Descartes, la res cogitans y la consciencia

Publicado: 22 abril, 2014 en Descartes, Filosofía

René Descartes niega que los sentidos revelen la naturaleza de las sustancias. Sostiene, de hecho, que el intelecto humano es capaz de percibir la naturaleza de la realidad a través de una percepción puramente intelectual. Por tanto, para adquirir las verdades fundamentales de la metafísica debemos apartar la mente de los sentidos y volver hacia las ideas innatas que poseemos de la esencia de las cosas: la mente, cuya esencia es el pensamiento (res cogitans); Dios (que es la sustancia infinita) y el mundo (res extensa). En la segunda meditación introduce el descubrimiento de una verdad inicial, el cogito, que es conocido por el hecho simple de ser percibido con claridad y distinción por el entendimiento. De este modo, establece dicha percepción, que es independiente de los sentidos, como la marca – clara y distinta – de la verdad, es decir, el conocimiento de la naturaleza de la realidad se deriva de las ideas de la inteligencia, no de los sentidos.

El primer elemento o eslabón del conocimiento es el cogito: “Así, pues, supongo que todo lo que veo es falso; estoy persuadido de que nada de cuanto mi mendaz memoria me representa ha existido jamás; pienso que carezco de sentidos; creo que cuerpo, figura, extensión, movimiento, lugar, no son sino quimeras de mi espíritu. ¿Qué podre, entonces, tener por verdadero? […] ¿Qué sé yo si no habrá otra cosa, distinta de las que acabo de reputar inciertas, y que sea absolutamente indudable? […] Ya estoy persuadido de que nada hay en el mundo; ni cielo, ni tierra, ni espíritus, ni cuerpos, ¿y no estoy asimismo persuadido de que yo tampoco existo? Pues no; si yo estoy persuadido de algo, o meramente si pienso algo, es porque yo soy. Cierto que hay no sé qué engañador todopoderoso y astutísimo, que emplea toda su industria en burlarme. Pero entonces no cabe duda de que, si me engaña, es que soy; y, engáñeme cuanto quiera, nunca podrá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De manera que, tras pensarlo bien y examinarlo todo cuidadosamente, resulta que es preciso concluir y dar como cosa cierta que esta proposición: ‘yo soy, yo existo’, es necesariamente verdadera, cuantas veces la pronuncio o la concibo en mi espíritu” (Descartes, “Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas”. Traducción Vidal Peña).

Con anterioridad mencionamos que Descartes establece la claridad y distinción como la marca de la verdad. Al respecto, Gassendi, le pregunta cómo podemos reconocer las percepciones claras y distintas si tal claridad y tal distinción son la misma marca de la verdad; es decir, cuál es el método para advertir tal percepción. Descartes responde que tenemos una percepción clara y distinta si no tenemos de ella resquicio alguno por el que penetre la duda. Así, el cogito, ergo sum deviene la primera verdad, el primer eslabón de un conjunto de verdades indudables que son fruto de una intuición en la que se hallan implicados el intelecto, que percibe el contenido de la expresión, y la voluntad, que afirma el contenido de dicha expresión. De este modo, la inclinación de la voluntad es tan fuerte que no puede más que afirmar que el pensamiento y la existencia se encuentran unidos de tal modo que en el instante en que se percibe que se piensa también se percibe, de inmediato, que se existe.

En consecuencia, con la proposición cogito, ergo sum se afirma nuestra propia existencia, pero, concretamente, la existencia de algo que piensa. Así, a la cuestión qué soy yo, Descartes responde: “Una cosa que piensa” , es decir, soy res cogitans. De este modo, el alma humana es una cosa pensante o pensamiento, pues la única evidencia de lo que es Descartes – lo que es él mismo – la tiene al pensar; el pensamiento es lo único que no puede separarse de uno: la persona al pensar, cuando concibe con el espíritu, sin mediación alguna, posee un pensamiento que es el alma misma que se vislumbra ante sí misma, conociéndose como pensante en un pensamiento en el que hay ausencia total de objeto pensado – negación del pensamiento como acto –. Por tanto, en el acto de pensar se revela el que piensa, el alma y su misma esencia, el pensamiento. Así, a través de las dudas, la intuición de que yo soy un ser pensante – res cogitans – deviene el fundamento de toda certeza

