Soy feliz sin religión (Parte I)

Publicado: 1 octubre, 2013 en Pensamiento

 

La cuestión del significado de la vida es problemática en cuanto existe la tendencia a establecer ideas que no están en la vida misma, sino en la visión que tiene la persona sobre la realidad. No obstante, cómo vivir es una pregunta clave. El hecho fundamental de que el hombre es el propio actor de su existencia, que como ser racional es capaz de asumir, necesariamente, decisiones en vistas a su interés, que en última instancia es el despliegue en la praxis de su naturaleza ontológica que conduce a la plenitud, invitan a reconocer la necesidad de un determinado comportamiento para que alcance a ser aquello y sólo aquello que tiene que ser.

En “El hombre rebelde”, Albert Camus señala que el hombre no puede escapar a la pregunta sobre el sentido de la existencia. Toda persona, tarde o temprano, se plantea el por qué y el para qué de su existencia y, si no lo hace, si no se preocupa del porqué de la vida, si vive de un día para otro dejándose llevar por la coyuntura, estamos antes una existencia fracasada e indigna de ser la de un hombre. Para poder decir, como Wittgenstein, que tuvimos una vida maravillosa – y no en cuanto al tener sino en cuanto al ser –, es necesario que la actitud ante la realidad, que debe de ser una apertura irrestricta y carente de prejuicios, no margine la cuestión sobre el sentido.

Al respecto, hay quien sostiene la imposibilidad de alcanzar una respuesta adecuada sobre el sentido y que debemos conformarnos con soportar un vacío sin solución. Ésta es una posición escéptica sobre la razón del hombre y la realidad objetiva que, consciente o no, ofrece una respuesta: a falta de conocimiento sobre el sentido defendamos el sinsentido – o paralicemos mediante la duda la cuestión del sentido, que en sí supone lo mismo –. Pero la vida del hombre está lejos de identificarse con la de Sísifo. ¿El escepticismo es una postura anti-racional? Si la vida carece de un propósito fundamental por qué no podemos dejar de vivir preguntándonos sobre las cuestiones últimas.

La posición sobre el sinsentido viene constatada por una evidencia: el hombre es un ser mortal. No obstante, añade una conclusión de índole metafísica con un axioma que no se sabe de dónde procede: la mortalidad del alma y la no esperanza en una vida futura. Así, la felicidad, si existe, se da en esta vida presente. Dicho esto, ¿puede ser feliz el hombre sabiendo que es mortal y que no existe, supuestamente, una felicidad sobrenatural? Es obvio que puede criticarse la visión de aquellos cristianos que amparados en la recompensa de una vida futura tras la muerte viven la presente aceptando la infelicidad o no buscando la felicidad, ¿esta postura no sería, también, anti-racional? Dicho esto cabe una pregunta: ¿el hombre puede ser feliz en esta vida presente al margen de si la muerte es o no es una puerta de entrada a una vida futura? Algunos, que abanderan una especie de humanismo secular, sostienen una esperanza sin trascendencia por la que el hombre puede alcanzar una vida llena de sentido a través del amor hacia los hombres y de admiración por el mundo sin la necesidad de abrazar una cosmovisión teleológica. Desde luego, esta sería la actitud correcta ante la vida si pudiéramos constatar el argumento de la inexistencia del Ser en sí y de la vida después de la muerte. Pero no parece que sea el caso.

feliz2¿Podemos decir que el hombre puede ser feliz en esta vida ya crea o no en el más allá? Si no hay una vida futura, por qué vale la pena vivir. Si todo termina con la muerte, ¿el desarrollo de la existencia, al margen del amor a las personas y del mundo, aparece teñida por el sentido o por el absurdo?  No hay duda que mientras todo va bien uno se siente feliz – aunque esta felicidad no se experimenta por lo que uno es, sino más bien por lo que uno tiene –.  No obstante, si atendemos a la experiencia uno de los motivos principales por las que una persona se suicida descansa en el juicio de que la vida no merece ser vivida, y este no merecer no procede de una visión teleológica, sino más bien de la escéptica posición sazonada por el absurdo – pienso en Antoine Roquentin, protagonista de “Náusea” de Sartre que encarna esa pasión inútil que es el hombre sin trascendencia – de que todo finaliza con la muerte.

