La felicidad es la difusión del bien divino

Publicado: 24 octubre, 2013 en Religión

La aproximación al fenómeno religioso es imprescindible para toda antropología que se proponga con rigurosidad dar razón de la humanidad del hombre, en cuanto que no existe nadie sin una necesidad religiosa mediante la que se orienta hacia su fin. En efecto, “el hombre puede adorar animales, árboles, ídolos de oro o de piedra, un dios invisible, un hombre santo o diabólicos caudillos; puede venerar a sus antepasados, su nación, su clase o partido, el dinero o el éxito; su religión puede conducir al desarrollo de la destrucción o al amor, de la dominación o la fraternidad; puede adelantar su capacidad de razón o paralizarla; puede darse cuenta de que su sistema es un sistema religioso, distinto de los del reino secular, o puede pensar que no tiene religión e interpretar su devoción a ciertos fines seculares como el poder, el dinero o el éxito, como un interés por lo práctico y conveniente” (Erich Fromm, “Psicoanálisis y religión”).

La pretensión de una sociedad neutra desde el punto de vista cosmológico e ideológico es imposible e inviable. Así, no debemos plantearnos el destierro de la religión de la esfera pública, sino qué clase de religión debe reconocer la sociedad como contribuyente directa al desarrollo pleno de las facultades específicas del ser humano, más cuando asistimos a una época muy religiosa, si bien la vida de dicha espiritualidad no se manifiesta en el seno de una institución religiosa, pienso en la Iglesia Católica. En consecuencia, si se quiere alzar una verdadera antropología no debería obviarse el estudio de los fenómenos religiosos en cuanto que explican de modo perfecto el comportamiento del hombre y constituyen el pilar principal en el que se desarrolla toda cultura humana.

También es importante para aquella persona que desea afirmarse en su anticlericalismo, que éste no sea fruto del analfabetismo del fenómeno religioso, sino de una disposición crítica, pues es muy probable que en su concluyente ateísmo de una religión de orden eclesiástica y en su afán de laicidad abrace inconscientemente el culto o bien a un ídolo de oro o bien a diabólicos caudillos – ideologías – como bien señala Fromm. Al mismo tiempo, no puede obviarse, al menos en occidente, la impronta del cristianismo en la conformación del modo de pensar y de actuar del hombre, si bien en no pocas ocasiones algunos en nombre de Dios obraron, obran y obrarán el mal moral.

El hombre, ya sea en la cultura más primitiva o en la más avanzada, nunca deja de preguntarse por sí mismo, de percibirse en el mundo y de buscar una comprensión última que de razón de su existencia. La religión, en sentido estricto, es lo opuesto a la superstición y la magia en cuanto implica la religación de la persona humana con la persona divina – relación causal y eficiente que Dios tiene con las criaturas –. Esta relación permite al hombre no sólo descubrir la razón de su fin último, sino también la guía indispensable para su apertura y acción en la realidad objetiva, que no depende nunca de la coyuntura histórica ni de ninguna interpretación “científica”. En este sentido, el hombre del siglo XXI desmonta la idea de Comte y Frazer de que la humanidad progresaría a través de tres estadios: la magia, la religión y, finalmente, la ciencia, en la que se alcanzaría el modo auténtico de vida que corresponde a la persona. Sin embargo, este último estadio se descubre que no alcanza a ser el horizonte más omnicomprensivo de la existencia del hombre.

La “ideología evolucionista” – y toda interpretación científica – está muerta porque su explicación es definitiva y no ofrece una experiencia de sentido de la totalidad del ser del hombre y de la realidad. En cambio, la religión es una realidad viva porque, precisamente, no es un sistema explicativo cerrado que confía en un estadio futuro determinado de la historia para su materialización. La religión proporciona a la persona la posibilidad, mediante el ejercicio de su libertad, del descubrimiento del sentido de su ser y de la realidad en el marco de una explicación que nunca es definitiva, sino experimental: “es ley fundamental del destino humano encontrar lo decisivo de su existencia en la perpetua rivalidad entre la duda y la fe, entre la impugnación y la certidumbre” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”).

Es innegable que por nuestra actitud “científica” de encarar la realidad total nos situamos en la perspectiva de lo visible, de lo que podemos experimentar y controlar. Así, preguntarnos por la esencia del ser parece una empresa inalcanzable. No obstante, el auge de la espiritualidad constata que el hombre jamás puede olvidarse de sí mismo, que quién soy y adónde voy devienen cuestiones que siempre se encuentran presentes y que su respuesta es un imperativo de autenticidad que libera del desencanto por el mundo, que es el fruto de esa visión subjetiva atada al relativismo y al escepticismo que parece acomodarse con perfección en la vivencia de la nada del ser.

