La empatía como pilar del sistema moral (II)

Publicado: 5 marzo, 2014 en Ética y Moral

cambioA nivel teórico existe el consenso generalizado de que la dignidad humana es inviolable. Así, el derecho internacional y las distintas constituciones de los Estados democráticos vienen fortaleciendo, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, la dignidad humana como concepto legal recogido especialmente en la Declaración de los Derechos Humanos. Existe la buena intención de que ninguna nación se alce sobre otra; sin embargo, la realidad es bien distinta debido a la virulenta y fanática atracción por el poder capaz de convertir a la nuestra en la única especie que asesina en masa.

Se habla del ideal de un mundo mejor al tiempo que la destructividad humana prosigue sin presagios de un final eminente ni a largo plazo. Entrados ya en el siglo XXI y muy a pesar de la preponderancia del espíritu de la razón, la humanidad, en líneas generales, se constituye de modo particular por el hombre masa y el líder que gobierna a todos con la tiránica impunidad sólo reducida por la mayor fuerza de otro despótico líder, aunque este pueda ser revestido con el título de Nobel de la Paz. Se habla, también, de virtudes y valores en una época en la que la consciencia mayoritaria aborrece todo signo de mal. No obstante, es evidente la incapacidad real para plasmar en la praxis estos ideales que nos hunde en la edad de hierro moral.

 La ambición por el poder y el protagonismo son causas del mal existente a pesar de prohibir en declaraciones y constituciones la crueldad hacia el hombre. El afán humanitario es incapaz de limitar y reducir los atroces efectos de esta tendencia humana que convierte a la persona en instrumento de la codicia de poder y que es capaz de permanecer activa incluso en sistemas políticos, pienso en la democracia, destinados a eliminarla de una vez y para siempre. Sin embargo, sorprende que el hombre denominado masa – rebaño por otros –, muestre la inusitada tendencia a aceptar esta posición de subordinado que le conduce a la inacción incluso cuando su consciencia le demanda detener toda injusticia.

Aunque existen personas y movimientos que reclaman la justicia social y el bien común con ademan de producir una revolución contra toda tiránica manifestación de poder, la obediencia es la actitud más universal entre el sujeto humano contemporáneo. No son pocos quienes claman al cielo por situaciones inaceptables contra el hombre – pienso en Venezuela y Ucrania –, pero estos mismos son capaces de tolerar lo más intolerable, el agravio contra el fundamento mismo de eso que llamamos derechos humanos: la dignidad incondicional de la persona. La causa principal de esta actitud es el temor. La persona inestable busca afanosamente la seguridad; así, mientras se encuentre en una situación que posibilite la cotidiana existencia, aunque esta no sea otra realidad que el mero y continuo sobrevivir a los días, aceptará cualquier brutalidad sobre piel ajena mientras a él no le ocurra tal infortunio. Esta necesidad de seguridad reduce la natural capacidad del hombre para la fraternidad y la empatía que se expresan mediante el amor, la única facultad real que afirma a la persona en sí misma.

La ausencia de una empatía que no vacile ante cualquier ultraje contra la dignidad de la persona, auspiciada por un desmesurado yocentrismo de la turba, permite que acontezcan situaciones que no deberían pasar nunca si la responsabilidad moral fuese capaz de doblegar nuestra pereza ética. Ante esta inacción generalizada los ciudadanos democráticos no somos más que sujetos gobernados que obedecemos o aceptamos las sucesivas violaciones de los derechos humanos que cometen nuestros gobernantes quienes, ante tanta pasividad, fortalecen su codicia de poder justificando moralmente incluso a modo de derecho divino. Por otro lado, mucha culpa de que la política no esté siempre ordenada al bien de la persona humana se debe también, en medida, a los intelectuales y a los periodistas que no denuncian la injusticia todo lo que pueden y deberían, quizá para no perder su estatus y convertirse en outsiders. Esta aquiescencia con el poder es frecuente y lamentable, pues acaban por convertirse en simples correas de transmisión, corrompiéndose del mismo modo que al tirano al que sirven.

Terminar con la codicia de poder y con regímenes políticos, que aunque democráticos, recurren continuamente a la violación de los derechos humanos, requiere, de modo fundamental, una transformación radical del sistema educativo. Requerimos de personas no sólo capaces de producir un cambio absoluto mediante el cual la persona vuelva a ser el centro y fin de la democracia, sino que quieran realmente llevar a cabo este, actualmente utópico, cambio. No podemos esperar, pues sería más utópico todavía, que sean estos mismos dirigentes motivados por el poder quienes transformen el sistema vigente para entronizar otro que reconozca la incondicional dignidad humana y apueste de manera enérgica por la justicia social y el bien común necesarios para que la persona, fin en sí misma, alcance con plenitud el desarrollo de sus propios proyectos personales.

comentarios
  1. Sandro dice:

    Muy buena entrada, gracias por tan bella claridad de ideas.

  2. Saludos Sandro, muchas gracias por comentar, me alegro que la entrada haya sido de interés. Un saludo.

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