Se puede considerar que el hombre existe sin razón alguna; sin embargo, ¿podemos sostener que el absurdo es la cualidad primordial de nuestra existencia? (Sartre, “Náusea”). Si el absurdo deviene la propiedad ontológica fundamental de la existencia humana, que es la base radical sobre la que se edifica el ateísmo, ¿qué clase de felicidad es la que afirma alcanzar aquella persona que afirma que no cree en Dios, en cuanto su relación con el mundo y los demás hombres es movida por el absurdo como característica esencial? ¿No es cierto que, ante esta posición existencial, cuando todo deja de ir bien dejamos de experimentarnos felices y experimentamos la desesperación por falta de esperanza (Camus, “El mito de Sísifo”) – una ausencia de esperanza que se asienta en la falta de conocimiento sobre uno mismo –?

Por otro lado, es de capital importancia que ante la posible dificultad por descubrir el sentido no aboguemos por la postura escéptica, pues si admitimos que no hay posible conocimiento del sentido de la vida sostendremos, en consecuencia, la irracionalidad del mundo. Por el contrario, si admitimos que el mundo es racional cabe, aunque sea dificultosa, la posibilidad de descubrir el sentido de la existencia. La realidad, desde luego, trasciende nuestra inteligencia, pero esto no es motivo para amputar la razón y abrazar el absurdo como el estado propio de la lucidez del entendimiento. Incluso en las posiciones más contrarias a la trascendencia del hombre encontramos la necesaria e intrínseca respuesta al sí a la vida (Nietzsche) como escapatoria a ese absurdo en el que algunos han querido atar la naturaleza del hombre.

En la segunda entrada de este artículo descubriremos que la esperanza, al contrario del absurdo, que es la piedra fundamental sobre la que se asienta el ateísmo intelectual, es la virtud que permite al hombre la alegría de la vida presente y que sólo podemos ser felices en el sentido pleno del término en una vida religada a Dios.

comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Nada hay más cierto que la muerte, por esta razón debemos vivir la vida presente aceptándola felizmente y preparándonos para ello, pero no con temor, sino buscando a Cristo y seguirle a través del amor a los demás en el día a día, en el cumplimiento a conciencia de todas nuestras actividades: el trabajo, la sociedad, los amigos, la familia… la certeza de la muerte es el mejor testimonio de que estamos viviendo para, mediante la muerte, llegar a la plenitud definitiva que empieza a edificarse en la vida presente.

  2. Saludos Cristina, gracias por tu aportación. Coincido en lo que dices. Un saludo.

  3. La actitud ante la vida depende fundamentalmente del equilibrio de ciertas sustancias químicas en el cerebro. Ciertas actividades, determinados traumas, la reflexión, las lecturas, la dieta, y un montón de factores identificados o por identificar, pueden afectar positiva o negativamente a ese equilibrio. A día de hoy, es posible reestablecerlo o ayudar a que nuestro organismo lo reestablezca de un modo aceptable mediante ciertos medicamentos (p.ej., antidepresivos). No hay nada más que eso, que sea efectivamente relevante para nuestra actitud ante la vida. Es más, qué creencias vamos a tener y cómo vamos a interpretar lo que nos ocurre y lo que sabemos sobre el mundo, depende más de aspectos que no conocemos sobre la configuración neurológica y neuroquímica de nuestro cerebro, que de razonamientos reflexivos que creamos estar tomando de manera autónoma.
    La idea de nuestra existencia en un futuro eterno es tan quimérica y absurda como la idea de nuestra existencia en un pasado ilimitado antes de nuestro desarrollo embrionario, y es sólo la “necesidad de sentido” que nuestro cerebro crea en nosotros lo que explica la intensa preocupación de mucha gente por ese tema tan sin pies ni cabeza.

  4. Sigfrid dice:

    La infelicidad se encuentra en la persona contemporánea en un alto número, quizá superior a siglos pasados que, curiosamente, eran de mayor fe.

