¿Quién es el hombre? Parte I

Publicado: 25 diciembre, 2013 en Antropología, Pensamiento

¿Quién es el hombre? Podremos decir poco o mucho, pero es el único ser viviente que puede afirmar y escribir “todos los hombres desean por naturaleza saber” (Aristóteles, “Metafísica”). El hombre posee una cualidad que sólo es común a su especie, la razón, que permite conocer y, sobre todo, conocerse a sí mismo. Y el conocimiento y la verdad no son realidades intrínsecas del mundo, sino que son trascendentales y eternas. Desde los comienzos de la conciencia el ser humano toma una dirección existencial distinta a la de los demás seres vivientes. Mientras los primeros nacen y mueren encontrando la perfección y plenitud de su ser en el mundo mediante el desarrollo de su instinto, la persona, insertada en el mundo, busca su perfección más allá de éste, en el conocimiento de la verdad, trascendental y eterna, donde descansa, muy posiblemente, la respuesta a la pregunta inicial.

La cuestión del hombre se experimenta en el mundo, pero lo trasciende. Si a los demás seres vivientes les basta el desarrollo del instinto para ser según su naturaleza, el desarrollo de las tendencias no es suficiente en el hombre para realizar con perfección su forma de ser. Su estatuto ontológico demanda el imperativo de autenticidad para ser verdaderamente quien debe ser; así, condenado a la libertad (Sartre, “El ser y la nada”), se ve abocado a elegir en todo momento su forma de ser, y ésta reclama la necesidad humana del conocimiento de sí mismo del que hacíamos referencia con anterioridad y que constituye una ley moral.

La autorreflexión deviene una necesidad intrínseca que emana de nuestro estatuto ontológico por la cual se nos capacita para aprehender la realidad y entender su sentido último en vistas a dirigirnos a ese fin último que es la plenitud que se adquiere de modo progresivo en la medida en que nos buscamos y nos hacemos gracias a nuestra capacidad de entender y de querer. El ser humano está condenado a ser libre, expresa Sartre en “El ser y la nada”, pero si bien nuestra libertad es real, no es total; podemos elegir fines, pero hay un fin que escapa a nuestra elección, la felicidad. La libertad absoluta e ilimitada es inexistente, además la libertad no es un fin en sí misma; si la persona fuese sólo libertad no sería nada en absoluto. La libertad, propiamente, es un medio, por eso se habla de ‘libertad para’, pues su sentido positivo para destinarnos hacia aquello que queremos y que, como hemos dicho no es objeto de nuestra elección, la felicidad. Por el conocimiento de uno mismo y mediante la libertad tomamos conciencia de que podemos gobernar nuestra existencia y dirigirla hacia ese fin, que es la propia perfección.

Las realidades de este mundo se las conoce desde una descripción física, en el caso del hombre, su conocimiento sólo puede darse si atendemos a su conciencia, pues a él no le es dada e impuesta su forma de vida, bien señala Ortega y Gasset en “El tema de nuestro tiempo”, sino que por su libertad, es causa de sí mismo en el orden del obrar, así, “el hombre, en última instancia, es su propio determinante. Lo que llegue a ser – dentro de los límites de sus facultades y de su entorno – lo tiene que hacer por sí mismo” (Frankl, “El hombre en busca de sentido”). En efecto, el resto de los seres vivos dependen de sus condiciones, la persona de sus decisiones. Porque “la existencia humana se encuentra siempre ante una decisión” (Heidegger, “Ser y tiempo”) el hombre se encuentra requerido, de continuo, a examinar su existencia en busca de sí mismo con el fin de que ofrezca una respuesta racional que le permita descubrir el auténtico valor de su vida, que no es cualquiera sino aquel que es posible descubrir, mediante una vida examinada, gracias a ese imperativo o ley moral que le descubre su verdadera forma de ser, pues el hombre, que no es sólo libertad, no puede confiar sólo en sí mismo. Por esta razón la persona no sólo es una realidad biológica, sino también, y sobre todo, un sujeto moral, pues para ser quien debe ser debe obrar una muy determinada forma de vida ética.

Así, el deber del hombre es descubrirse a sí mismo a través de la propia interrogación, pues depende enteramente de que alcanza ser quien debe ser, de lo contrario, bien expresa Ortega y Gasset, se queda sin ser con el peligro, moral y metafísico, de desvivirse: “reconoce, pues, hombre soberbio, qué paradoja eres para ti mismo. Humíllate, razón impotente; calla, naturaleza imbécil. Aprende que el hombre supera infinitamente al hombre y escucha de tu maestro tu verdadera condición, que ignoras. ¡Escucha a Dios!” (Blaise Pascal, “Pensées”, 434). El hombre no es sólo una naturaleza biológica, decimos, sino que se eleva a un nivel superior. No basta una observación empírica para saber qué y quién es. El hombre es un universo inmenso e inagotable que, paradójicamente, se encuentra entre el ser y el no-ser – este no-ser no es en sentido real, sino que es una forma de hablar que refiere que quien no se conoce puede no llegar a ser quien debe ser –.

 

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