La concepción humeana de la identidad personal

Publicado: 23 junio, 2014 en Filosofía, Hume

En el ‘Tratado sobre la naturaleza humana’ Hume expone su concepción de la identidad personal, donde negará la posibilidad de un yo simple e idéntico. Para ello arranca, primero, con la opinión que tienen al respecto algunos filósofos, en concreto aquellos que sostienen que somos íntimamente conscientes de nuestro yo – es decir, la mente puede ser ella misma conocida en el momento en que son interiorizados sus propios actos – como sujeto que permanece perennemente el mismo a través de nuestra existencia. Además, añade Hume, estos filósofos también “se hallan persuadidos aún más que por la evidencia de una demostración, de su identidad y simplicidad perfecta[1] – recordemos que en Descartes el mismo acto de pensar evidencia, al mismo tiempo, nuestro propio pensamiento e identidad –. Hume sostiene, sin embargo, que “todas estas afirmaciones positivas son contrarias a la experiencia que se presupone en favor de ellas y no tenemos una idea del yo de la manera que se ha explicado aquí[2].

En Hume toda idea es evidente si es una copia de una impresión, en consecuencia debe encontrarse una impresión correspondiente a tal idea. Pero el yo no deriva de ninguna impresión que dé origen a tal idea, sino quemás bien parece aquello a lo que todas las impresiones están referidas. Si no hallamos impresión alguna de la que podamos derivar la idea de identidad personal, entonces tal idea carece de significación – no es una verdadera idea –, porque “si una impresión da lugar a la idea del yo, la impresión debe continuar siendo invariablemente la misma a través de todo el curso de nuestras vidas, ya que se supone que existe de esta manera. Pero no existe ninguna impresión constante e invariable. El dolor y el placer, la pena y la alegría, las pasiones y sensaciones se suceden las unas a las otras y no pueden existir jamás a un mismo tiempo. No podemos, pues, derivar la idea del yo de una de estás impresiones y, por consecuencia, no existe tal idea[3]. Además, esta idea que apuntan algunos filósofos no sólo carece de fundamento empírico, sino también de asiento racional. En efecto, “cuando penetro más íntimamente en lo que llamo mi propia persona, tropiezo siempre con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, pena o placer. No puedo jamás sorprenderme a mí mismo en algún momento sin percepción alguna, y jamás puedo observar más que percepciones[4].   

De este modo, carece de sentido lógico que se hable del yo como algo distinto de las percepciones, es decir, no hay un yo detrás de mis percepciones, sino que más bien yo soy mis percepciones porque sentirme a mí mismo no es otra realidad que sentir mis propias percepciones. Así, “si mis percepciones fueran suprimidas por la muerte y no pudiese ni pensar, ni sentir, ni ver, ni amar, ni odiar, después de la disolución de mi cuerpo, me hallaría (mi yo) totalmente aniquilado[5]. Efectivamente, si el yo no puede distinguirse ni separarse de sus percepciones tampoco puede existir al margen de ellas; y como ellas no permanecen idénticas, tampoco se mantiene idéntico el yo – Descartes, en cambio, considera que el “yo soy[6] acompaña a todas las actividades de la mente: “soy yo el mismo que siente, es decir, que recibe y conoce las cosas como a través de los órganos de los sentidos, puesto que, en efecto, veo la luz, oigo el ruido, siento el calor. Se me dirá, empero, que esas apariencias son falsas, y que estoy durmiendo. Concedo que así sea: de todas formas, es al menos muy cierto que me parece ver, oír, sentir calor, y eso es propiamente lo que en mí se llama sentir y, así precisamente considerado, no es otra cosa que pensar[7] –.

Si carecemos de una idea del yo distinta de nuestras percepciones sólo queda decir que el yo no es más“que un enlace o colección de diferentes percepciones que se suceden las unas a las otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un flujo y movimiento perpetuo[8]; es decir, la identidad personal no puede ser captada como una única realidad fija y estable, sino que cambia constantemente en el dinamismo de las percepciones – el yo es sus percepciones –. De seguido, mediante el recurso de una metáfora, afirma que el yoes una especie de teatro donde varias percepciones aparecen sucesivamente, pasan, vuelven a pasar, se deslizan y se mezclan en una infinita variedad de posturas y situaciones[9]. Aquí parecería que se contradice al establecer una comparación entre el yo y un teatro que contiene las percepciones que en él actúan. No obstante, de inmediato, se autocorrige advirtiéndonos que tal comparación no debe engañarnos porque mientras en el teatro siempre hay algo que persiste invariable, como es el escenario, y algo que cambia a lo largo de la obra, como son las escenas o los propios personajes, esto jamás ocurre en el caso del yo, que se halla constituido exclusivamente de percepciones cambiantes sin que poseamos “la noción más remota del lugar donde estas escenas se representan o de los materiales de que están compuestas[10].

De todos modos, aunque se trate de una colección de percepciones cambiantes, es una colección de percepciones cambiantes “unidas entre sí por ciertas relaciones y que se supone, aunque falsamente, hallarse dotada de una simplicidad e identidad perfecta[11], como las de semejanza y las de causalidad. Así, pensamos en la identidad como una unidad simple porque tendemos a olvidar la diversidad creyendo que se trata de un conjunto idéntico. “Nuestra propensión hacia este error es tan grande […] que caemos en él antes de darnos cuenta, y aunque lo corregimos incesantemente por la reflexión y volvemos a una manera más exacta de pensar, no podemos mantener firme largo tiempo nuestra filosofía o apartar esta predisposición de la imaginación […]. Para justificarnos de este absurdo, fingimos frecuentemente algún nuevo principio ininteligible que enlaza estos objetos entre sí y evita su interrupción y variación. Así, fingimos la existencia continua de las percepciones de nuestros sentidos para evitar la interrupción y recurrimos a la noción de un alma, yo y substancia, para desfigurar la variación[12]. Por tanto, es la creencia, inevitable, la que nos lleva a sostener la identidad personal, aunque si reflexionamos sabemos que esto no es así.

