hacer contactos-amigos o vender algo, como tu dices una fe estética, no solo del catolicismo, Notemos pues que los jóvenes de inteligencia aguda son adogmáticos, pero creen en algo mas allá. Aunque hoy son la minoría, en un futuro, serán más los liberados y tambalearán las iglesias.

  4. Saludos Angoramulek. Antes de nada muchas gracias por comentar. Comparto algunos aspectos de su argumentación. Ciertamente, no es una constatación rigurosa ni responde a una estadística seria que ahora disponga, pero los jóvenes de una apariencia intelectual más docta tienen a ese adogmatismo del que habla; sin embargo, al mismo tiempo, permanece esa creencia religiosa o tarscendente, si bien no manifestada o concretizada en el seno de una determinada religión. Por otra parte, si en un futuro la Iglesia católica se tambaleará, lo desconozco; por fe, no lo creo, no obstante, en todos los siglos desde la constitución de la Iglesia se ha venido augurando dicho destino. Muchas gracias por comentar.

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