¿Los fascistas ‘no son nadie’?

Publicado: 14 octubre, 2013 en Ética y Moral

franquistesEl pasado 12 de octubre se exhibieron con total libertad algunas banderas franquistas en Barcelona en la concentración convocada en la Plaza Cataluña por la plataforma ‘Som Catalunya. Somos España’, que reunió a 30.000 personas, y, sobre todo, en la concentración de Plaza España, que congregó a un centenar largo de defensores del franquismo. Tras colocar la imagen superior en mi cuenta de Facebook, recibí una serie de comentarios, entre ellos, uno que expresaba que “no hemos de hacer caso a esta gente, no son nadie, no se merecen tanta tinta… pienso”, me lleva, ahora, a la reflexión. Expresar que alguien no es nadie es, de bien seguro, el comentario más duro que se puede hacer respecto de una persona porque, precisamente, se le niega, consciente o inconscientemente de ello, la condición humana. Sin embargo, cabe plantearse si una sociedad, y la humanidad en general, puede prescindir, para alcanzar su fin, que es el bien común, de algún grupo humano por encontrarse éste supeditado a ideologías totalitarias y, consecuentemente, contrarias a la dignidad incondicional de la persona.

En una entrada anterior me centré en el concepto de libertad y señalé que la actitud de un hombre hacia otro se basa, o debería basarse, en apreciar que es él en sí mismo, indispensable para la consecución del bien común. Considero que el valor de la persona, cuyo fin es la vida feliz, radica en la comprensión de la libertad, indispensable para que ella se destine, voluntaria y racionalmente, hacia el bien, objeto de conocimiento, en el que se realiza en total cooperación con los demás. En cambio, un mal uso de la libertad, que procede de una errónea comprensión de la realidad, en especial de aquello que es el hombre, un fin en sí mismo, conduce a la tergiversación de la virtud en el deseo de un bien aparente que aniquila a la persona al atrofiar todas y cada una de esas sus facultades humanas necesarias para la felicidad, y cuyo desarrollo se realiza a partir de su fundamento, la incondicional dignidad de la persona.

El fundamento de toda sociedad, parece ser, es la dignidad incondicional de la persona, que es un fin en sí misma y no un medio o instrumento. El bien común es el bien que corresponde a todos por justicia, en cuanto que es de derecho dar a cada uno lo que es debido; y lo que es debido al hombre es la vida misma, pero no sólo eso, sino el procurar que, a la luz de su naturaleza ontológica, se desarrolle en la praxis mediante el despliegue de todas sus facultades humanas, las más importantes la razón y la voluntad, hacia aquello que debe ser y que se logra a través de la vida feliz. Cómo el hombre no es un Robinson Crusoe, sino más bien un ser social en cuanto que su manifestación en el mundo implica el vivir y cooperar junto a los demás, tal vida feliz sólo es posible en la materialización del bien común, que es la tarea que corresponde a todos y de la que nadie puede hallarse ajeno ni es imprescindible.

Aunque el ser humano, bien dice Boecio, es una sustancia individual, ninguno de nosotros puede reconocerse en cuanto persona, como un yo, si nuestra identidad no entra en relación con la del otro, que es el tú que me reconoce a mí como sujeto humano y sujeto de derechos. Así, el hombre no puede entenderse con sentido, sino es comunión con los demás; y no puede realizarse tampoco sin esa cooperación con el otro. Esta comunión entre las personas descansa, sólo, en la consideración y el reconocimiento recíproco del valor de fin de cada hombre como ser individual, y posee su razón en nuestra común humanidad. Por esta razón, la afirmación de que alguien no es nadie, aunque ésta haya perdido su dignidad moral, es totalmente contraria a la consideración y reconocimiento de la persona, que siempre mantiene su dignidad ontológica, y atenta contra el fin propio de la humanidad, que es su desarrollo a través del bien común.

Es erróneo sostener que alguien no es nadie, realidad bien distinta es cómo afrontar la existencia del mal y el incorrecto uso de la propia libertad para poder lograr el bien común, que es el fin de la naturaleza de toda acción. Dada la fragilidad de la condición ética de la persona, parece ser que el modo de afrontar el mal pasa por el correcto uso de las capacidades humanas fundamentales mediante el ejercicio de un determinado comportamiento ético, a juzgar el principio personalista, propio de la vida buena o feliz. Las normas morales de la sociedad ni pueden ser subjetivas, ni pueden estar bañadas de relativismo, sino que sólo pueden ser universales y objetivas. Puesto que el ser del hombre sólo y únicamente se realiza y desarrolla a través de una existencia de acción (praxis) y puesto que el fin de un hombre es el mismo fin de todos los hombres cabe suponer que todas las personas, aunque empleen distintos medios – todos necesariamente bien relacionados con el fin para alcanzar la vida feliz –, siguen una misma y precisa conducta. Por tanto, la moral no sólo es universal, sino que lo es por su razón teleológica (moral) y con una manifestación deontológica (ética).

Es imprescindible comprender y asimilar este último para ofrecer una correcta educación y formación a la persona. Sólo así el ejercicio ético nos descubrirá que la acción del hombre apunta a un bien, que es la vida buena o vida feliz que sólo se alcanza en colaboración con los demás y por los demás. Así, las instituciones públicas tienen el consecuente deber de no impedir y fomentar, por justicia, todos los proyectos personales, una vez garantizada la vida de la persona, dando a cada uno lo que le es debido en vistas al bien común; y los ciudadanos tienen el deber de procurar que esto se garantice. El Estado tiene como único fin la vida buena del ciudadano, y no puede conceder privilegio a cualquier otro interés que al bien común. Sólo de este modo el ciudadano será verdaderamente humano. No obstante, debido a la debilidad de la condición ética de la persona la moral no puede ser ignorada ni “nada de cuanto se refiere al bien común, se confíe totalmente a la buena fe de nadie” (Spinoza, “Tratado político”), sino que debemos estar en permanente guardia para mantener la integridad y procurar que nadie se doblegue a otros intereses contrarios a la humanidad. Por esto, es importante hacer descubrir la importancia de la ética personalista, que nos revela el verdadero bien, y, al mismo tiempo nos recuerda que el ejercicio ético descansa en el amor al mismo amor por el ejercicio ético, pues sólo es bueno, justo y en definitiva virtuoso quien opera actos de bondad y justicia.

Los ciudadanos tenemos el deber de oponernos a todas aquellas formas de obrar que excluyan la posibilidad del bien común, pero perdonando y rehabilitando a quienes actúan en detrimento de la sociedad para que aumente el número de sujetos enamorados del bien hacer.

Imagen: ‘The Washington Post

comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Buena reflexión, pienso que toda persona, por muy degradada moralmente que sea, es susceptible de enmienda mediante un tratamiento práctico y humano.

  2. Saludos Cristina, gracias por la aportación al tema, se agradece. Saludos.

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