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Dios nos llama a transformarnos en hombres nuevos en Cristo, quien encarna el auténtico modelo de hombre, para hacernos partícipes de su vida divina. La nuestra, en la tierra, no supone una existencia que espera pasiva, sino que se le exige, con libertad, la búsqueda de la perfección ética, mediante el testimonio del Evangelio, para alcanzar la plenitud sobrenatural de las virtudes del Verbo encarnado. Esta es nuestra vocación, lo que Dios espera de cada uno de nosotros, hallarnos en su gracia y en su amistad para que, perfectamente purificados, gocemos de la vida eterna cumpliendo alegremente su designio.

Porque todos los hombres desean por naturaleza saber, nos dice el Estagirita en su Metafísica, todos los hombres desean, igualmente, mejorar, perfeccionarse. Sólo así puede haber el verdadero crecimiento intelectual y moral indispensable para la autorrealización. A la luz de la revelación, manifestada por el Evangelio y recordada por la Iglesia, la naturaleza ontológica de la persona asume la necesidad de adoptar una muy determinada forma de vida para ser quien realmente debe ser. Existe la necesidad metafísica y filial, sobre todo, de salvar la distancia existente con Dios para entrar en comunión con Él, primera causa eficiente y bien apetecible en la que descansa la perfección de todas las cosas. (más…)