Persiguiendo a Descartes (III)

Publicado: 18 marzo, 2014 en Descartes, Filosofía

Hasta el momento la certeza obtenida por Descartes se refiere a dos tipos de realidades: la sustancia pensante (cogito) y la sustancia infinita (Dios). Dios, que es veraz y bueno, puede producir todo lo que concebimos clara y distintamente como no contradictorio, es decir, sólo a partir de él podemos deducir la existencia efectiva de las cosas en cuanto que refrenda la seguridad de la razón por Él creada disipándose toda posibilidad de apariencia y engaño.

No obstante, no nos basta con saber que existen los cuerpos, sino que es necesario conocer también su esencia. Para esta empresa es menester indicar todas aquellas propiedades que convienen a las realidades materiales (res extensa), a saber, la figura, la divisibilidad, la impenetrabilidad, la extensión, la dureza, la fluidez y el movimiento. Las cuatro primeras son propiedades que se encuentran siempre presentes en la materia, mientras que las tres restantes no son propiedades intrínsecas de los cuerpos blandos, sólidos y en reposo. De este modo, sabemos, de partida, que la esencia la constituye alguna propiedad del primer grupo. ¿Cuál? Las tres primeras, la figura, la divisibilidad y la impenetrabilidad suponen la extensión, pero ésta no supone a las otras, de tal modo que la extensión es la esencia de la realidad material, pues se percibe con claridad y distinción respecto de las restantes propiedades que vinculamos con las cosas.

A diferencia de Aristóteles, quien concebía la esencia de las cosas constituidas de materia y forma, en Descartes se entiende unívocamente como extensión, que al ser un concepto geométrico puede ser estudiado sin restricción alguna. Hay que señalar, no obstante, que la extensión en Descartes se encuentra dotada de movimiento infundido por Dios en el momento mismo de la creación y conducido por tres leyes: la ley de la inercia, la ley de la conservación de la misma cantidad de movimiento y la ley de la simplicidad del movimiento que reflejan la inmutabilidad de la sustancia infinita. Sin embargo, visto esto, no es de extrañar que se impute a Descartes de mecanicista al señalar que las cosas obran, pero no por fines.

En cuanto al hombre, Descartes parece ser, a priori, que abraza la doctrina aristotélica de la unión sustancial entre el alma y el cuerpo y justifica su planteamiento mediante las sensaciones y, más concretamente, señala el mismo punto exacto en que se produce la unión entre el alma y el cuerpo: la glándula pineal. Si estos datos, supuestamente empíricos, son ciertos, no lo es menos el dato que ofrece la razón, a saber, que el alma (res cogitans) y el cuerpo (res extensa) son sustancias radicalmente heterogéneas (no tienen nada en común) pues la esencia del alma es el pensamiento y la del cuerpo la extensión. Por tanto, nos encontramos más bien con el dualismo alma-cuerpo, es decir, el alma estaría alojada en el cuerpo del mismo modo que un piloto a su nave.

Respecto a la inmortalidad del alma Descartes presenta tres motivos, dos de carácter racional y uno religioso. La primera justificación de la inmortalidad se deduce directamente de la distinción entre el alma y el cuerpo. Si el alma es una sustancia absolutamente distinta del cuerpo no está destinada a morir con él. El segundo motivo para considerar la inmortalidad es el carácter indivisible del alma, pues lo que por naturaleza es indivisible, también es incorruptible. El tercer motivo apela a la revelación, a la promesa divina de que seguiremos viviendo después de esta vida.

No es un tópico señalar que hay un antes y un después de Descartes. Con él, de modo claro y distinto, nace la primacía del sujeto sobre el objeto, la conciencia sobre el ser, la libertad individual sobre el orden divino y, en el plano académico, la primacía de la ciencia sobre la metafísica. No obstante, haríamos una mala lectura si no percibimos en Descartes a un pensador enteramente metafísico y profundamente religioso. En efecto, Cartesius no vislumbra un ápice de contradicción entre su afán de encontrar una ciencia unitaria y universal apoyada por el método matemático y la teología. No hay en él indicio alguno ni mucho menos la intención de atentar contra la fe cristiana y así lo atestigua, por ejemplo, el testimonio de la reina Cristina, quien atribuye a Descartes buena parte de su conversión. Dicho esto, es evidente que la suya no es, propiamente, una filosofía cristiana, sin embargo, esto no supone ni implica que no se le vea como lo que era, un filósofo cristiano.

Nota: en la siguiente entrada trataremos la relación entre la fe y la razón en Descartes y en la quinta hablaremos sobre la mente.

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