  5. Saludos Jesús. Gracias como siempre por comentar. Si fuese como dices, “el hombre más feliz habría de ser aquel al que se le mantuviese narcotizado durante un par de decenios, dejándole en un estado de euforia artificial a base de suministrarle sustancias estimulantes mediante hilos conectados al cerebro”, sin embargo la felicidad no es eso. No creo, ni tengo evidencia, de que la felicidad dependa del equilibrio de sustancias químicas en el cerebro, sino más bien de la integración de la vida en una totalidad, con los buenos y malos momentos, pues los buenos y malos momentos, ambos, edifican y forjan la vida realizada de la persona que es dueña de sí misma y que no tiende a ir de apetito en apetito, propio de aquel que sólo se experimenta feliz mientras perdura la satisfacción. Gracias por comentar.

  6. Saludos Sigfrid. Estaba leyendo algo que viene a cuento: “¿Qué puede hacer un hombre o una mujer, aquí y ahora, en medio de nuestra nostálgica sociedad, para alcanzar la felicidad? Mi intención es sugerir una cura para la infelicidad cotidiana normal que padecen casi todas las personas en los países civilizados, y que resulta aún más insoportable porque, no teniendo una causa externa obvia, parece ineludible. Creo que esta infelicidad se debe en muy gran medida a conceptos del mundo erróneos, a éticas erróneas, a hábitos de vida erróneos, que conducen a la destrucción de ese entusiasmo natural, ese apetito de cosas posibles del que depende toda felicidad […] Se trata de cuestiones que están dentro de las posibilidades del individuo […] En la adolescencia, odiaba la vida y estaba continuamente al borde del suicidio, aunque me salvó el deseo de aprender más matemáticas. Ahora, por el contrario disfruto de la vida; casi podría decir que cada año que pasa la disfruto más. En parte, esto se debe a que he descubierto cuáles eran las cosas que más deseaba y, poco a poco, he ido adquiriendo muchas de esas cosas. En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseo que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo […]; aprendí a centrar la atención, cada vez más, en objetos externos: el estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto. Es cierto que los intereses externos acarrean siempre sus propias posibilidades de dolor: el mundo puede entrar en guerra, ciertos conocimientos pueden ser difíciles de adquirir, los amigos pueden morir. Pero los dolores de este tipo no destruyen la cualidad esencial de la vida […] La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se puede curar de ningún otro modo” (Bertrand Russell, “La conquista de la felicidad”, pp. 23-25). Gracias por la aportación y por comentar.

  7. Marmara dice:

    Muy cierto, la vida del hombre, no puede ser vivida repitiendo el ejemplo de su especie; él tiene que vivir. El hombre es el único animal que puede aburrirse, que puede estar descontento… El hombre es el único animal para quien toda su existencia es un problema que tiene que resolver (conocerse a sí mismo) y al cual no puede escapar. No puede volver al prehumano estado de armonía con la naturaleza; tiene que proceder a desarrollar su razón mediante una ética hasta que sea el dueño de sí mismo.

  8. Saludos Marmara, gracias por su aportación al tema. Interesante reflexión. Un saludo.

  9. El tema que has expuesto se corresponde con el primer trimestre de la asignatura de Religión en Bachillerato. Observo que esta sociedad adormece a los jóvenes para que no escuchen su voz interior, para que rehuyan de las preguntas que realmente importan, precisamente las que tienen que ver con el sentido, con el significa de la vida. De allí mi permanente búsqueda por encontrar caminos que logren despertar esa conciencia y que lleguen a la raíz del corazón, porque es allí sucede la revelación primera. Un saludo fraterno desde Tenerife

  10. Saludos Marcelo. Desconocía esta circunstancia respecto al temario de la asignatura de religión. Sin embargo, tiene todo su sentido. La coyuntura de la sociedad que introduces es uno de los grandes motivos por los que la persona no alcanza la felicidad o vive en la montaña rusa de los sentimientos. En nuestra sociedad de la imagen, de la absorción más superficial de la cotidianidad, con su frenético modo de vida, es complejo llegar a interiorizar con uno mismo. La tarea que tienes encomendada es gigantesca, pero al mismo tiempo fantástica, despertar la conciencia de los niños y jóvenes. Gracias or comentar y por la aportación. Un saludo, amigo Marcelo.

  11. Veo unas cuantas cosas con las que no estoy de acuerdo, Joan:

    1) Llegar a la conclusión de que una pregunta no tiene respuesta es una respuesta tan buena como cualquier otra (Posiblemente reconozca a Russell en este razonamiento pero es tan elemental que no me molestaré en citarlo)

    2) Yo no plantearía si podemos o no constatar el argumento de la inexistencia del Ser sino si podemos abstraer que de las cosas que son se puede concluir que exista el “Ser” y, más aún, que exista o haya existido alguna vez la posibilidad de que las distintas cosas que son alguna vez no hayan sido algo; osea que exista la posibilidad de lo que, según creo, usted llamaría No-Ser.

