Persiguiendo a Descartes (IV)

Publicado: 18 marzo, 2014 en Descartes, Filosofía

No son pocos quienes señalan la radical escisión entre la razón y la fe en Descartes. Es evidente que tienen algunos motivos para ello, pues el propio filósofo señala que la fe constituye la única excepción a la regla universal de la evidencia, en cuanto que su certeza deviene oscura en tanto supera los límites de la razón. Esto es así, porque para Descartes la fe, en sí, no es en propiedad un acto del entendimiento, sino más bien de la voluntad. Sin embargo, se confunden quienes interpretan que Cartesius sitúa a la fe en el ámbito de lo irracional.  En la cuarta meditación sitúa al hombre en un puesto entre Dios y la nada, donde la nada es el error y la privación y Dios la suprema verdad. La privación sería la carencia que un ser padece de algo que le es debido, que no es otra cosa que la capacidad de ver la verdad.

Así se expresa en la cuarta meditación, donde expresa que la libertad permite al entendimiento del hombre conocer la imagen y semejanza de Dios que lleva en él: “experimento que únicamente la voluntad o la libertad del libre albedrío es en mi tan grande que no concibo la idea de ninguna otra más amplia y más extensa: de modo que es ella principalmente la que me hace conocer que yo llevo la imagen y la semejanza de Dios”, para señalar que cuanto más se inclina uno por el conocimiento del bien y de la verdad o ppor disposición de Dios, más libremente elige: pues, para que yo sea libre, no es necesario que me mantenga indiferente en elegir uno u otro de dos contrarios; antes bien, cuanto más me inclino a uno, sea porque conozco evidentemente que el bien y la verdad se encuentran en Él, sea porque Dios dispone así el interior de mi pensamiento, tanto más libremente o elijo y lo abrazo”. En efecto, la gracia de Dios, lejos de disminuir la libertad y el entendimiento del hombre, los aumenta y fortifica.

Es cierto, insisto, que Descartes establece una neta distinción de la razón y de la fe en cuanto esferas del conocimiento; no obstante, lejos de contradecirse, se complementan de tal modo que hay una real simbiosis entre la filosofía cartesiana y la revelación. Dicho de otro modo, que lancen una piedra sobre la tumba de Descartes quienes especulen que la filosofía del Estaguirita parece más consonante con la revelación cristiana. Descartes no es un escéptico, como también han señalado algunos, sino que su duda es, precisamente, el método necesario para pasar de la duda a la no-duda (en esto me recuerda a Wittgenstein, “sobre la certidumbre”) y, sobre todo, para alcanzar el fundamento de una nueva certeza, esencialmente, de Dios.

Descartes armoniza la razón y la fe situando a cada una en su justo ámbito. No las mezcla entendiéndolas como un todo unitario a la manera de San Agustín, sino que distingue lo que es con propiedad un argumento de la razón de lo que es un dato revelado: “querer inferir de la Sagrada Escritura el conocimiento de verdades que únicamente pertenecen a las ciencias humanas y no sirven para nuestra salvación, no es más que utilizar la Biblia para unos fines para los que Dios no la ha dado en absoluto y, condihguientemente, manipularla” (Carta a Plempius, agosto de 1638). No sería justo tampoco omitir la clara influencia del Aquinate en el modo en que resuelve la relación entre la razón y la fe. Descartes no sólo leía a Tomás de Aquino, sino que su planteamiento de la fe bebe absolutamente de la doctrina tomista: separación y distinción de la verdad natural – que tiene su propia autonomía y ámbito – y de la verdad revelada y separación entre filosofía y teología sin que ello suponga, para nada, oposición, sino todo lo contario, ayuda recíproca, pues la razón demuestra los fundamentos de la fe e ilumina por esta la propia teología, es decir, tal es la conexión entre la razón y la fe, que por la sola razón podemos conocer con certeza a Dios y por la fe estar seguros de esta posibilidad de la razón.

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