La empatía como pilar del sistema moral (I)

Publicado: 1 marzo, 2014 en Ética y Moral

El problema de estar apegados fuertemente a ideologías, ya sean económicas, políticas o religiosas es que existe la tendencia a confundir a éstas con principios y convicciones racionales. Una muestra de ello es el diálogo inexistente entre dos personas fuertemente ideologizadas, difícilmente dispuestas a cambiar de opinión y a aceptar la posible razón ajena. Cada vez estoy más convencido de que los pilares que refuerzan el edificio de la moralidad humana son la fraternidad, la empatía y la equidad. Es inviable un comportamiento ético que no aglutine estos tres modos señalados. Todas las ideologías prometen la felicidad, y hay quienes, convertidos en súbditos, las defienden a capa y espada, sin descubrir que con ello no resuelven los problemas de la humanidad, sino que los agudizan. El paraíso no puede prometerlo quienes permiten la injusticia y la pobreza. Pensemos en la crisis financiera, los Estados se movilizaron para subsidiar a los causantes mientras abandonaban a los ciudadanos a su suerte, una suerte que se tradujo y se traduce todavía en la pérdida de puestos de trabajo y el consecuente empobrecimiento de las familias.

Toda ideología es transmisora del pensamiento único y los ciudadanos que la secundan son fieles correas de transmisión que no cuestionan el mensaje que difunden porque la propaganda, de la que tan bien habla Bertrand Russell en ‘El poder’, se encarga de emplear métodos de lavado de cerebro. Así, sólo cuando la empatía, la fraternidad y la equidad se conviertan en pilares reales de nuestro sistema moral seremos capaces de escuchar y estudiar otras voces y otros pensamientos que nos liberen del yugo de la ideología permitiéndonos pensar en la humanidad y el bien común. Saber escuchar supone poner especial interés en la persona, transformarse en participantes de la vida social y no en meros observadores pasivos e indiferentes con el otro. Para que cambien de este modo las relaciones interpersonales es necesario que el otro no sea visto como un tú o una realidad alejada, sino como un yo, como otro ser con las mismas inquietudes y necesidades existenciales.

El interés y el compromiso por la persona del otro exige comprenderlo y aceptarlo tal cual es y no como desea que sea la ideología. La persona no necesita de ésta ninguna curación, sino que de nosotros demanda respeto y reconocimiento de su dignidad y potenciación de sus proyectos personales. El hombre no es un ser social porque requiere de otros para satisfacer sus necesidades primarias, sino porque sin la presencia de los otros y sin la cooperación con los otros no se humaniza. Para ello es necesario un sistema educativo que forje en el sujeto una actitud que piense y opere acorde a los intereses generales de la sociedad, que también son, en definitiva, los del individuo, y que no entienda a este a modo de instrumento o medio para otros fines, por lo general los de la ideología. Si potenciamos desde una temprana edad el compromiso por los vínculos de comunidad como necesarios para el reconocimiento y respeto de la incondicional dignidad de la persona quizá no alcanzaremos un utópico paraíso en la tierra, pero sí un orden moral en el que impere la justicia y el bien común gracias a la fraternidad, la empatía y la equidad, y éstas reguladas por la recta razón que empuja a ver a la persona como un fin en sí misma: respetando y promocionando la dignidad y los proyectos del otro son promocionados mi dignidad y mis propios proyectos personales.

La recta moral no se alcanza a través de una u otra ideología, sino que todo acto de la persona será ‘correcto’ en la medida en que reafirme la verdad de la existencia humana, que es el vivir de tal modo que todos puedan desarrollar sus potencialidades mediante el entendimiento (razón) y la voluntad (amor), las dos facultades principales de la naturaleza humana, indispensables para alcanzar el bien común, que es el bien mayor para la persona y el único capaz de reportar la auténtica felicidad, que emana del desarrollo de la propia interioridad en el marco de la vida social. El hombre es por lo que es y no por lo que posee. Cuando cambiemos esta mentalidad que se afana por el poder y la adquisición desaparecerá la injusticia que se traduce en la tiranía del hombre sobre el hombre, del fuerte sobre el débil, y el hombre será realmente libre para ser quien debe ser sin el pesado yugo de las pasiones irracionales que impiden el verdadero desarrollo interior, al creer que la felicidad se encuentra en la sumisión a determinadas ideologías, y paralizan actitudes hacia el exterior como la fraternidad y la empatía, que permiten hacer nuestras, de todos, las necesidades y dichas del hombre.

Sin embargo, como la vida del hombre no es dada, sino que debe hacerse en todo momento, por esta sensación de inseguridad existen personas que no dudan de someterse a las pasiones irracionales, por ejemplo, a la figura de un líder, a una ideología, aunque el costo sea la restricción de la propia libertad y el desarrollo de su interioridad. Si esta es la realidad imperante se debe, precisamente, a la anulación de la personalidad en beneficio del interés ideológico, ya sea económico, político o religioso que se infunde desde la educación a muy temprana edad. Sin embargo, el bienestar de la persona no se alcanza con el fin de una u otra idoelogía, sino en el desarrollo pleno de la propia naturaleza ontológica manifestada en la praxis: “La finalidad de la vida que corresponde a la naturaleza del hombre en su situción existencial es la de ser capaz de amar, ser capaz de emplear la razón y ser capaz de tener la objetividad y la humildad de estar en contacto con una realidad exterior e interior sin desfigurarla” (Erich Fromm, “La patología de la normalidad”). Por tanto, el hombre sólo puede ser realmente el que debe ser si se dedica con todo su entendimiento y voluntad a aquella actividad que le permite el desarrollo de sus capacidades, lo que algunos denominan vocación, y ésta sólo es factible para todos en ausencia de ideologías, que tienden a anular la capacidad de pensamiento y amor por el hombre en beneficio de otros intereses que jamás son los de la persona.

comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Hola Joan. Hacia días que no entraba, veo que últimamente escribes menos entradas, pero siguen siendo realmente interesantes y motivadoras. Muchas gracias por esta última. Un abrazo desde Barcelona. ¿Nos vemos pronto?

  2. Saludos Cristina, un gusto leer tu comentario. Se agradece, un saludo.

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