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Descartes llega a la idea de la existencia de Dios por distintas vías. Una de ellas es a través de la presencia de la idea misma de Dios en nosotros, que se justifica si realmente existe Dios, quien pone su idea en nosotros, ¿o no descubrimos la autoría de un escrito por la firma? (Gn 1, 27). Para Descartes la idea de una sustancia infinita es la más clara y distinta de todas. No obstante señala que si bien es concebible no es comprensible; es decir, jamás alcanzamos un conocimiento completo de Dios – pues quedaría limitado por nuestro entendimiento – en cuanto que la incomprensibilidad se halla contenida en la razón formal de lo infinito.

Otra de las vías por las que accede a Dios es mediante la imperfección del ser del hombre. Hemos visto que el hombre es un ser pensante – cogito, ergo sum – que tiene la idea de Dios – “un hombre jamás puede verse obligado a pensar en la existencia de una cosa de la que no tiene ninguna idea. Cualquiera que afirme que puede, juega con las palabras” (George Berkeley, “Comentarios filosóficos”) –, un ser infinitamente perfecto. Al respecto, es necesario indicar que concebir la idea de un ser perfecto implica entender la existencia de un ser dotado de una perfección infinita de la que carecemos los hombres; aunque si estuviese en nuestra facultad poder ser infinitamente perfectos como Dios lo seríamos, pues el hombre, por su estatuto ontológico, tiende siempre al bien en cuanto lo concibe – las cosas son queridas porque son buenas –. Sin embargo, si no podemos darnos a nosotros mismos las perfecciones que percibimos en Dios, menos aún está en nuestro dominio el procurarnos la existencia: “a cualquiera que sea capaz de la más mínima reflexión le resulta claro que nada es más evidente que la existencia de Dios, es decir, de un espíritu que está inmediatamente presente a nuestras mentes produciendo en ellas toda esa variedad de ideas o sensaciones que continuamente nos afectan, del que dependemos total y absolutamente; en una palabra, en quien vivimos, nos movemos y existimos” (George Berkeley, “Principios del conocimiento humano”). Esta idea también se halla presente en Wittgenstein: “no puedo dirigir los acontecimientos del mundo según mi voluntad: soy enteramente impotente” consecuentemente “al significado de la vida, esto es, al significado del mundo, lo podemos llamar Dios” (Ludwig Wittgenstein, “Notebooks”). Descartes concluye que existe una causa primera, Dios, que nos confiere el ser continuamente, lo mismo parece apuntar Berkeley: “viendo que no dependen de mí pensamiento (las ideas) y que tienen una existencia distinta de ser percibidas por mí, tiene que haber alguna otra mente en la que existen. Por tanto, es tan seguro que el mundo realmente existe como que hay un espíritu infinito, omnipresente, que lo contiene y lo soporta” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”). (más…)

En los Diálogos Dios aparece más como habitáculo de las ideas que como causa de ellas. Para Berkeley las cosas son colecciones de ideas, pero las cosas no pueden existir sin una mente que las perciba. Sin embargo, algunas cosas continúan existiendo cuando no son percibidas por una mente finita. De este modo debe existir una mente infinita que percibe continuamente las cosas percibidas de modo intermitente por las mentes finitas. Si no existiera esta mente infinita las cosas serían a cada instante aniquiladas y creadas de nuevo, pues la existencia de una idea consiste en ser percibida. Interesante y aclarador el diálogo que mantienen Hilas y Filonús en los Diálogos.

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Sólo la sustancia espiritual en tanto que voluntad puede ser la causa de las ideas. No obstante no todas las ideas son iguales, pues hay ideas de los sentidos e ideas de la imaginación. Éstas últimas pueden ser producto de una voluntad finita pues cada uno de nosotros puede hacer surgir en su mente una u otra idea con total libertad. Pero no sucede lo mismo con las ideas de los sentidos, pues ante ellas la mente es pasiva, es decir, si hay cinco bancos en la plaza habrá cinco bancos quiera o no quiera, como tampoco podemos escoger que objetos de la realidad queremos que se nos aparezcan. (más…)

En los Comentarios filosóficos escribe que las ideas son “cosas impotentes”, en la Teoría de la visión afirma que no incluyen “ningún poder, causalidad o actividad”, en Siris las describe como cosas “pasivas, sin nada activo” y en los Principios sostiene que son “claramente inactivas, no hay ningún poder o actividad incluido en ellas”. Para convencerse de su inactividad es suficiente con fijarse en el ser de las ideas, pues al reducirse su ser a ser percibidas se concluye que en las ideas no hay más que lo que es percibido. Las ideas sólo existen en la mente, por tanto sólo tienen cuanto percibimos en ellas. Malebranche ya dijo que “todas las cosas que vemos inmediatamente son tal como las vemos” (La búsqueda de la verdad), y Hume que “como todas las acciones y sensaciones de la mente nos son conocidas por conciencia, tendrán que aparecer necesariamente y en todo respecto tal como son, y ser como aparecen” (Tratado sobre la naturaleza humana). (más…)

Berkeley – Las ideas

Publicado: 2 abril, 2009 en Berkeley, Filosofía

George Berkeley estaba muy convencido de la necesidad de probar la existencia de Dios, más cuando consideraba que el ser humano no tiene intuición – conocimiento inmediato – de su existencia. Así lo reconoce en uno de sus Comentarios filosóficos: “Dios existe, aunque yo no tenga intuición de Él”. Por tanto, resulta ridículo “probar la existencia de Dios a partir de su idea” pues no tenemos idea de Dios, “es imposible”. Y esto es así porque la idea de un ser espiritual implica una soberana contradicción. Las ideas son pasivas, mientras que el espíritu indica actividad; por tanto, pensar que las ideas forman parte de la esencia de Dios resulta una alarmante contradicción: “Admito que no tengo propiamente una idea ni de Dios ni de ningún otro espíritu, porque, al ser estos activos, no pueden ser representados por cosas perfectamente inertes, como son nuestras ideas” (Tres diálogos entre Hilas y Filonús). Aunque rechaza esta habitual prueba a priori, también lo hace de aquellas pruebas a posteriori que se basan en el absurdo de un proceso infinito de causas. (más…)