La identidad que otorgamos al yo por muy conseguida que se imagine es incapaz de unir las distintas percepciones en una unidad tal que desaparezcan sus diferencias esenciales, pues “cada percepción que entra en la composición del espíritu es una existencia distinta y diferente, distinguible y separable de cada una de las otras percepciones[13]. No obstante, en esta parte final de la sección, y de seguido de esta última argumentación, muestra un acercamiento a la posibilidad de aprobar una identidad personal: “Pero como, a pesar de esta distinción y separabilidad, suponemos que la serie total de las percepciones se halla unidad por la identidad, surge la cuestión de si esta relación de identidad es algo que realmente enlaza entre sí nuestras varias percepciones o algo que solamente asocia sus ideas en la imaginación[14]. Así, considera que esta identidad imperfecta sólo puede ser producida por la relación de semejanza o de causalidad, si bien parece decantarse más por esta última, “nuestras impresiones dan lugar a las ideas correspondientes, y estas ideas, a su vez, producen otras impresiones. Un pensamiento persigue a otro y trae tras de sí un tercero, por el cual es expulsado a su vez”. Y aunque luego nos dice que “si no tuviéramos memoria, jamás podríamos tener una noción de la causalidad, ni, por consecuencia, de la cadena de causas y efectos que constituyen nuestro yo[15], señala que “habiendo adquirido esta noción de causalidad por la memoria, podemos extender la misma cadena de causas y, por consiguiente, la identidad de nuestras personas más allá de nuestra memoria […]. Desde este punto de vista, pues, la memoria no tanto produce como descubre la identidad personal, mostrándonos la relación de causas y efectos entre nuestras diferentes percepciones[16]; es decir, la memoria descubre una identidad, ficticia, al hilvanar una serie de eslabones que conectan nuestras diversas percepciones.

Una vez revisada la concepción humeana de la identidad personal, sorprende que tome una posición diferente que la ofrecida respecto a la existencia de los cuerpos, la cual, nos dice, es tan importante que la naturaleza se ha encargado de imponernos la creencia en ellos, de manera que la cuestión no radica en preguntarse por la existencia o no de éstos, sino por “las causas que nos inducen a creer en la existencia de los cuerpos[17], la cual, su existencia, creemos continua – existen incluso cuando no los percibimos – e independiente – existe al margen de nuestras percepciones – por la vivacidad con la que se nos presenta. ¿Por qué no puede decir lo mismo de la identidad del yo? Si decimos que la creencia – el hábito – es la que nos conduce a sostener la identidad personal, ¿no debemos reconocer que tal creencia se debe a la existencia de algo subyacente que nos permite sostenerla? ¿Y no será ese algo subyacente nuestro yo? Al menos esto es lo que podría desprenderse de la metáfora del teatro, antes de la advertencia de engaño – en la que nos dice que no hay ningún espectador real que le dé una unidad inalterable –, más cuando la creencia en el yo se manifiesta en la experiencia, y, si bien dice que el yo es un enlace o colección de diferentes percepciones que se suceden las unas a las otras, las relaciones de semejanza y causalidad hacen que pensemos que todas esas percepciones que admitimos como constituyentes de una sola colección que es mi identidad personal y no a la colección de otro yo. Así, regresando a la metáfora  del teatro, ¿podemos decir que no poseamos la noción más remota del lugar donde estas escenas se representan? ¿No podemos decir que ese teatro está aquí, y que es mi yo? Quizás una de sus dificultades para afirmar la identidad personal es que se centra en una perspectiva psicológica sin una impresión correspondiente de su cuerpo – al que otorga una función parasitaria – y, por ello, sostiene la impersonalidad de la memoria a la hora de recordar las percepciones que sólo pueden ser de una persona concreta. En última instancia sólo un yo puede preguntarse si es el mismo sujeto de ayer o si no lo es, es decir, en la larga procesión de percepciones hay algo que no cambia, y ese algo es el yo. Por otro lado, podemos presentar un argumento a favor de Hume, cuando dice que uno mismo no puede atraparse como algo distinto de sus percepciones y que éstas son las únicas realidades percibidas, valga la redundancia, no podemos sino afirmar que el pensamiento realmente sólo advierte el yo cuando las diversas percepciones son conectadas entre sí, lo que sólo conduce, aparentemente, a un conocimiento vivencial, pero no a uno de objetivo, es decir, ¿podemos conocer con propiedad y objetividad al yo al margen de sus percepciones?

 

[1] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, parte IV, sección VI, p. 190.

[2] Ibídem, p. 190.

[3] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, parte IV, sección VI, p. 190.

[4] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, parte IV, sección VI, p. 191.

[5] Ibídem.

[6] Descartes, “Meditaciones metafísicas”, segunda meditación, p. 24.

[7] Descartes, “Meditaciones metafísicas”, segunda meditación, p. 27.

[8] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, parte IV, sección VI, p. 191.

[9] Ibídem, p. 191.

[10] Ibídem, p. 191.

[11] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, parte IV, sección II, p. 161.

[12] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, parte IV, sección VI, p. 192.

[13] Ibídem, p. 195.

[14] Ibídem, p. 195.

[15] Ibídem, p. 197.

[16] Ibídem, p. 197.

[17] Hume, David. “Tratado sobre la naturaleza humana”, Libro I, Parte IV, sección II, p. 148.

 

 

 

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