El bien consiste en parecerse a Dios

Publicado: 31 octubre, 2013 en Metafísica, Religión, Tomás de Aquino

La vida practica del hombre, por experiencia, se traza en el ejercicio del bien. Lo bueno y valioso por sí mismo es la demanda de la naturaleza ontológica de la persona. Por tanto, el bien deviene un ‘deber’ en la medida en la que una voluntad racional percibe dicha demanda que, transformándola en acción, – cumplimiento de tal bien – le permite alcanzar la plenitud. El bien, en consecuencia, no es fruto de un deseo desordenado hacia los bienes materiales ni de una arbitraria y opinable elección, sino que pertenece a la realidad misma del ser.

Ya que el bien pertenece a la realidad misma del ser, el bien perfecto del hombre es la bienaventuranza, que responde al deseo natural de felicidad y expresa la vocación real de la persona a la posesión del bien: “¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti” (San Agustín, “Confesiones”). Sabemos que Dios es el bien sumo no por superstición, sino porque el ser en sí y el bien en sí son en realidad lo mismo y “sólo se diferencian con distinción de razón” (Tomás de Aquino, c.1 a.1). Si lo perfecto lo es en cuanto está en acto, algo es bueno en cuanto es ser. Así, pues, el bien mayor será el ser en sí, que es Dios. Y como el bien es lo que todos apetecen en cuanto es perfecto, Dios, que es el ser más perfecto, es lo máximo apetecible: “Nadie en esta vida puede ver colmados sus deseos, ni ninguna cosa creada sacia el deseo del hombre; pues sólo Dios sacia y lo excede infinitamente y, por ello, el hombre no descansa sino en Dios” (San Agustín, “Confesiones”).

De regreso a la experiencia constatamos que el bien, si bien es lo último que poseemos, es lo primero en razón de causa final: la acción de todas las cosas que llegan a ser y son tiende a un fin y opera en todo momento tras la elección de los medios en vistas al bien. Decimos que el bien es el fin tanto de las cosas que llegan a ser como de las que son porque “el bien es anterior al ser, como el fin lo es a la forma” (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, c.5 a.2). Por tanto, “el bien es aplicable a lo existente y a lo no existente, no como predicado, sino como causalidad” (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, c.5 a.2). Además de tener razón de causa final, el bien presupone la causalidad eficiente en tanto que atrayendo al ser del ente mueve a éste a ponerse en camino hacia la obtención de lo que apetece identificándose con él – causa formal –.

Decimos que el bien atrae, es decir, es difusivo y, en consecuencia, la voluntad mira al bien que se percibe como lo querido en razón de fin. Por otro lado, es evidente que el ser del hombre se encuentra orientado antes al bien general – Dios – que a los bienes particulares – que son los medios, que orientados al fin, permiten su posesión -. Por esta razón, con dependencia de la elección de los medios, experimentamos gozo – cuando la acción se convierte en un bien – o frustración – cuando la acción se convierte en un bien aparente (mal) -. Así, el gozo es la brújula que permite el conocimiento del bien particular y por el que la esperanza persiste en la búsqueda del bien aún no logrado, Dios, que es la finalidad misma como fundamento ontológico del ser y lo absolutamente mejor en cuanto que “en todo fin el ser se pronuncia a favor de sí y en contra de la nada” (Hans Jonas, “El principio de responsabilidad”), que ata a la vivencia de la nada del ser, a la frustración del bien aparente.

El sí al bien es el ‘deber’ del sí ontológico para el hombre, pues decimos que el bien pertenece a la realidad misma del ser, a su esencia. Por tanto, la búsqueda y la posesión del bien supremo no puede ser menos que una necesidad intrínseca en la libertad de la persona, pues el hombre es consciente de que su acción sólo puede ser puesta frente al bien como razón de fin para ser quien debe ser, de lo contrario, atentando contra el imperativo de autenticidad ontológica, se queda sin ser su auténtico ser. Esto es así porque después del bien de Dios, que es fin para la voluntad y la inteligencia del hombre, el bien principal existente en él es su propia perfección, y éste no se da sino en su fin, que es Dios: “lo que sobre todo se propone Dios en las criaturas es el bien, que consiste en parecerse a Dios” (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, c.50 a.1). Y como el bien de Dios, decimos, es difusivo, “la voluntad tiende naturalmente al bien. Por eso, la esencia y la voluntad solamente se identifican donde la esencia del ser que quiere contiene todo el bien, esto es, en Dios” (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, c.59 a.2).  

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