    3) El ateísmo no se fundamenta sobre el absurdo como usted dice sino sobre una argumentación lógica muy sencilla: “no existen pruebas sobre la existencia de Dios luego Dios no existe” Podemos encontrar clasificaciones de los distintos modos de ateísmo y de otras posiciones gnoseológicas más depuradas pero todas se fundamentan en variaciones de este argumento.

    4) No tengo duda de que usted considera que lo que propone es más conveniente que otras opciones pero la verdad o falsedad de un hecho no se encuentra afectada de ningún modo por su conveniencia.

  12. Saludos Cayetano.

    Interesante cuestión la que planteas: “de las cosas que son se puede concluir que exista el “Ser” y, más aún, que exista o haya existido alguna vez la posibilidad de que las distintas cosas que son alguna vez no hayan sido algo; o sea que exista la posibilidad de lo que, según creo, usted llamaría No-Ser”. A este planteamiento nos responde, por ejemplo, Martin Heidegger en su obra “Qué es la metafísica”. Si analizamos la realidad podemos afirmar que todo es ente, es decir, todo lo que es y es algo es ente: posee o participa, mejor dicho del ser en un grado. Así, todo es conocido en cuanto participa del ser. Por tanto, el fundamento de la realidad es el ser. Al mismo tiempo es el ser quien causa la verdad del intelecto. Nada más lejos de la realidad. La primera pregunta de la persona ante la realidad es: qué “es” eso.

    La verdad, decimos, se predica de las cosas en orden al entendimiento. Como el acto de ser se da en grados de menor a mayor intensidad en las cosas, es decir, de las más imperfectas hasta Dios, el entendimiento humano – que es la de un ente que tiene ser, pero no el ser en grado absoluto – que podría no existir, no es su fundamento, pues las cosas pueden existir y existen al margen de la existencia del hombre, debemos decir que la idea de todas las cosas se encuentra en el entendimiento del Ser en sí, de Dios: “las cosas sensibles existen realmente; y si existen realmente, son percibidas necesariamente por una mente infinita; por tanto existe una mente infinita o Dios” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”). Si el Ser en sí no existiese, no tendríamos explicación de por qué hay ente y no más bien nada; tampoco habría explicación para hablar del orden y la coherencia interna de las cosas, que proceden de Dios y tienen en Él su principio y causa. Todo ente que no posee el ser en grado absoluto presenta dependencia en el ser, pues lo que puede no-ser, pero es o llega a ser no es por sí mismo, sino que tiene una causa, pues un ente que no posee el ser en sí – que no es necesario – es imposible sin una causa incausada que le otorga la participación en el ser.

    No me alargo más al respecto, sólo un pequeño matiz respecto al no-ser. Éste no se puede representar jamás como una realidad ontológica.

    Respecto a “no existen pruebas sobre la existencia de Dios luego Dios no existe”, no estoy de acuerdo, pues si bien es evidente que no podemos demostrar la existencia de Dios como se demuestra la existencia de otras cosas, debemos ser conscientes de que cualquier demostración ha de atenerse a aquello que busca. Si buscamos, por ejemplo, dividir geométricamente un terreno determinado, necesitamos un procedimiento matemático; si buscamos prever las fases de la luna es precisa una prueba astronómica… pero si lo que tratamos es de saber si Dios existe necesitamos una prueba metafísica”. Es obvio que el ideal de la evidencia matemática sólo es alcanzable en la misma matemática; fuera de ella no es aplicable a las demás ciencias del hombre, menos abstractas, ya sean las ciencias naturales – empíricas – o la filosofía. Además, no es lo mismo la certeza del saber que la certeza del vivir. No hay ninguna evidencia matemática que resuelva los problemas de la vida humana más que el conocerse a uno mismo en la inevitable y realísima cotidianidad: ante el asombro de que hay un mundo, de que existe lo que existe, nos situamos en el umbral de lo trascendente con el deseo de hallar una sede firme en medio de la incertidumbre (Wittgenstein). “El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan” (Pascal, “Pensées”, 267).

