¿Buscamos la felicidad pero encontramos la insatisfacción?

Publicado: 15 septiembre, 2013 en Pensamiento

Ocurre, con frecuencia, que son distintos los objetos que ocupan el foco de nuestro interés. Hoy es esto, mañana aquello… así, por la falta de unidad de nuestra apetencia deambulamos por la existencia desprovistos de un principio concreto y estable que la gobierne con sentido y justifique nuestra particular tendencia a una realidad y no a otra en la que, supuestamente, se encuentra nuestra perfección, si bien siempre perfectible. La ausencia de unidad interior se debe, tal vez, a la falta de ciencia, de logos, que no nos permite descubrir el camino de nuestra vida. En consecuencia, se interpreta de absurda.

Casi todos sabemos lo que queremos, la felicidad. Sin embargo, descubrimos, una y otra vez, la insatisfacción. Realidades que juzgamos como el bien necesario terminan por convertirse en innecesarias una vez secamos su finita fuente de placer. Así, de continuo, los sentidos se vuelcan hacia otro objeto, el enésimo, con igual desenlace. También acontece la falsa concepción de que cuantas más ocupaciones llenen nuestra agenda, más realizados estaremos. No obstante, lo único que logramos es que las distintas actividades nos roben tiempo, experimentemos vacío y/o nos preguntemos qué hacemos con nuestra vida.

Percatarse de que no podemos ir de flor en flor si deseamos que el sentido fundamente nuestra vida es el primer paso para descubrir cuál es aquel bien que sólo él goza de razón de fin y por el que todos los demás se comportan como medio para su consecución. Para llegar a este estado es preciso que nuestra inteligencia y voluntad estén coronadas por el amor, pues sólo él nos permite percibir la realidad en su justa medida y dirigirnos rectamente hacia el bien mayor, objeto de nuestra admiración y fuente de toda plenitud. Entender esto quizá no es nada difícil, otro asunto es llevarlo a la práctica: “nunca alcanzan un verdadero amor los hombres que, en vez de contemplar el ser amado embriagándose de su belleza, están siempre ocupados consigo mismos y con sus sentimientos. Esta falsa conciencia hace que nos quedemos en todas las situaciones fuera de ellas y que no se nos incluya en su sentido y valor intrínseco […] Esta aberración es típica en los histéricos que no son capaces de entrar en verdadero contacto con un objeto, porque siempre apuntan al placer de su propio proceder” (Dietrich Von Hildebrand, “Nuestra transformación en Cristo”).

Una vida dotada de sentido exige que seamos actores de nuestra propia historia personal descubriendo la realidad para formarnos en nuestro interior una idea correcta del fundamento esencial de nuestro necesario querer y, así, poder responder al respecto en nuestro actuar. En la medida en que esto suceda en nosotros estaremos capacitados para destinarnos a través de la acción hacia el valor supremo en el que hallamos la autorrealización, pues dispondremos de un juicio más reflexivo que hará vernos la vida como un todo unitario y no como un acontecer repetitivo o intermitente carente de lógica y trascendencia. La unidad de la vida no es una ilusión, sino la facultad que nos permite asentarnos en la verdad de las cosas, de la realidad objetiva y su valor trascendente, que en sí es la más auténtica oposición al falso sentido de la contradicción existencial.

Si perseveramos en la unidad de la vida nos abrimos, irrestrictos, a la novedad de la verdad que se presenta en cada nuevo paso del camino de la existencia que, al mismo tiempo, nos libera del influjo de lo arbitrario y contingente o nos permite apuntalar lo arbitrario y contingente, si es necesario si bien no definitivo, como realidad que se subordina al bien mayor que hace completa nuestra vida. Este perseverar supone una lúcida constatación de la situación metafísica del hombre, del logos del ente en su armónica interacción con la realidad verdadera que, en última instancia, es el Dios vivo que se manifiesta en la revelación y de manera definitiva en la encarnación de Cristo Jesús, que es el sumo bien, pues “todo el bien que hay en las cosas ha sido creado por Dios. En las cosas se encuentra el bien no sólo en cuanto algo sustancial, son también en cuanto que las cosas están orientadas a un fin, en especial el fin último que es la bondad divina” (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, c.22 a. 1). Esto es la providencia de Dios, que en el hombre es la prudencia, que se halla en el entendimiento y presupone la voluntad del fin, es decir, el ordenamiento del hombre al fin querido por Dios, “pues nadie ordena actuar por un fin si no quiere el fin” (Aquino, “Suma Teológica”, c. 22 a.1), pues sólo Él puede hacernos partícipes de nuestra plenitud.

Así, en la medida en que aprendemos a destinarnos, en la praxis, al fin último, nuestra vida adquiere más simplicidad y sentido, pues juzgamos con mayor facilidad y más correctamente, gracias al fortalecimiento de la virtud, según el justo ordenamiento de las cosas y no desde el subjetivo punto de vista o de la opinión de terceros: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). Sin embargo, si descuidamos el fortalecimiento de la virtud la discontinuidad afecta nuestra acción y encontramos atracción y gusto por bienes que no tienen razón de fin ni conducen a éste. El apego es nuestro talón de Aquiles y el muro más infranqueable para el ejercicio de la libertad, que es el amor por el fin.

comentarios
  1. Martina dice:

    En nuestra época, el evolucionismo es una de las principales fuentes de equívocos en las relaciones entre la fe y la ciencia. Algunos lo utilizan para defender teorías materialistas o ateas que, en realidad, nada tienen que ver con la ciencia. Otros lo critican porque piensan que sólo así se podrán frenar los excesos del materialismo. Sin embargo, si las teorías evolucionistas no se proyectan fuera de su ámbito científico y, por otra parte, se tiene presente la doctrina cristiana sobre la creación, no es difícil advertir que la evolución y la acción divina son compatibles e incluso complementarias.

  2. Saludos Martina, gracias por su aportación. Se agradece, un saludo.

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