¿Vamos a superar el nihilismo (Parte III)?

Publicado: 20 diciembre, 2013 en Pensamiento

Disminuye el número de personas que afirman creer en Dios. Sin embargo, para explicar este hecho deberíamos, quizá, atender también a los valores, a la verdad en definitiva, a la que se atienden las personas creyentes. Es posible que descubramos que una completa o parcial desvalorización del mensaje evangélico, un testimonio en ocasiones deshumanizado y una actitud hipócrita sean motivos reales que invalidan la posibilidad de que otras personas se experimenten atraídas por el cristianismo, un modelo de vida ejemplar que por sí mismo responde a las cuestiones fundamentales del hombre.

Esta interpretación no resulta del todo descabellada, pues si bien se reduce el número de personas que profesan una determinada religión institucionalizada aumenta vertiginosamente la espiritualidad de las mismas. Esto último se debe a que la ciencia y el conocimiento de la realidad física no logran una explicación última de la profundidad del ser humano, lo que muestra, una vez más, el carácter trascendente del hombre. Así, es muy posible que una vida cristiana imperfecta por parte de los fieles sea el motivo real de que otros no quieran o no se sientan atraídos por la religión. Muchas veces los cristianos permanecemos en nuestro gueto y en otras, cuando nos decidimos a evangelizar, ofrecemos un testimonio que juzga inquisidor la vida moral ajena: así, nos mostramos más pendientes de lo que hacen los demás, “que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable” (Rubin y Ambrogetti, “El jesuita. Conversaciones con el Cardenal Jorge Bergoglio, sj.”), que de aproximarnos a ellos con amor.

Los cristianos, por paradójico que resulte, somos bastante responsables o tenemos bastante que ver con el nihilismo y el vacío de sentido de la sociedad. Hace tiempo que digo que si el cristianismo, aquejado muchas veces de hermanarse con el poder, otras por la incoherencia y tantas veces por la fe de sentimiento, se encierra en sí mismo corre el serio peligro de apartarse del mundo; si obstruye en exceso sus puertas puede que pronto se encuentre, en su involución, con que no hay casi nadie dentro. Si el hombre quiere ser feliz, si lo que echa de menos es Dios (Feuerbach, “La esencia del cristianismo”), si la religación con Él es lo que resuelve la cuestión del sentido (Viktor Frankl, “La presencia ignorada de Dios”), qué mejor y más atractivo que difundir el cristianismo para ofrecer la luz necesaria para vislumbrar el sentido del ser del hombre y de su existencia.

En una sociedad que postula que nada es verdadero y que no hay sentido trascendente en el hombre el cristiano no puede permitirse el acomodamiento burgués ni el recluir la fe ni el vivirla sin esa exigencia, fruto del amor y del conocimiento, que la libera de la deformación que conduce a esa no siempre falsa y erróneamente denunciada doble moral. Los cristianos hemos de estar impulsados por la fe en Dios y obrar con amor y sentido moral en el seno de la sociedad entendiendo que nuestra acción se encauza en la historia de la salvación. No obstante, este sentido moral que debe reflejarse en la vivencia de las virtudes, sobre todo las teologales, no puede confundirse ni reemplazarse por el manido y nefasto moralismo propio de la fe estrictamente estética y dogmática del fariseo.

Ante la crisis de sentido, embelesados por lo fútil sin penetrar en el logos de la verdad que puede conducirnos hacia el camino del propósito en el que la praxis nos descubre el sentido de la vida en que se realiza nuestra existencia, existe la necesidad de cristianos coherentes y virtuosos que ejemplifiquen con su testimonio la búsqueda de la verdad y del bien con ese amor que nos demuestra el verdadero rostro del hombre y que nos sustrae del aislamiento. Sólo así podremos pretender los valores básicos de la humanidad como son los derechos humanos y una ética sociopolítica dotados de orientación y sentido, cimentados sobre la certeza única sobre la que pueden alzarse todas las demás certezas, entre ellas la dignidad y la trascendencia de la persona, hoy menospreciada y convertida en objeto e instrumento de vanos intereses y asemejada en no pocas ocasiones a la máquina.

El cristiano debe ser virtuoso y al mismo tiempo intelectual para proclamar con fuerza e inteligencia, y obviamente con sincero amor, una filosofía de la trascendencia. Debe ser un hombre que no sirva a ningún otro interés que a la doctrina de Aquel que anuncia que es el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6) y sobre el cual se asienta nuestro vivir, nuestro obrar y nuestro saber y, sobre todo, nuestra auténtica altura y perfección, que nada tiene que ver con la visión inestable y subjetivamente errónea del nihilista. El hombre es el ser que va en busca de la verdad y el sentido lo quiera o no, y el cristiano no puede olvidarlo, pues donde existe la esperanza por esa verdad y ese sentido hay verdadera religión, lo contrario, un deshumanismo.

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