Archivos de la categoría ‘Ciencia’

Es una evidencia incuestionable el aporte del avance tecnológico en la vida del hombre. Paul Ricoeur señala que la cultura es la segunda naturaleza del ser humano. Hoy, tal vez, añadiría que la tecnología constituye nuestra – segunda – forma de vida, en cuanto que la praxis humana se encuentra relacionada con elementos digitales y cibernéticos hasta el extremo que ya es una realidad la fusión de la persona con soportes tecnológicos que actúan a modo de extensión o reemplazo de partes constitutivas del hombre.

El progreso tecnológico se presenta adjunto a la promesa de la plenitud humana, es decir, como el fin último que, por lo general, supone el sueño de del aumento de la duración de la vida prolongada, quizá utópicamente, por un espacio de tiempo ilimitado. No obstante, que el hombre pueda convertirse en un organismo cibernético o la tentativa de manipularlo genéticamente abren la cuestión de la necesidad de tutelar su integridad y esencia. La tecnología no debe despreciarse, pero un uso racional implica que ésta se ajustará siempre a la naturaleza del hombre y no al revés dándose un medioambiente de máquinas o un transhumanismo en el que el hombre es totalmente dependiente de la tecnología para desarrollarse en la praxis. Por tanto, es necesaria una ética personalista que dé cuenta de la dignidad de la persona, que el fin de toda acción es el bien humano y que el alcance de ésta tiene como límite lo característico y fundamental de la naturaleza ontológica de la persona. (más…)

 

La Asamblea Nacional francesa aprobó este miércoles el proyecto de ley que autoriza con condiciones la investigación con embriones y células madre embrionarias. Al mismo tiempo, y en contraste con el jolgorio explícito por este suceso, destaca el grito de alarma por el número de experimentos que se realizan con animales. La Denuncia de esto último es justo y necesario; no obstante, (me) preocupa la ostentosa alegría – basta acercarse a los medios y a las redes sociales – por la legalización de la destrucción de embriones humanos.

Éste no es un tema menor pues tiene que ver con el respeto a la vida y a la incondicional dignidad del ser humano en todas las etapas de su existencia. La banalidad del mal o la relatividad con la que se interpreta la distinción entre lo que es ético y lo que no parece que es la realidad de la conciencia contemporánea. El uso científico de células madre embrionarias no es inocuo: la destrucción de embriones humanos – en la fase de blastocisto – no puede justificarse por muy elevado que pudiera ser su potencial terapéutico; menos cuando “el uso de embriones humanos no es, en absoluto, una necesidad inevitable” (Dr. Angelo Vescovi, citado por Nicolás Jouve de la Barreda, Catedrático de Genética de la Universidad de Alcalá en el prólogo de “Cultivo de células animales y humanas. Aplicaciones en medicina regenerativa” de Pablo E. Gil-Loyzaga). (más…)

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Todos los hombres desean por naturaleza saber”. No existe ninguna inteligencia mortal, en su sano juicio, que ante la duda de por qué está en este mundo, aquí y ahora, no arda “en deseos de encontrar una sede firme y una última base consistente para edificar sobre ella una torre que se alce hasta el infinito” (Blaise Pascal, “Pensées”, 72) y no simplemente por el interés intelectual, sino por esa necesidad existencial que exhorta a saber vivir. La fe exige ser pensada en todo momento, en cada segundo de nuestra existencia, porque si la damos por supuesta pueden estar seguros de que no alcanzaremos a saber con auténtica certidumbre si estamos conociendo y amando la auténtica verdad absoluta, el verdadero Dios de Aristóteles y el verdadero Dios de la fe. Si la razón y la fe no cabalgan juntas, sino que proceden solitarias ambas se verán siempre decepcionadas “por la inconsistencia de las apariencias” (Blaise Pascal, “Pensées”, 72).

