Fe y razón, elementos indispensables de la filosofía y de la teología

Publicado: 9 octubre, 2012 en Filosofía, Leonardo Polo, Ratzinger, Religión, Teología

En “naturaleza y misión de la teología” Ratzinger señala que “la fe forma parte de la teología, pero también el pensar”, es decir, la fe y la razón son dos elementos indispensables sin los cuales la teología sería inviable. Por tanto, sigue a San Agustín y a San Anselmo al considerar decisivo el credo ut intelligam y el intelligo ut credam. De esto también se sigue el pensamiento de Pascal, el cual dice, por un lado, que no se puede dar por supuesta la racionalidad de la razón – que sabe cuándo hay que juzgar y cuándo someterse – y, por otro, que la credibilidad de la fe tampoco puede darse por supuesta ni edificarse sobre la sola autoridad.

La teología, pues, cuenta con dos puntos de apoyo, la fe y la razón, en su intento de afrontar científicamente los datos propios de la fe, que son, especialmente, los libros que componen la Sagrada Escritura y la tradición que, inseparable de ella, es su exposición. No obstante, la revelación trasciende la Escritura por lo que a la teología no le basta únicamente una exégesis de la Palabra, sino que también requiere de una profunda comprensión de la Iglesia, que es el lugar donde vive la Palabra. El teólogo que no aprecie la revelación como una realidad viva y analice estrictamente la Escritura como un simple texto no saldrá de un puro discurso fútil en el que la revelación se tratará como un simple hecho histórico del pasado olvidándose que es la portadora de una vida comunitaria – católica – con pasado y futuro en el tiempo y cuyo interés último es la verdad que afecta al ser del hombre.

La teología no es sólo una reflexión metódica y sistemática sobre los interrogantes de la religión y de la relación del hombre con Dios propia de la filosofía, sino que en sí debe entenderse que “surge de una respuesta que nosotros no hemos inventado. Pero para que ésta respuesta sea verdaderamente respuesta para nosotros, debemos esforzarnos en comprenderla y no dejar que se diluya”. Es decir, el objetivo principal de la teología es la capacidad de la razón para escuchar y percibir la fe que le sale al encuentro, Así, “el comienzo de toda teología es reconocer el derecho a oír y admitir el dato tal y como viene dado, incluso cuando este sea contrario a nuestras expectativas”, a la lógica humana (Pablo Blanco, “Joseph Ratzinger: razón y cristianismo”).

La fe requiere de la razón a la cual se dirige. Sin embargo, la esencia del espíritu humano es más que pura razón pensante, por lo que la certeza existencial última no se asienta en el cogito de la razón pura, sino en el credo del mensaje bíblico. Ciertamente, alguien podrá aducir el escepticismo en la fe bíblica, por ello, San Agustín, en Contra epistolam Manichaei quam vocant fundamenti afirma tajantemente: “no creería ni al mismo Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia Católica”. Así, volvemos al principio de esta entrada, lo decisivo es el credo ut intelligam y el intelligo ut credam: el sometimiento de la razón por una parte a la autoridad de Dios, de la Sagrada Escritura y de la Iglesia para entender las verdades de la fe y, por otro lado, la sumisión de la razón a la fe no es irracional ni injustificada, sino que, en palabras de Pascal, que alude al “Epistolae”de San Agustín: “la razón nunca se sometería si no llegase a dictaminar que hay ocasiones en que debe someterse. Correcto es por tanto, que se someta, cuando llega a dictaminar que debe someterse” (Pascal, “Pensées, 270), y esto no sólo en las cuestiones de la revelación cristiana, sino también en las cuestiones de la vida diaria.

La fe tiene que ver con la razón y la razón con la fe, pues la fe misma enseña que el fundamento de todas las cosas es la eterna razón. En este sentido, como bien indica Hans Küng en “¿Existe Dios?”, la filosofía y la teología van unidas y no se basan en el pensamiento como tal, sino en la autoexplicación razonante de la fe que abre a la razón del hombre a la realidad, a la búsqueda de la verdad misma que el hombre puede conocer parcialmente: “las realidades superiores a las causas físicas las conocemos en tanto que son principios, pero como no se agotan en ser principios hay algo en ellas que ignoramos, justamente aquello que no tienen de principio… aquello según lo cual algo consiste en sí mismo” (Leonardo Polo, “Persona y libertad”). Es decir, la filosofía y la teología, unidas, no son sólo saber intelectual, sino también vital pues la sabiduría, en última instancia, es comunión con Cristo.

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