Es obvio que el ser, la causa última y eficiente, no es objeto al alcance de la investigación científica. Sin embargo, nuestra existencia, que no es necesaria, exige algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás entes, y este es Dios (Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, c.2 a. 3), por quien todas las cosas son dirigidas a su fin intrínseco en cuanto que contiene toda la perfección del ser. Esto parece inconmensurable para el conocimiento del hombre, pero lejos está de ser un abismo metafísico gracias a la revelación. Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, nos muestra y nos explica a Dios, nos sitúa frente a la realidad: en el encuentro real y experiencial con Dios el hombre descubre su determinación a Él: “cuanto más existe una cosa, tanto más es necesaria en ella la presencia de Dios, según el modo propio de ser. Además, el ser es lo más íntimo de una cosa, lo que más la penetra, ya que es lo formal de todo lo que hay en la realidad. Por todo lo cual se concluye que Dios está en todas las cosas íntimamente” (Tomás de Aquino, “Suma teológica”, I, c.8, a.1).

La respuesta del encuentro gratuito con Dios, cuya iniciativa siempre parte de Él, depende siempre de la decisión libre de la persona. No obstante, “como quiera que la suprema felicidad del hombre consiste en la más sublime de sus operaciones, que es la intelectual, si el entendimiento creado no puede ver nunca la esencia divina, o nunca consiguiera la felicidad, o ésta se encuentra en algo que no es Dios, esto es contrario a la fe. Pues la felicidad última de la criatura racional está en lo que es principio de su ser, ya que algo es tanto más perfecto cuanto más unido está a su principio. Además es contrario a la razón. Porque cuando el hombre ve un efecto, experimenta el deseo natural de ver la causa. Es precisamente de ahí de donde brota la admiración. Así, pues, si el entendimiento de la criatura racional no llegase a alcanzar la causa primera de las cosas, su deseo natural quedaría defraudado. Por tanto, hay que admitir absolutamente que los bienaventurados ven la esencia de Dios” (Tomás de Aquino, “Suma teológica”, I, c.12, a.1).

La religión, el cristianismo, precisamente, es la experiencia viva con Dios, que constituye lo más genuino, original y excelso de mi naturaleza humana, en cuanto conozco la relación existente entre Él y yo, que es de causa; y la diferencia existente en cuanto que Él no es nada de lo que es creado por Él porque lo supera todo. También decimos que “todos los hombres desean por naturaleza saber” y que “la llamada sabiduría versa, en opinión de todos, sobre las primeras causas y sobre los principios” (Aristóteles, “Metafísica”). En efecto, el Estagirita está en lo cierto, y la fe es la orientación necesaria, pues sin ella no podríamos orientarnos hacia tal fin. Comprendemos, y si no lo comprendemos estamos perdidos, que sólo podemos orientarnos hacia el fin último con la ayuda de la inteligencia que nos conduce a él, pues sólo ella ve con perfecta providencia, y ésta es la razón de orden al fin propiamente. La felicidad, fin último, es efecto, siempre, de la difusión del bien divino: Dios obra, con el amor con el que ama las cosas por Él creadas, por la comunicación del fin del hombre, que no es fortuito, sino necesario en cuanto que participamos del ser de Dios.

La fe, por tanto, no es superstición ni magia, sino la confianza razonada en la inteligencia que nos sostiene y conduce durante la existencia hacia nuestro fin: “significa decir sí a la inteligencia que nosotros no podemos hacer, pero sí recibir” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”). Es un sí a la verdad, que es el fundamento sobre el que se sustenta el ser del hombre. Decir no a Dios supone separarse de la inteligencia, del fundamento y de la verdad para anclarse en la vivencia de la nada del ser.

 

comentarios
  1. Por supuesto, Joan, que la antropología se encarga del estudio de las religiones, el problema es que lo hace con más rigurosidad de la que a los creyentes les gustaría. Quizá la mejor oportunidad de estudiar una religión que ha existido la tuvo Marvin Harris con los “Cultos Cargo” ya que surgió tras la “Segunda Guerra Mundial” y en los estudios de Harris se puede ver como, a partir de hechos mal comprendidos, se va creando una estructura mítica que finalmente conforma una religión y que sus “sacerdotes” se niegan a admitir la realidad incluso ante la evidencia incontrastable de que están equivocados.

    En cuanto a la “ideología evolucionista”, no entiendo que quiere decir, hasta donde yo se, la evolución es una teoría científica que como todas las teorías científicas intenta explicar las causas de un hecho constatado (la evolución en este caso) y dichas explicaciones son tan ajustadas a la realidad (es decir tan susceptibles de hacer predicciones fiables) que existen experimentos considerados ya como “clásicos”. Por otra parte la observación de campo, como no podía ser de otra manera, aporta aún más solidez de la teoría ya que los hechos también se han mostrado completamente ajustados a ella.

    Y, por último, con respecto a la Iglesia Católica, no me parece una institución deseable para nuestra sociedad dado que durante mas de mil quinientos años en los que tuvo poder suficiente para influir de forma significativa (habitualmente de forma incontestable) en la sociedad europea los resultados fueron asesinatos, persecuciones, cruzadas e inquisiciones varias; desde luego, por más que defienda el derecho de cada persona en creer lo que mejor le parezca, no me parecería muy halagüeño un futuro en el que una institución como esta volviera a tener el poder suficiente como para reincidir en esas actividades entre otras cosas porque esto vulneraría precisamente ese derecho a la libertad de pensamiento a la que tan reacia se ha mostrado siempre esa institución.