Descartes establece de este modo que la mente humana y el cuerpo son dos sustancias radicalmente distintas. Este planteamiento se vislumbra, también, en la sexta meditación donde emplea la marca de la verdad para argumentar que la esencia de la mente es el pensamiento y que una cosa pensante no se encuentra afectada por la extensión, que es la propiedad fundamental de la materia, la cual no puede pensar: “puesto que, por una parte, tengo una idea clara y distinta de mí mismo, en cuanto que yo soy sólo una cosa que piensa – y no extensa –, y, por otra parte, tengo una idea distinta del cuerpo, en cuanto que él es sólo una cosa extensa – y no pensante –, es cierto entonces, que ese yo (es decir, mi alma, por la cual soy lo que soy), es enteramente distinto de mi cuerpo, y que puedo existir sin él” . Pero, ya más concretamente, en la segunda meditación, establece que la naturaleza de la mente humana es mejor conocida que la del cuerpo. Para su demostración sigue con el método de la duda hasta que sea posible emitir juicios sólidos y verdaderos, es decir, no admitir como verdadera cosa alguna que no se presente al espíritu con claridad y distinción. Por ello, pone en discusión las cosas que, por lo común, se creen que se comprenden con mayor distinción que el propio pensamiento, como es el caso del cuerpo. Para ello recurre al ejemplo del pedazo de cera. En primera instancia, Descartes enumera todas y cada una de las propiedades sensibles que permiten conocer a ese cuerpo de cera en particular. No obstante, a continuación, señala que la cera es aproximada al fuego y que en ese instante todas esas propiedades sensibles que otorgábamos al objeto en cuestión se transforman, quedándonos la misma cera, pero no aquellas propiedades secundarias – o accidentes – por las que antes decíamos conocer ese pedazo concreto de cera a través de la imaginación o de los sentidos, sino la propiedad fundamental de todo cuerpo en general: la extensión. De esto sigue que no conocemos la cera por medio de los sentidos ni por la imaginación, sino más bien por el entendimiento; es decir, sólo conocemos ese pedazo de cera cuando percibimos intelectualmente la cera advirtiendo que se halla afectada por la extensión – res extensa –, que es su cualidad irreductible. Por tanto, conocemos la sustancia de las cosas por un acto intelectivo, pues cuando ofrecemos un juicio que abarca algo más allá de las propiedades de la res extensa podemos caer en el error. De este modo, concluye Descartes: “Yo, que parezco concebir con tanta claridad y distinción este trozo de cera, ¿acaso no me conozco a mí mismo, no sólo con más verdad y certeza, sino con mayor claridad y distinción? Pues si juzgo que existe la cera porque la veo, con mucha más evidencia se sigue, del hecho de verla, que existo yo mismo. En efecto: pudiera ser que lo que yo veo no fuese cera, o que ni tan siquiera tenga yo ojos para ver cosa alguna; pero lo que no puede ser es que, cuando veo o pienso que veo (no hago distinción entre ambas cosas), ese yo, que tal piensa, no sea nada. Igualmente, si por tocar la cera juzgo que existe, se seguirá lo mismo, a saber, que existo yo; y si lo juzgo porque me persuade de ello mi imaginación, o por cualquier otra causa, resultará la misma conclusión. Y lo que he notado aquí de la cera es lícito aplicarlo a todas las demás cosas que están fuera de mí […] Sabiendo yo ahora, que los cuerpos no son propiamente concebidos sino por el solo entendimiento, y no por la imaginación ni por los sentidos, y que no los conocemos por verlos o tocarlos, sino sólo porque los concebimos en el pensamiento, sé entonces con plena claridad que nada es más fácil de conocer que mi espíritu” . Este es el fin de la segunda meditación de René Descartes, demostrar “que el espíritu, considerado sin aquello que suele atribuirse al cuerpo, es mejor conocido que el cuerpo, considerado sin el espíritu” .

A Descartes se le acusa de incluir un revoltijo de actividades mentales inconexas bajo el título de ‘pensamientos’, usando la consciencia como un criterio arbitrario para unificarlas. Así, para Descartes, bajo el nombre de pensamiento comprende todo lo que se encuentra en nosotros de modo tal que somos inmediatamente conscientes de ello: “Así, son pensamientos todas las operaciones de la voluntad, del entendimiento, de la imaginación y de los sentidos” . De este modo, Descartes llama intelectuales o pensamientos a actos tales como el entender, el querer, el imaginar, el sentir, etc., “los cuales coinciden entre sí en presuponer el pensamiento, la percepción o la consciencia” , que no tienen existencia fuera de uno. De esta forma, la postura de Descartes, de considerar que el pensamiento es tener conciencia  puede defenderse entendiéndose que todo pensamiento procede del sujeto en el que se da, es decir, en la consciencia, pues existe en mí un muy determinado acto, el pensamiento, el cual, al mismo tiempo, la percepción de dicho pensamiento no es una aprehensión objetiva, sino que se percibe como puro pensamiento; de este modo, todas las operaciones de la voluntad, del entendimiento, de la imaginación y de los sentidos son pensamientos que se reducen a actos del entendimiento y de la voluntad. Cierto es que lo particular del pensamiento en tanto que cual es el ser un acto que versa sobre un objeto; no obstante, este acto se produce en uno mismo – res cogitans –, por tanto, el pensamiento, propiamente, es lo que se produce en mí estando inmediatamente consciente.

Algunos filósofos, hemos dicho, sostienen que para Descartes, la conciencia es la propiedad fundamental de la mente. Descartes parece que apoya esta suposición durante la segunda meditación. Si reparamos en ella, el filósofo nos dice que, examinando quién es él, encuentra un atributo que le pertenece de tal manera “que no puede separarse de mí” , a saber, el pensamiento, que se extiende a todo aquello que está dentro de nosotros de modo que somos inmediatamente conscientes de ello. Sostiene así, que todos los pensamientos son, de algún modo, conscientes; de tal manera, en la segunda de sus meditaciones, cuando afirma que es una cosa que piensa, Descartes enumera todos y cada uno de los pensamientos de los que es consciente diciéndonos que una cosa que piensa es una cosa que entiende, que siente, que imagina, que desea, que afirma, que niega, que duda…, pero que también es, al mismo tiempo, una cosa que se da cuenta de que entiende, que siente, que imagina, que desea, que afirma, que niega, que duda, etc. En consecuencia, es apropiado señalar que Descartes crea que en la consciencia como la marca propia del pensamiento, pues si decimos que la percepción clara y distinta es la esencia del pensamiento, ¿no serán todos los pensamientos conscientes cuando la sustancia intelectual, la res cogitans, percibe sus propios estados y cuando convenimos que sólo hay certeza en todo aquello que viene acompañado de consciencia?

 

Nota: todas las citas pertenecen a “Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas”, Traducida por Vidal Peña. Ediciones Alfaguara.

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