Ética y felicidad (II)

Publicado: 20 enero, 2014 en Ética y Moral

El hombre obra en vistas a la felicidad, sin embargo parece que jamás la alcanza con plenitud. Consciente de que ésta se encuentra fuera de sí mismo también juzga con acierto cuando descubre que no se halla en las realidades tangibles, pues por su contingencia no reportan una plenitud verdadera y definitiva que colme la búsqueda por la que elige para ella los demás fines. Por tanto, una vida gozosa consistirá en un cierto sentimiento de naturaleza espiritual que produce alegría en el ser del hombre, que a nivel práctico se traduce en el ideal ético de toda persona, pues obrará por amor a esta felicidad y amándola se dejará transformar por ella.

Dejarse transformar por la felicidad expresa el deseo humano de querer unirse a ella. Y como la felicidad no es una realidad abstracta, sino concreta, el ser del hombre, que es imperfecto, anhela, por su naturaleza ontológica, el bien mayor que reside en el ser en sí, que es objeto de su inteligencia y de su amor: el ser en estado puro que hace que las cosas sean lo que son y la suma perfección que apetecen en esa tendencia propia del ente a la unidad. Así, Dios es objeto del conocimiento y del amor del hombre, es la felicidad por la que sale de sí mismo para volver a sí mismo con la apropiación (comunión) del bien mayor, Dios, que es la perfección o plenitud absoluta del ser.

La unidad con Dios es lo más propio de la naturaleza del hombre, pues es el modo radical y verdadero de ser en sí mismo, en cuanto que su ser, que es por participación en el ser de Dios, tiende a amarlo de modo análogo a como la parte o lo inferior ama el todo o lo superior. Así, la unidad del hombre con Dios es la ocasión real de alcanzar de manera definitiva y plena esa felicidad que es perecedera cuando pone como objeto de su conocimiento y de su amor las cosas temporales: “seguir a Dios es desear la beatitud, poseerlo la beatitud misma” (San Agustín, “De moribus”, I, 11, 18). Que tal unidad es el fin del hombre se constata cuando somos conscientes de que ninguno de los fines particulares que son objeto de nuestra elección agota la felicidad que se busca, sino que más bien son, cuando no hay error, la condición que posibilita nuestro fin último.

La unidad del hombre con Dios se expresa en el devenir existencial de ese en sus respectivas relaciones con su semejante: “ningún paso es tan seguro hacia el amor de Dios como el amor del hombre hacia el hombre” (San Agustín, “De moribus”, I, 26, 48). Sólo el hombre, en efecto, puede tratar al hombre como el fin que es reconociendo esa dignidad incondicional que emana en última instancia de Dios, quien le hace respetable ante los demás por haberlo creado a su imagen; y sólo él, el hombre, puede potenciar su finalidad propia, que es la comunión con Dios en el plano existencial, una comunión por la que los fines particulares cobran su sentido.

La dignidad del hombre descansa en ser un fin en sí mismo, cualidad ontológica que procede del hecho se ser creado a imagen de Dios. Un valor que alcanza su plenitud en la medida en que posibilita su perfección de su ser en el obrar mediante el conocimiento y el amor, en su relación con el prójimo, de Dios, que es su fundamento constitutivo y fin. Aquí, es importante atender a la trascendencia de las relaciones con los demás hombres para alcanzar con todo su esplendor la felicidad. El amor, que es el modo en que debe medir la relación entre los hombres, es indispensable para comprender que la persona es una dignidad incondicional, que es un fin y no un objeto, y que por tener valor por sí misma su realización descansa en la promoción de su finalidad propia, que es patrimonio de la entera humanidad y descansa en la comunión – unidad – con Dios. Sin embargo cuando no se ama al hombre y por el hombre a Dios, quien es aquel que reporta cuanto nuestra felicidad exige, el hombre corre el serio riesgo de errar en su existencia, de poner como objeto de su felicidad bienes aparentes que no reportan más que un gozo temporal que a posteriori se transforma en frustración o escepticismo.

comentarios
  1. Cuanto más maduros somos, tanto más conscientes de que todos nos necesitamos. El diablo trabaja en dirección opuesta, busca nuestra división; siembra discordia, rencores y autosuficiencia. De este modo, nos aísla y hace vulnerables. Siempre seremos presa fácil si estamos o nos sentimos solos. La unidad no es una lección sólo de Dios; nos la da también el reino animal: los animales vulnerables no se mueven solos; se mueven en manadas. De hecho, el mundo actual, con sus complejidades y sus retos, ofrece poco espacio a los “llaneros solitarios”. En todos los sectores de la vida, desde el matrimonio y la familia hasta el mundo de la ciencia y la política, el trabajo en equipo se ha vuelto indispensable. La unidad hace la fuerza, solemos decir. Y habría que añadir: también nos hace fecundos y felices. De la unión de los esposos nacen los hijos. Y de la unión de las familias, la felicidad. Hay muchas familias que son felices sin saberlo. Tal vez porque, como escribió un autor, “la felicidad no se experimenta; se recuerda” (Óscar Levant). Tres medios concretos para cultivar la unidad con los demás: amor, ayuda y perdón.

  2. Saludos Kristopher, gracias por hacernos partícipes de tu reflexión, se agradece, un saludo.

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