  2. Saludos Malourdese, gracias por comentar. Un saludo desde Chile.

  3. Saludos Cayetano.

    ¿De qué creyentes hablas?, ¿ateos?, ¿teístas?… ¿Qué rigurosidad es esa?

    ¿La evolución es un hecho constatado? Si es así, dame ejemplos concretos y constatados. La evolución, más bien el darwinismo y todas sus actualizaciones no son propiamente una teoría científica, no ha sido falseada, más bien, pienso, es una cosmovisiónde corte materialista, pero puedes sacarme del error.

    Gracias por comentar.

  4. Encantado, Joan, le daré una receta clásica: Se cogen unos gusanitos (Caenorhabditis elegans). Congelamos la mitad (no les pasa nada) y la otra mitad los aderezamos con una bacteria parásita (Serratia marcescens) los dejamos que se reproduzcan juntos durante unas cuantas generaciones (cuantas más generaciones más espectacular será el resultado final); los gusanitos sobreviven con soltura a pesar de los parásitos. Pues bien, descongelamos los gusanitos que habíamos reservado y los ponemos a convivir con las nuevas bacterias de nuestro cultivo; el resultado es una absoluta masacre de gusanitos. Pues bien, cuantas veces repitamos esto obtendremos el mismo resultado. simple y al alcance de cualquier laboratorio.

    Ya supondrá que Francisco Ayala no hablaba en balde cuando decía que “No hay ningún agujero en la teoría de la evolución. Está más comprobada que la teoría heliocéntrica”

  5. Saludos Cayetano, ¿así tengo que esperar unas cuántas generaciones para poder constatar lo que me dices? Espero vivir ese tiempo para poder corroborarlo. Parece ser que hablar de la evolución de las especies a nivel científico es imposible en el sentido de que nada de lo que se dice acerca de la cuestión puede demostrarse. Es decir, todas las afirmaciones no son más que conjeturas abrigadas por la condicionalidad. No existe prueba empírica alguna que dé razón de la evolución de las especies porque nadie ha podido experimentar que una especie mute y se convierta en otra. Por muchos experimentos que se realicen en el laboratorio ninguno, jamás, podrá decir nada al respecto del origen de la vida.

    Gracias por comentar.

  6. Bueno, Joan, teniendo en cuenta que se produce una nueva generación de “caenorhabditis elegans” cada 3 días, esperar unas cuantas generaciones, no parece un tiempo excesivo.

    En cuanto a la formación de nuevas especies, por supuesto que se ha observado la creación de nuevas especies tanto en laboratorio como en la naturaleza: por ejemplo Diane Dodd (1989) consiguió crear una nueva especie a partir de dos grupos de drosophila pseudoobscura mantenidas separadas hasta que llegó el momento en que no podían mantener descendencia cruzada entre ellos y el mismo proceso se ha observado en la culex pipiens que tomó como hábitat el metro de Londres hasta que se formó una nueva especie culex molestus que no podía hibridar con la primera (Byrne, K. & Nichols, R. 1999); ejemplos no faltan …

    En cuanto al “origen de la vida” yo no he dicho nada hasta ahora sobre este asunto pero, en cualquier caso, explicaciones plausibles hay suficientes como para que algunas lineas de investigación parezcan muy prometedoras aunque, desde luego, renunciar a investigarlo no parece el mejor camino para encontrar la explicación y siempre prefiero una explicación incompleta fundamentada en la realidad a otra mítica incontrastable basada en la imaginación. Puede que usted persista honestamente en la apelación al “ignorabimus” pero la historia de la ciencia ha demostrado que somos perfectamente capaces de alcanzar conocimientos que sólo una generación antes parecían inalcanzables por lo que puedo admitir el “ignoramus” pero no admito límites a lo que puede llegar a ser conocido de forma cierta y contrastada siempre que forme parte de la realidad.

  7. Saludos Cayetano, gracias por desvelarme este dato que ignoraba de las lombrices.

  8. Encantado de haberlo aclarado, Joan. En cuanto a las ideas de Sandin, si le interesa, aqui puede leer una entrevista muy interesante en la que aclara algunas de sus “diferencias” con la actual “Teoría Sintética” comúnmente aceptada http://lacienciaysusdemonios.com/2010/09/15/“los-virus-no-son-patogenos-por-definicion” No cabe duda que tiene mucho que demostrar para que los cambios que propone en la teoría sean aceptados pero Margulis lo hizo recientemente y sus descubrimientos fueron bien recibidos e incluidos como correcciones a la teoría, esto no es un problema para la ciencia, bienvenidas sean las discrepancias. Ya lo decía Popper:

    “Sostengo que la ortodoxia es la muerte del conocimiento, pues el aumento del conocimiento depende por entero de la existencia del desacuerdo” [Karl Popper “El mito del marco común. En defensa de la ciencia y la racionalidad”: “El mito del marco” (basado en un artículo redactado en 1965) pg. 56]

  9. Saludos Cayetano, gracias por la aportación al tema, se agradece. Un saludo, como siempre, gracias.

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