La actitud de un hombre hacia otro se basa, o debería basarse, en apreciar qué es él en sí mismo (Bien común)

Publicado: 6 octubre, 2013 en Ética y Moral, Política

Es necesario que la libertad ocupe un espacio predominante en la reflexión política en cuanto es el sustrato que permite el despliegue de la razón y de la voluntad del hombre en vistas a la realización de su finalidad intrínseca, que es la vida feliz. En los Estados democráticos de comienzos de este siglo XXI no puede decirse que la injusticia y la violencia estructural que padeció la persona en anteriores regímenes totalitarios estén borradas de la faz de la sociedad. La democracia, en cierto modo, es rehén de una forma de vida económica, el capitalismo, que logra realizarse tanto en dicho sistema como en otros de dictatoriales. Bajo esta ideología económica el sujeto se deshumaniza, transformándose en un instrumento de ésta. Convertidos en consumidores nos percatamos libres ante la aparente ausencia de coacción, pero esto no es libertad en cuanto es causa de desigualdad, pobreza y, sobre todo, un ataque directo a la dignidad de la persona.

La libertad de, cuya manifestación es la posibilidad de hacer lo que queremos sin coacción, es la forma de libertad que predomina en la sociedad y en la conciencia de la persona, pero es una dimensión negativa de la libertad, pues ésta, en su caracterización positiva, se revela como la libertad para, entendida no como un fin en sí misma si como la posibilidad real mediante la cual el hombre se destina a sí mismo hacia aquello que quiere, la vida feliz. La libertad sólo es real cuando facilita la realización del ser de la persona. La existencia humana y la libertad son inseparables; sin embargo, en un tiempo en el que el concepto de libertad aparece pronunciado en todos los rincones ésta no cohabita en una sociedad que experimenta la pobreza infantil, la precariedad de la asistencia sanitaria pública o el alto desempleo. ¿Qué clase de libertad se da cuando aumenta la distancia entre personas económicamente pobres y ricas en un mismo Estado?, ¿cuándo la posibilidad de que muchos se realicen aparece aniquilada desde el nacimiento por ausencia de oportunidades?

La política actual, desligada de una ética personalista, ofrece más ayudas al mercado económico que al hombre. Así, convertimos el sistema democrático en un régimen que causa la insignificancia del hombre. Es cierto, como decíamos, que experimentamos la ausencia de coacción en cuanto que podemos manifestar nuestros pensamientos y actuar a nuestro antojo sin excesivas dificultades dentro del marco de la ley y del sentido común; sin embargo, ¿estos pensamientos y esta voluntad son realidades propias o proceden del exterior? Deseamos el reconocimiento como éxito sobre los demás, perseguimos la acumulación de riquezas para comprar todas aquellas realidades con las que nos bombardea la publicidad, como conducir los mejores vehículos, vestir las prendas de moda o asistir a los eventos más en boga y, no obstante, a qué precio. Qué es lo que obtenemos como seres convertidos en consumidores, cuál es el fin de este modo de vida por el cual otros se quedan apeados en la cuneta, marginados por la sociedad o explotados como auténticos esclavos al servicio de intereses económicos.

Olvidemos la libertad de elegir y centrémonos en la libertad de realizarnos. Sólo así estaremos seguros de elegir lo correcto, la vida feliz del hombre que logra ser aquello que es por su ontológica naturaleza y no la de aquellos sujetos que a pesar de la ausencia de coacción viven subordinados a una libertad impuesta que atenta contra la dignidad de millones de personas que no pueden desarrollar todas sus potencialidades porque les han sido negados los instrumentos necesarios para ello. El fin de la vida es la vida misma y ésta sólo se realiza si la persona, fundamento de la sociedad y de todo derecho puede realmente realizarse: “La libertad, que comienza por ser la afirmación de mi singularidad, se resuelve en el reconocimiento del otro y de los otros: su libertad es la condición de la mía […]. La libertad del solitario es semejante a la soledad del déspota, poblada de espectros. Para realizarse, la libertad debe encarnar y enfrentarse a otra conciencia y a otra voluntad: el otro es, simultáneamente, el límite y la fuente de mi libertad. En uno de sus extremos, la libertad es singularidad y excepción; en el otro, es pluralidad y convivencia. Por todo esto, aunque libertad y democracia no son términos equivalentes, son complementarios: sin libertad la democracia es despotismo, sin democracia, la libertad es una quimera” (Octavio Paz, “La Tradición Liberal”).

La libertad y la justicia, que están enraizadas en la verdad y el bien, no son valores trascendentales producto de la ocurrencia de una determinada corriente de pensamiento, sino realidades objetivas fundamentales para la vida humana. Por esta razón siempre sostengo que la política no puede restar al margen de la ética y de una ética personalista a la que se ordene la vida en sociedad para alcanzar el bien más preciado: el bien común, el único bien que pone al hombre en el puesto que le corresponde, el de ser un fin en sí mismo que debe reconocerse como una dignidad incondicional a preservar y potenciar por la sociedad. En la actualidad, si bien vivimos en democracia, no podemos decir que la libertad sea una realidad que alcance a todos los hombres, pues son muchos a quienes se les impide alcanzar su fin, pues la pobreza o las limitaciones que padecen no son, por lo general, consecuencia de su negligencia.

