¿Vamos a superar el nihilismo (Parte I)?

Publicado: 28 noviembre, 2013 en Pensamiento

Los cristianos reciben una revelación divina que configura su visión del cosmos. Dios crea el mundo y lo gobierna, pero con la peculiaridad de que la creación es obra directa y propia de Dios, mientras que para el gobierno los hombres cooperan con Él, el cual se sirve de ellos a modo de instrumento para realizar su designio sobre el mundo en el orden de la salvación humana. Ésta es su fe y se encuentra en la cima de su percepción de la vida, la cual carece de sentido sin Dios.

Es legítimo que se interprete esta fe en el marco del principal problema del hombre, la incertidumbre de la razón y, sobre todo, la inseguridad de la existencia humana. Dado por evidente que por naturaleza queremos la verdad, cómo podemos estar seguros no sólo de Dios, sino del sentido de la existencia misma. Por experiencia sabemos que hay hombres, y no pocos, que no creen en Dios, y estos a pesar de que no consideran la vida dotada de sentido sí encuentran significativa su existencia. Por tanto, antes de adentrarnos en la cuestión de Dios, parece razonable que afirmemos que tanto creyentes como no creyentes sólo pueden sostener su cosmovisión partiendo de la fe en el saber en el que fundamentan su existencia y respecto del cual no tienen dudas en afirmar que es la verdad.

Descartes se propuso alcanzar la verdad a través de lo que pudiera conocer clara y distintamente. Sin embargo, tuvo que convencerse que por la sola razón el hombre no obtiene esa base firme sobre la que puede alzar todas las certezas, tampoco la fe cristiana. Siglos después, otro gigante intelectual, Wittgenstein, se pregunta cuál es la prueba a favor de que sabemos algo. “Evidentemente, no ha de ser el hecho de que yo diga que lo sé. Puesto que, cuando un autor enumera todo lo que ‘sabe’, con ello no prueba nada en absoluto. No es posible probar que se puede saber algo sobre los objetos físicos por medio de las observaciones de quienes creen saberlo. Pues, ¿qué contestaríamos a quien dijera: “creo que sólo te figuras que lo sabes”? Cuando me pregunto: “¿sé o sólo creo que me llamo…?”, no sirve de nada que mire en mi interior. Pero podría decir: no sólo no tengo la más mínima duda de que me llamó así, sino que, si surgiera alguna duda, no podría estar seguro de ningún juicio. ¿Se trata pues, de que, incluso para poder hacer juicios, he de reconocer ciertas autoridades? Si alguien quisiera suscitar en mí constantemente la duda y dijera: en este punto, te engaña tu memoria, allá te has confundido, allí tampoco has obtenido las pruebas suficientes, etc., y yo no me dejara afectar y mantuviera mi certeza – en ese caso, mi actitud no podría ser incorrecta, aunque sólo fuera por el hecho de que es ella misma la que define el juego. Lo que resulta extraño es que, por más que encuentro perfectamente correcto que alguien rechace con la expresión “¡sin sentido!” el intento de confundirlo con dudas sobre los fundamentos, sin embargo considero incorrecto que trate de defenderse utilizando, por ejemplo, la palabra ‘sé’. Cuando se sabe alguna cosa, es siempre por gracia de la Naturaleza. “Si mi memoria me engaña en este punto, puede engañarme en cualquier otro”. ¿En qué puedo confiar? Lo que en realidad quiero decir es que un juego de lenguaje sólo es posible si se confía en algo (no he dicho ‘si se puede confiar en algo’)” (Ludwig Wittgenstein, “Sobre la certeza”, 487-509).

Así, la fe, la creencia, parece que se encuentra en la base de todo conocimiento por parte del hombre. No obstante, y Nietzsche es un ejemplo, algunos persisten en la duda radical y el problema gnoseológico que plantea la inseguridad respecto del conocimiento de la verdad. ¡Más evidencia! Ésta es la perenne necesidad del hombre, ¿pero no se torna tiránica cuando se da por supuesta la racionalidad de la razón? ¿No es preciso, en algún momento, sostener que “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario”? Pues, quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (Blaise Pascal, Pensées, 268).

Si pensamos que la vida no tiene sentido, si lo único que importa y cuenta es lo que hacemos aquí en este mundo y conseguir lo que queremos, y esto es lo que hace significativa la vida como expresa el Doctor House, ¿no debemos afirmar, también, que toda acción se orienta a un fin en el que se alcanza el sentido de toda la existencia humana? Desde luego el problema de la verdad no desaparece jamás, pues parece que “es ley fundamental del destino humano encontrar lo decisivo de su existencia en la perpetua rivalidad entre la duda y la fe, entre la impugnación y la certidumbre” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”).  Así, ¿sobre la cuestión de la verdad no es preciso, quizá, y razonable la superación de todo nihilismo?

¿Qué clase de vida que sea significativa podemos llevar? Lo más sensato es que sea una que nos exhorte siempre a conocernos a nosotros mismos lo mejor posible para que así adquiramos una comprensión última de la existencia gracias a la cual se alcanza el modo auténtico de vida que corresponde a la persona, la iluminada por la verdad y no por el perpetuo signo de interrogación? En “Apología” Sócrates nos dice que “una vida sin examen no vale la pena ser vivida”. ¿No es de sentido común que sin análisis, sin el deseo de comprender la realidad, sin el amor por conocer la verdad de nuestras preguntas (Bertrand Russell, “Los problemas de la filosofía”) no experimentamos más que la vivencia de la nada del ser?

La duda no puede ser perpetua para alcanzar una vida significativa, pues si falta el fin faltará siempre la respuesta a la pregunta quién soy y para qué estoy en este mundo y la propia vida será un quehacer suspendido. No nos queda otra elección que la tendencia intrínseca hacia el imperativo de autenticidad: ser quienes debemos ser. No podemos ser vacilantes si queremos pisar sobre el suelo firme que tiende ante nosotros el horizonte donde resplandece la verdad en sí y nuestro destino personal, una vida plena bañada por la razón. Y no hay vida razonable que no esté cincelada por el amor de la verdad.

comentarios
  1. Pablo F. dice:

    La verdad del ser es la única ontología posible, la única ciencia adecuada.

  2. Saludos Pablo, gracias por comentar. Interesante apunte, para pensar. Un saludo.

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