¿Son posible los Derechos Humanos sin el reconocimiento de la dignidad humana?

Publicado: 24 febrero, 2014 en Ética y Moral

Es imposible alcanzar una concepción trascendental y absoluta de los Derechos Humanos que no sea suscebtible de reduccionismos y arbitrariedades sin introducir la noción moral de la dignidad humana, que está lejos de ser una expresión vacía o una realidad sociocultural producto de una determinada cosmovisión o consenso. La dignidad de la persona procede de su estatuto ontológico; la persona es digna por el mero hecho de ser miembro de la especie humana, así la dignidad es otorgada con la humanidad de la persona y no es conferida al hombre por el hombre mismo. De este modo, la dignidad humana – y por ello, la vida – es el fundamento del derecho, es decir, es el antes lógico y ontológico para la existencia y enumeración de los derechos humanos. Por tanto, porque la persona es una dignidad, un fin en sí misma, y no un medio, es sujeto de derechos.

Dado que la persona es un fin en sí misma la dignidad humana es inviolable. Que esto sea así reclama el reconocimiento y la protección de la sociedad y de las instituciones democráticas. El fin del hombre para con los demás pasa por respetar la dignidad humana que hay en el otro. Nadie, bajo ninguna circunstancia, puede disponer de la vida ajena, salvo que haya perdido la dignidad moral – la dignidad ontológica jamás se pierde como ya argumentamos en la entrada “La defensa de la vida exige la oposición a la pena capital” -. Toda persona tiene derecho a la vida y su integridad física y psíquica es un deber moral en cuanto decimos que la persona es un fin y no un medio o instrumento. Por tanto, toda jurisdicción que se precie debe reconocer la dignidad de la persona y salvaguardar su vida, pues no existe equivalente entre lo que no tiene precio, sino dignidad.

Los Derechos Humanos, de continuo, son recordados y demandados por las continuas violaciones que se produce a la dignidad humana. Cuando la persona es instrumentalizada y humillada los Derechos Humanos son vulnerados. Éstos se convertiran en una realidad inviolada cuando la fuente moral y ontológica de la que derivan, la dignidad humana, sea reconocida y respetada en su totalidad y sin exepciones. Esto no ocurre, cabe lamentar, ni en los países que se jactan de democráticos: pensemos en las condiciones de pobreza en la que viven determinados sectores de la sociedad – desempleo, desahucios, etc. -; en el trato desigual que padecen las mujeres en el ámbito laboral – menor salario – o cultural – códigos de honor -, y en los inmigrantes ilegales que son tratados como mercancia cuando tratan de alcanzar un horizonte de esperanza, por ejemplo. Ya no hablemos en los casos en los que el poder del totalitarismo y del fundamentalismo es causa de guerras y exterminio de grupos humanos.

A la luz de tales defectos urge el reto de especificar y respetar los derechos humanos fundamentándose en la incondicional dignidad de la persona humana con el fin de procurar que toda persona alcance una vida digna y pueda desarrollar su proyecto existencial con absoluta plenitud. Para que todas las personas alcancen una vida digna, en lo económico, en lo social y en lo cultural, aparece como imperativo el reparto equitativo y equilibrado de la prosperidad de la sociedad en la que viven, pienso en la garantía de la sanidad y de la educación pública, así como la posibilidad de trabajo para colaborar en este bien común. Sólo así podrá haber un orden sociopolítico en el que la dignidad humana – moral y ontología – penetra en el derecho y en la legislación de los Estados.

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