La defensa de la vida exige la oposición a la pena capital

Publicado: 22 febrero, 2013 en Ética y Moral, Derechos humanos

 

Cada vez son más los Estados dispuestos a restringir progresivamente el uso de la pena de muerte en vistas a derogarla definitivamente. Si bien es positivo su disminución en el último decenio, en 2011 una veintena de Estados llevaron a cabo ejecuciones. En la actualidad China, Arabia Saudí, Irán, Irak y la primera potencia mundial, Estados Unidos (43 ejecuciones en 2012), encabezan la lista de países con mayor número de personas ejecutadas en el mundo. La pena capital, no me cansaré de pronunciarme al respecto mientras esté vigente, es un fracaso de la humanidad. Terminar con la vida de un ser humano, en cualquiera de sus estadios y con independencia de la dignidad moral del sujeto, no es ni puede ser nunca una capacidad humana.

A pesar de su generalizada disminución la pena de muerte es una realidad actual. Ayer mismo las autoridades japonesas ejecutaron a tres reos por crímenes cometidos. Supuestamente, el mundo ‘civilizado’ se horroriza cuando se anuncia una ejecución de un condenado a pena capital; no obstante, hay quienes reclaman su existencia en determinados casos como el de la violación o la pedofilia. Al respecto, sorprende la siguiente paradoja: partidarios del aborto se oponen duramente a la pena capital y defensores de la vida del nonato, sobre todo en EEUU, se muestran comprensivos con la existencia de la pena de muerte, e incluso acuden a la Sagrada Escritura a modo de argumento. La Iglesia Católica, por suerte, es contundente y firme respecto a la sacralidad e inviolabilidad de la vida humana: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas […]Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo «suceden muy […] rara vez […], si es que ya en realidad se dan algunos” (Catecismo y “Evangelium Vitae”).

¿Hay llegado el momento de poner fin a la pena capital? El único argumento realmente válido para oponerse a la eliminación de la vida de una persona no es otro que reconocer su dignidad incondicional. Si afirmamos que la persona es un fin en sí misma no cabe contemplar la posibilidad de la pena de muerte. Ahora bien, es preciso distinguir la existencia de una doble dignidad en el ser humano para entender la oposición radical a suprimir una vida. Por un lado, si la persona posee una dignidad real, no subjetiva ni sujeta a consenso, esta sólo puede proceder de su estatuto ontológico, es decir: la persona es digna por el mero hecho de ser un sujeto de la especie humana; hablamos, por tanto, de una dignidad ontológica, que nunca se pierde, por la cual la persona es un fin en sí misma y dueña de sus acciones. Por otro lado, la persona puede hacer un mal uso de su libertad, es decir, puede perder su dignidad moral. No obstante, la persona, ya obre moralmente bien ya moralmente mal, jamás pierde su dignidad ontológica: el más perverso de los hombres siempre es un ser humano con su respectiva dignidad incondicional.

En efecto, la persona humana jamás puede perder su dignidad ontológica, porque ella misma es un absoluto desde el preciso momento en que es ontológicamente; como tampoco puede perder su libertad moral, la capacidad de obrar bien y/o mal. No obstante, la persona sí puede perder su dignidad moral cuando deja de obrar el bien, razón por la cual una persona puede ser condenada a cumplir una pena en la cárcel. Sin embargo, hay una diferencia cualitativa y radical entre la dignidad ontológica y la dignidad moral, pues una es en el orden del ser y la otra en el orden del obrar, y la primera prevalece sobre la segunda. De este modo, se puede decidir el aislamiento de una persona para el bien de la sociedad si esta obra mal, pero no se la puede condenar a muerte porque prevalece su dignidad de persona humana sobre el mal moral que haya podido causar, aunque este fuese la supresión de otra vida.

provida pena muerteEs indiscutible que si consideramos que la dignidad humana es real la persona es digna siempre de modo incondicional. No obstante, no podemos otorgar la misma validez a una premisa bastante oída que se emplea como argumento para sostener la pena capital y que dice que la gente mala merece la muerte en determinados casos, en especial cuando quita la vida a otra persona. Y no podemos porque no existe ninguna razón que haga obvio que uno merece morir por obrar mal y menos cuando afirmamos la incondicional dignidad del ser humano; en consecuencia no tenemos ningún argumento que justifique la existencia de la pena de muerte, aunque el Antiguo Testamento pueda reforzar la argumentación de algunos. Quitar la vida de otra persona es un acto inmoral – no hablo en caso de defensa propia – desde el instante en que fundamentamos la dignidad de la persona en ella misma. Si la dignidad de la persona reside en su estatuto ontológico y el hombre no es causa de su ser no tiene, tampoco, ningún derecho a quitar la vida de otro, ni siquiera la suya.

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The death penalty does not deter murders.

States slowly killing capital punishment (U.S.).

Si defiendes la vida y la incondicional dignidad de la persona.

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comentarios
  1. Marcus dice:

    EEUU es la nación del relativismo, de las contradicciones elevadas a la enésima potencia. En cuanto a la pena de muerte es un país donde si eres negro y asesinas a un blanco tienes todos los números para acabar en el corredor de la muerte, al revés no.

  2. Negro dice:

    Me opongo a la pena de muerte, pero sí sorprende la cantidad de gente que apoya la pena de muerte, basta ver la reacción al crimen del atleta discapacitado Oscar Pistorius.

  3. Saludos Marcus. Bueno, el relativismo se encuentra en todas partes, incluso donde nunca se pensaría. Gracias por comentar.

  4. Saludos Negro. Eso ocurre, pienso, porque tenemos una ética regulada por las tendencias y no tanto por la razón. Me refiero a esos que abogan por ella. Gracias por comentar.

  5. […] Carion, “no hay ningún contexto que justifique el uso de este lenguaje” por parte del obispo. Ya dije en una ocasión que la persona humana jamás pierde su dignidad ontológica, porque ella misma es un absoluto desde […]

  6. […] nuestra común humanidad. Por esta razón, la afirmación de que alguien no es nadie, aunque ésta haya perdido su dignidad moral, es totalmente contraria a la consideración y reconocimiento de la persona, que siempre mantiene […]

  7. […] bien la persona puede perder su dignidad moral, siempre conservará su dignidad ontológica, que la convierte en un fin en sí misma; en […]

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