Ser verdaderamente libre supone que uno es dueño de sí mismo, una razón que sabe qué es lo que quiere, el bien que causa la vida feliz, y de una voluntad que puede alcanzarlo en la responsable toma de decisiones. Pero cuando un hombre, por circunstancias extrínsecas, se encuentra impedido de tal realización puede decirse que no es libre, y no son pocas las personas que carecen de libertad para en este siglo XXI a causa de otros que obran por su interés particular hasta el extremo de procurarlo atentando contra la dignidad del otro, ¿y algunos de esos otros, que causan la injusticia, no son dirigentes de nuestros Estados, nuestros amigos y nosotros mismos, tú y yo? Ciertamente, se dice que el bien depende de “nuestros” valores éticos, intelectuales, económicos, etc., pero, ¿no es este relativismo, precisamente, la causa de la ausencia de libertad para? Existe, en efecto, una pluralidad de concepciones sobre el hombre; sin embargo, sólo es correcta aquella que tiene como fundamento la vida humana y que permite la realización en el bien común de la existencia del hombre al entenderlo como el fin al que se ordenan todas las acciones sociopolíticas.

Al mismo tiempo, para entender la libertad para es importante ser conscientes de que cuando un fin supone inevitablemente el menoscabo de otra persona éste es un fin erróneo. Ningún fin puede atentar contra la dignidad incondicional de la persona, en consecuencia, si bien los fines humanos parecen múltiples a la luz de la experiencia, es necesario reconocer que no son valores trascendentales aquellos que sólo permiten la vida feliz de unos cuantos sujetos en detrimento de otros, aunque sólo sea de una persona. En este sentido, el relativismo moral se opone radicalmente a la libertad en sentido positivo, por lo que ese resulta inaceptable, en cuanto atenta a la plenitud humana. Nunca es lícito moralmente alcanzar una supuesta vida feliz si con ello causo, directa o indirectamente, el sufrimiento y la miseria de otro.  “No podemos hacer más de lo que podemos: pero eso debemos hacerlo, a pesar de las dificultades” (Isaiah Berlin, “Dos conceptos de libertad y otros escritos”), y eso que debemos hacer es el bien común, que es una tarea que nos corresponde intrínsecamente, pues su logro es nuestro fin como personas, en él alcanzamos nuestra verdadera plenitud: “La actitud de un hombre hacia otro se basa, o debería basarse, en apreciar qué es él en sí mismo” (Berlin, Dos conceptos de libertad. y otros escritos”); a partir de esta comprensión pueden surgir los auténticos acuerdos, democráticos, necesarios para permitir la materialización de la libertad para que, como dijimos, está ligada de raíz, a la dignidad de la persona, fundamento de la vida sociopolítica; lo contrario, es un atentado directo contra el derecho de la persona a ser ella misma en sentido absoluto.

Es muy probable que no alcancemos una sociedad perfecta nunca, pero si tenemos en cuenta que el fundamento de la sociedad es la dignidad de la persona y que sólo en el bien común se realiza la libertad humana tendremos los mecanismos justos y necesarios para reprender de modo natural a aquel o aquellos que atenten contra el hombre y la sociedad en su conjunto. En este sentido la ética aparece como primordial para un auténtico sistema democrático, pues la política no deja de ser la plasmación de la ética en la vida social para el bien de todos los hombres. Si somos conscientes de cuál es el fin, la vida feliz de la persona en la plasmación del bien común, ¿no será más sencillo ponernos de acuerdo sobre los medios?

comentarios
  1. Marcia dice:

    Buen artículo. Da que pensar. Es importante esta distinción.

  2. Saludos Marcia, gracias por su comentario, se agradece. Un saludo.

  3. Verònica dice:

    Planteas, con tu permiso, una libertad utópica. Está muy bien creer que la persona es el fin último, pero, desde siempre, la clase que ostenta el poder satisface sus propias necesidades y luego concede un mínimo de satisfacción a quienes domina con el único propósito de que continúen funcionando como súbditos cooperantes con el sistema que les es impuesto. Así es y así será siempre la sociedad. Es el único modo en que funcionó, funciona y funcionará la sociedad.

  4. Saludos Verónica, cuánto tiempo sin leerte. Comparto que este es el modo en que, por lo general, parece funcionar la sociedad. La cuestión sería saber si se debe a que vivimos la vida movidos por las pasiones o por la razón. Si vivimos por la razón cuanto digo no parece lo más razonable, sino que es lo más razonable a la luz de la naturaleza de la persona. Gracias por comentar.

  5. […] una entrada anterior me centré en el concepto de libertad y señalé que la actitud de un hombre hacia otro se basa, o […]

  6. Jordan dice:

    Una visión un tanto utópica. El campo de las relaciones humanas no es el amor ni el bien común, en el sentido más real no es otro que el mercado. Las relaciones entre las personas son un verdadero intercambio de necesidades en las que el otro es un medio para un fin y no un fin en sí mismo.

  7. Saludos Jordan, gracias por comentar. Se agradece. Saludos.

  8. Sigfrid dice:

    Un tema interesante el de la libertad y necesario para abordar la cuestión de la voluntad de la persona.

  9. Saludos Sigfrid, gracias por comentar. Se agradece, un saludo.

  10. Car Donation dice:

    […]La actitud de un hombre hacia otro se basa, o debería basarse, en apreciar qué es él en sí mismo (Bien común) | OPUS PRIMA, anotaciones de Joan Figuerola|http://www.ez-on-web.com[…]
    Car Donation http://www.cardonationscenter.com

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