El hombre es y es un ente que participa del ser, sin embargo no es el ser en grado absoluto. Por tanto, hay una realidad ontológica que es superior a él y a la que se remite. En una primera instancia percibimos empíricamente que nuestra existencia y la del mundo no son un algo cerrado en sí mismo, sino que apuntan a algo más: el ser, que es la verdad misma del ente frente a las apariencias. De este modo, para salir de la duda y alcanzar conocimiento alguno es preciso reconocer, porque así es, que el ser es el fundamento de la realidad y la causa de la verdad del entendimiento, que aprehende algo, todo aquello que llega a ser y es por naturaleza. El ente es el primer objeto de entendimiento. El elemento principal del ente es el ser – tener ser –, a ello se añade el ser verdadero, pues la verdad añade al ente la relación con el entendimiento: el ente es y es conocido: “todo ser es llamado verdadero en tanto en cuanto es conformado o conformable por el intelecto” (Tomás de Aquino, “De veritate”, q, 21, a. 1). El deseo de saber es lo específico del hombre y en ello radica que la existencia racional cobre su pleno sentido. No es una quimera ni un error la búsqueda de una certidumbre que guie en el ámbito del vivir. Quizá lo sea, y sólo quizá, reducir la verdad a una certeza cuasi matemática que satisfaga la voluntad y la lógica humana o a una fe que satisface el corazón. Sin embargo, la persona no puede rehuir el conocimiento, pues en él radica la felicidad. Cuando se vislumbra una verdad hallamos un cierto pensamiento que satisface una necesidad intelectual que, al mismo tiempo, conmueve y llena de dicha el espíritu humano. Pero lo propio de la verdad no es sólo apartarnos de la duda, sino, más especialmente, acercarnos a la comprensión del sentido. (más…)

canadaLa lectura del artículo del que forma parte la fotografía que encabeza esta entrada en el que se menciona, a saber por qué lógica, que la mejora de la formación intelectual de la persona se ajusta al porcentaje de quienes abandonan la creencia religiosa me invita a reflexionar sobre otro asunto relevante, la reclusión de la fe. En la forma de proceder de no pocos cristianos existe un cierto abandono del entendimiento de la fe, la cual se vive y se confina en la interioridad del corazón y de la subjetividad del sentimiento humano. En esto, olvidan muchos que la fe no puede darse nunca por supuesta como una cuestión ya decidida, sino que, en cuanto acto que abarca todas las dimensiones de la existencia del hombre, tiene que ser pensada de nuevo y, de nuevo, manifestada (Joseph Ratzinger, “Evangelio, catequesis, catecismo”): intellego ut credam. Otro funesto error, de las mismas dimensiones si cabe, es la cesión a la cosmovisión ateísta de la exclusividad del interés por el conocimiento de la realidad objetiva, del mundo y del hombre, como si el conocimiento de Dios, requisito indispensable para amarlo – pues nadie ama lo que no conoce –, no se alcanzará también mediante la razón y el conocimiento del macrocosmos (universo) y del microcosmos (el ser humano).

La escisión en el creyente en su relación con Dios entre el mundo finito y el mundo infinito, entre lo sensible y lo invisible, conduce, con error, a una religiosidad que reposa en el sentimiento. Y una religión de sentimiento es una falsa religión – o una religión, si quieren llamarla así, hecha a la medida del hombre, por muy beato que aparente ser quien así la vive y exhibe –. Si aceptamos que la presencia de Dios está inscrita en la naturaleza ontológica del ser humano – pues el hombre descubre en su espíritu no sólo la idea de lo eterno y lo absoluto, sino como verdadera realidad que anhela y persigue por intrínseca necesidad de su ser – y si entendemos que el conocimiento, la gnosis, supone, ante todo, una elevación del alma humana en su perpetua búsqueda de la verdad en la que descansa el sentido del devenir existencial, en la ordenación – religare – a Dios entran en juego el ser y, en consecuencia, el entendimiento: el  hombre participa en el ser de Dios según un determinado modo de ser y, al mismo tiempo, el hombre puede conocer a Dios “porque su propio logos, su propia razón, es logos del Logos, pensamiento del Pensador, del espíritu creador que impregna el ser” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”). Descartes concluye que existe una causa primera, Dios, que nos confiere el ser continuamente, lo mismo parece apuntar Berkeley: “viendo que no dependen de mí pensamiento (las ideas) y que tienen una existencia distinta de ser percibidas por mí, tiene que haber alguna otra mente en la que existen. Por tanto, es tan seguro que el mundo realmente existe como que hay un espíritu infinito, omnipresente, que lo contiene y lo soporta” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”). (más…)