    Gracias, como siempre, por comentar. Un saludo, Cayetano.

  13. […] Joan Figuerola on Soy feliz sin religión (Parte… […]

  14. Bueno, Joan, si partimos de el hecho de que el “Ser” existe todo lo que “es” participara de este ser pero este no deja de ser un modo de verlo; para mi todo lo que es “es algo” y este ser no obedece sino a efectos puramente taxonómicos y es su adecuación al taxón lo que determina que sea o no. Un triangulo es una figura geométrica y un cuadrado es una figura geométrica pero un cuadrado no es un triangulo y un triangulo no es un cuadrado. “Pepe” puede “ser” un “triangulo” y no ser un “cuadrado” pero aun así seguir siendo “una figura geométrica” su “ser” triangulo y su “ser” figura geométrica” no son en modo alguno el mismo “ser” ni “seres” equivalentes. Además hay otro problema, si yo aceptara que todo lo que es participa del “ser” también tendría que aceptar que todo lo que está participa del “estar” ya que las cosas no son tales sino en un tiempo y así creo que podría extenderme con otra multitud de verbos.

    En cuanto a la existencia de Dios usted puede apelar a la necesidad de una prueba ajustada a la naturaleza de lo que se busca pero el problema está en el propio concepto de “prueba”. Si yo afirmo que “Las áreas barridas por los radios de los planetas son proporcionales al tiempo empleado por estos en recorrer el perímetro de dichas áreas” es perfectamente comprobable, no hay lugar para el error, se cumple o no se cumple de forma indudable pero esto no ocurre con las pruebas metafísicas, puedo aceptarlas o no, estar de acuerdo o no, esto nos deja en la indeterminación lo que para mi equivale a que no es “conocimiento verdadero”.

  15. Saludos Cayetano, que todo cuanto existe es y participa del ser no es un modo de verlo, es una constatación empírica. Es evidente que el ente como Dasein no se explica sino es en una estructura temporal, pero en él se da una cierta precomprensión del ser. El ente no es un robinson zoológico, sino que tiene una implantación en la realidad. La ciencia se vale de abstracciones para conocer la realidad, pero al preguntarnos por la realidad, por las cosas, por el ente, supone que debemos decir qué es la cosa. Preguntarnos por el ente implica necesariamente abrirse a la realidad empírica para comprender su sentido e inteligibilidad ontológica, que es la misma luminosidad del ser. El ser no es una subjetividad, Cayetano. Toda realidad se explica en cuanto a participación en el acto de ser.
    Gracias por comentar.

  16. Entiendo su postura, Joan, o creo que la entiendo, usted está argumentando en el sentido de que el “ser” es lo que hace que los “entes” sean pero yo afirmo que el hecho de que existan objetos, conceptos, … hace necesario el verbo ser o estar, como la lluvia hace necesario el verbo llover, y son necesarios simplemente para distinguir lo que un ente concreto es de lo que “no es” lo mismo que un ente concreto “es”.

  17. Saludos Cayetano… Entiendo, pero no existe propiamente el no-es en cuanto realidad ontológica, lo que sí existe es el principio de identidad. Eso que distingue un ente de otro ente (que no el no-ser) es la esencia. Gracias por comentar.

  18. Kewois dice:

    No dedería titularse el artículo: Como ser feliz sin ser cristiano?. Porque “religión” es muy general. Hay cada religión como la scienciología o los Mormones o esas amalgamas espiritistas-cristianas-new age o incluso paganismos que no tienen nada de lo que usted describe.

    Kewois

  19. Saludos Kewois. Tienes razón, si atendemos a las segundas acepciones. Hable de esto en: https://opusprima.wordpress.com/2013/04/11/la-moral-necesita-de-la-religion/

    Gracias por comentar, Kewois. Es un placer volver a saber de ti. Saludos.

  20. […] el uso que haga de la inteligencia y de la voluntad en la acción libre. Por este motivo comentamos en la entrada anterior que el cómo vivir es una pregunta trascendental. La existencia del hombre es un problema a […]

  21. claudio dice:

    El hombre no puede vivir sin arrodillarse. Si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo. No hay ateos sino idólatras. Dostoievski

  22. Saludos Claudio, gracias por comentar. Un saludo.

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