Soy feliz sin religión (Parte II)

Publicado: 4 octubre, 2013 en Pensamiento

transexualEl estudio de la antropología humana permite distinguir la intrínseca necesidad de un sistema universal de orientación. El hombre, el único de los seres vivos que, si bien se encuentra sujeto a las leyes físicas, es capaz de trascenderlas, es un ser lanzado en el mundo (Heidegger) que sale de él por la razón al tener conciencia de sí (Fromm), y dislumbra su propio fin: la muerte. Por la razón percibe que no le es impuesta su forma de vida como le es dada e impuesta al resto de los vivientes, sino que se halla en la tarea de solucionarla en todo instante a través de la libertad: está íntimamente requerido a elegir lo mejor, lo que debe ser según su ontológica naturaleza, que no es objeto de su elección, si los medios que conducen a tal fin.

El hombre es el único viviente que no puede limitarse a reproducir la vida de la especie, sino que se encuentra ante el imperativo de tener que vivir su existencia concreta y particular a través de las elecciones, acertadas o no, para conducirse a su fin, que es la propia realización. Así, es el único ser que puede ser feliz o desdichado por el uso que haga de la inteligencia y de la voluntad en la acción libre. Por este motivo comentamos en la entrada anterior que el cómo vivir es una pregunta trascendental. La existencia del hombre es un problema a resolver del que no puede escapar y cuyo acierto depende en gran medida de la capacidad de conocimiento que posea de sí mismo. Quien no se conoce, quien no es dueño de sí mismo (libre constitutivamente), puede llegar a percibir en el ser del animal admirable (Giovanni Pico della Mirandola) la errónea imagen de la monstruosidad y, en un acto de demencia, reclamar la muerte asistida.

Para conocerse a sí mismo el hombre se abre de modo irrestricto a todo lo real, apertura que se deriva de la infinitud de su pensamiento y de su voluntad. Sin embargo, la libertad humana es limitada: del mismo modo que no se da el ser a sí mismo tampoco es dueño de su finalidad. De todos los fines que puede libremente escoger hay uno, decíamos, que no es objeto de su elección: el fin último o felicidad, pues éste es una necesidad intrínseca de su naturaleza ontológica. El hombre está condenado a ser libre, dice con acierto Sartre en “El ser y la nada”, está condenado a ser feliz, pero tal fin depende enteramente del uso de su libertad, de la tarea de realizarse a sí mismo en el obrar a partir de la naturaleza humana que ha recibido (Viktor Frankl) rindiendo cuentas de sí mismo. Así, atormetado por un deseo de absoluto (Fromm), en el ejercicio de su realización puede encontrarse en el camino de la plenitud o bien en el del padecimiento existencial, que es la separación en el obrar de la naturaleza de su ser, de sí mismo y de los demás humanos.

La vida del hombre sobrecoge por su inefable carácter de misterio, por es esta falta de solución que exhorta a realizarla. Al mismo tiempo maravilla e inquieta por la falta, tangible, de clarividencia. De aquí, el intrínseco afán por descifrar el misterio de una realidad que eboca esencialmente el deseo natural por el sentido, un sentido objetivo que es la certeza sobre la que se edifica la naturaleza ontológica de la persona y en la que se desarrolla, en la praxis, la existencia. Llegados a este estado, es imperiosa la respuesta practica y no sólo intelectual al por qué del ser y al por qué de la existencia si el hombre no quiere cesar de ser hombre.

Decíamos que  la cuestión del significado de la vida es problemática en cuanto existe la tendencia a establecer ideas que no están en la vida misma, sino en la visión que tiene la persona sobre la realidad. Sin embargo, el cristianismo aparece para el hombre como una útil guía, Cristo, que es el modelo de hombre para el hombre, muestra la comprensión de la realidad y la praxis existencial que el ser humano, libremente y sin coacción, puede escoger para alcanzar su propio fin. Cristo ilumina y orienta la existencia libre y racional de la persona invitándola a pensar, a comprender el mundo y a sí misma. No obstante, ya que para la sola razón del hombre la existencia escapa de su domino intelectual y operativo , “el último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan” (Pascal, “Pensées”, 267). En cuanto ser mortal el hombre jamás tendrá un conocimiento absoluto de su existencia – de lo contrario sería infalible y ya no sería el hombre (ser participado), sino el ser en sí (Dios) –, por tanto “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (Blaise Pascal, Pensées, 268).

La vida, encrucijada de caminos, no es nada fácil. Sin embargo tenemos uno de bien iluminado mediante el recorrido del cual se nos ofrece la posibilidad de llegar a la plenitud. Recorrerlo o no es decisión de nuestra libertad y de nuestra razón; libertad y razón que pueden llevarnos a tal fin o, por el contrario, como en el caso de la señora Verhelst, a decidir morir después de no encontrarse consigo misma en su deseo de “cambiar” de sexo. El deseo de absoluto del que habla Fromm surge de la realidad metafísica por la que la inteligencia se abre a las preguntas capitales de la existencia que conducen al reconocimiento del Ser trascendente, que ofrece la auténtica comprensión del hombre más allá de lo meramente pragmático: la existencia no es una broma, pues nos jugamos todo en ello: ser verdaderamente quien tenemos que ser en la continua experiencia de tener que ser (Ortega y Gasset).

El hombre es un zoon logon ekhon que se abre a la verdad y se realiza en la verdad. Que nadie lo dude, pues es en ella y sólo en ella en la que se logra la plenitud de vida. Por esta razón, concluiremos, es importante que la persona posea, mediante la reflexión, conocimiento de sí misma para desarrollar en el obrar su naturaleza humana eludiendo todo posible escepticismo. La persona no posee absoluta verdad sobre su ser ni sobre su existencia, pero es un sujeto que busca (Aristóteles, “Metafísica”) inncesantemente para llevarse a cabo de un muy determinado modo en sus sucesivas y libres decisiones expresándose a sí mismo a la luz de una verdad que es absoluta y objetiva: el ser en sí, fundamento de toda la realidad. De lo contrario,cuando no se percibe esta trascendencia encarnada en Cristo la existencia puede experimentarse como un peso tremendo de dolor sin significado que conduce a la renuncia absoluta por ausencia de horizonte (Nietzsche), que en sí es la indigencia de la vivencia de la nada del ser (Kierkegaard).

No lo olvidemos, no es la razón del hombre la que condiciona al ser, sino que es el ser en sí quien despierta en la razón del hombre el imperativo de autencidad: ser quien debemos ser. La razón no es autónoma de la verdad del ser, sino que el hombre tiene una razón de ser que se muestra de modo racional en la experiencia existencial. La existencia del hombre tiene que vivirse, pero no puede vivirse sin pensarse si realmente se pretende alcanzar su verdad última. Por tanto, en la medida en que vivimos debemos comprendernos para saber lo que somos y debemos ser: el hombre es el único ser para-el-Ser, es decir, es el ser que no se puede llevar a cabo sino es mediante la relación con Dios (Kierkegaard, “La enfermedad mortal”) si no quiere generar desequilibrio en su existencia: la desesperación o absurdo.

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