hawkingEsta noticia es un ejemplo interesante para ilustrar el modo en que procede áquel que sólo exige a los otros no decir más de lo que se puede decir de la exposición – no confundir con explicación – que hace la ciencia de la realidad. Sí, Hawking parece jugar sucio, pero no dice más que aquello que quiere oír su particularísima audiencia. La existencia de Dios no se puede demostrar del mismo modo que se demuestra la existencia de entes contingentes, porque toda demostración ha de ceñirse, con toda rigurosidad, a aquello que busca. De Dios se necesita una prueba metafísica con la misma necesidad con la que debe expresarse el sí a la realidad: “nosotros sentimos que incluso cuando todas las posibles preguntas científicas han sido contestadas, los problemas de nuestra vida no han sido tocados siquiera” (Ludwig Wittgenstein, “Tractatus Logico-Philosophicus”, 6.52). A Hawking no le gusta Dios, pero recurre a la teoría de múltiples universos que se crean de la nada y, muy señores míos, “das nichts selbst nichtet” – la nada misma anonada – (Martin Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”).    (más…)

cienciaLa duda, y así lo comprendemos desde Descartes, es necesaria para avanzar en el conocimiento, en la adquisición de certezas. No obstante, es necesario diferenciar la duda del escepticismo, una posición existente en especial en aquellos que consideran que la ciencia, a la que utilizan para plasmar determinado pensamiento, es la única puerta que abre el entendimiento humano a la verdad. La duda, importante, más cuando también prolifera la arrogancia intelectual y la desvergüenza de quien se cree en posesión de la verdad, cae en contradicción o en dogmatismo cuando se torna radical. Con rigor, si la ciencia no es un saber total, sino un saber particular, ¿no existirá la verdad más allá de la ciencia?

Antes de avanzar en la reflexión sobre la verdad, señalaremos que la ciencia no es un saber de ateos y para ateos que expone un mundo sin Dios con un lenguaje, en ocasiones, antirreligioso – recordemos la reciente crítica de Peter Higgs a Richard Dawkins por este asunto concreto –, sino que también es un saber qe ocupa a aquel científico para quien Dios está al comienzo de toda reflexión y al final de sus investigaciones. La ciencia y la religión no son incompatibles, lo único discordante y repugnante para el saber son ese prejuicio y ese dogmatismo intelctual por el cual «muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, sino hubiesen creído haberla alcanzado» (Séneca, sobre la serenidad, «Diálogos», p. 280). (más…)

Mientras la Comunidad Autónoma de Madrid dispone la impoluta alfombra roja para que el magnate Shledon Adelson construya su macroproyecto ‘Eurovegas’, que ven desde el Partido Popular como el maná que permitirá incrementar la actividad económica, el ministro de Economía y Competitividad, el señor Luis de Guindos, lanza unas ridículas y patéticas declaraciones en el pleno del Congreso al señalar que la ciencia no ayuda a mejorar la competitividad de un país. De nuevo la política del tocho por delante de la ciencia para relanzar la economía y la competitividad de España.   (más…)

El hombre debe siempre reconocer un virtuoso interés por la verdad, más cuando la razón tiene la capacidad de ordenarse a ella. Una verdad que va más allá de las certezas conceptuales y que alcanza la seguridad existencial que demandan las cuestiones fundamentales del hombre. El conocimiento empírico, tan de moda hoy, no puede sustentarse sobre el escepticismo, pues el conocimiento no se forja a base de prejuicios; tampoco lo que la razón puede conocer de manera clara y distinta requiere del auxilio extrínseco de ningún tipo de autoridad; sin embargo, es necesario percatarse de que respecto a las grandes cuestiones – la seguridad existencial de la que hablábamos – el conocimiento empírico – ni la sola razón – no alcanza a dar una satisfactoria respuesta sobre la vida del hombre.