la moral fundada en un sistema de principios absolutos muestra la racionalidad de la ética (I)

Publicado: 21 agosto, 2013 en Ética y Moral

trafico humano¿Existen principios morales? ¿La persona moralmente perfecta es la persona de principios? El sujeto de lo moral y de lo inmoral es la voluntad libre. La moral, que es lo opuesto a lo amoral, designa el modo específicamente humano de gobernar las acciones, pues en el caso de la persona no se acomodan instintivamente a la realidad en la que vive el ser humano. De este modo, a la capacidad del hombre de gobernar su propia conducta se añade, en consecuencia, la responsabilidad de responder de aquellas acciones que elige y es su autor.

Lo moral y lo libre gozan de la misma extensión. Hemos dicho que todas las acciones libres, y sólo ellas, son morales; y que todas las acciones morales, y sólo ellas, son libres. Todo lo que el hombre es – justo o injusto – y todo lo que libremente hace se enmarca en el ámbito moral, pues todo aquello que en el hombre no viene determinado por algún tipo de necesidad causal – actos del hombre – es proyectado por la razón y querido por la voluntad, y esto, sin la menor duda, es el gobierno moral de las acciones, es decir, gobernarse como a uno le parece del modo más razonable.

En la entrada “Ley humana y ley divina” fundamentamos en el Absoluto los principios morales. En una primera instancia la existencia de principios es necesaria para distinguir entre el bien y el mal de manera clara y distinta: “el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda” (Anthony Burguess, “La naranja mecánica”). En segunda instancia, en la praxis, debe considerarse que una acción es correcta en cuanto reconoce la incondicional dignidad de la persona, que debe ser tratada como un fin y no como un medio o instrumento y busca y confiere el bien común en el que se alcanza la autorrealización de la persona y de todos los proyectos personales de los hombres.

La incondicional dignidad de la persona es el principio moral que debe tomarse como referencia para designar si una acción libre es correcta. En caso contrario, si no consideramos que la persona es un absoluto relativo que depende de un absoluto radical, hemos de convenir que “no hay un motivo suficientemente fuerte para respetar a los demás si no se reconoce que respetando a los demás, respeto a Aquel que me hace a mí respetable frente a ellos. La persona es un absoluto relativo, pero el absoluto relativo sólo lo es en tanto que depende de un Absoluto radical que está por encima y respecto del cual todos dependemos. Si prescindimos de esta fundamentación, el concepto de Derechos Humanos resulta vacío, quedando su contenido a merced de la contingencia histórica o del arbitrio” (José Ángel García Cuadrado, “Antropología filosófica”).

Si no existe un principio que fundamente la moralidad de las acciones, que se manifiesta en el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona, no puede darse una propiedad objetiva por la que se distingan las que son correctas de las que no lo son. De este modo, la moralidad de las acciones descansa en el arbitrio de la voluntad o en el consenso interesado entre las personas, que no contempla necesariamente al hombre como un valor absoluto por el cual es tratado como un fin. Si no hay fundamento de la ética, hemos de ponernos de acuerdo en crearlo para tener una referencia para actuar de un modo u otro, y esta referencia puede estar sujeta a cualquier sensibilidad o contingencia. Sin embargo, a la luz de la razón, hemos de ser conscientes de que sólo hay un principio y fundamento de la moral y no varios y contradictorios entre ellos al mismo tiempo: la dignidad incondicional de la persona, que es la garantía del obrar ético correcto.

Es un error considerar o interpretar la ética desde el punto de vista personal. Hay razones históricas de sobra para dudar de la idoneidad de este criterio, pero la más remarcable es la existencia de muy dispares cosmovisiones, las cuales entran en conflicto las unas con las otras. La existencia de un sistema de principios morales absolutos garantiza que el bien a realizar no dependa de la coyuntura del momento, que puede estar, lamentablemente, gobernada por el dominio de un determinado punto de vista. Si el fundamento de la moral es la dignidad de la persona, que es un fin en sí misma, y la consecución del bien común en la realización de una muy determinada acción libre garantizamos que todas las acciones dependan de un solo criterio y sean siempre correctas o incorrectas y no según el parecer de una u otra persona; pero si es el parecer o el consenso quien juzga la moralidad de la acción libre generamos un conflicto, que las acciones de tipo A sean moralmente correctas para una persona y moralmente incorrectas para otra. Pero, desde luego, obrar de un modo y de otro bien distinto no nos puede hacer personas igualmente justas.

Resulta obvio, si bien el sentido común resulta, en ocasiones, el menos común de los sentidos, que para el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona y para la autorrealización de la misma es necesario obrar siempre y en todo momento de un muy determinado modo. Que la moralidad de las acciones posea un fundamento y no dependa de la coyuntura es una exigencia necesaria para asegurar la racionalidad de la acción humana y para ejercerla y mantenerla a lo largo de la existencia. Al mismo tiempo, esta lógica del obrar manifiesta en la praxis el sentido vital que se vislumbra en el estatuto ontológico de la persona, por el cual decimos que el hombre es una dignidad absoluta o un fin en sí mismo. Por otro lado, que la acción moral y libre del hombre posea un fundamento y exhorte a obrar de un determinado modo ético invariable da razón de la existencia de la virtud, indispensable para alcanzar una vida ordenada, la mejor de las vidas posibles, aquella por la cual, reconociendo la dignidad absoluta de la persona, el hombre alcanza su auténtica plenitud – autorrealización –. La virtud demuestra que la moralidad requiere una base de constancia, de invariabilidad ética.

comentarios
  1. Hector dice:

    La libertad y la racionalidad: las dos caras de la misma moneda.

  2. Saludos Héctor, muchas gracias por comentar. Se agradece. Un saludo.

  3. No te discuto que un patrón objetivo que usar como “piedra de toque” para evaluar, y guía para seguir, en asunto morales sería muy útil pero supongo que te darás cuenta, Joan, que, al elegir la “incondicional dignidad de la persona” no estas sino expresando tu opinión y ese no dejar de ser un “punto de vista personal”.

    P.S.: Espero que ya estés bien instalado y bien adaptado al paisaje y al paisanaje🙂

  4. Saludos Cayetano.

    Ciertamente, considero que tienes razón, podemos entender a incondicional dignidad de la persona como un punto de vista, es decir, es posible que alguien considere que no hay un fundamento que sostenga realmente que la persona goza de una dignidad incondicional y, en consecuencia, no hay motivo alguno para que no pueda ser instrumentalizada. Aquí comparto tus palabras. No obstante, ya que vivimos en un mundo de hombres donde estos no sólo viven juntos sino que cooperan entre ellos (sociedad), debemos entender que el fundamento de la sociedad es la persona, que ésta es un fin en sí misma. Cierto, este otorgar a la persona una dignidad incondicional parece más bien algo consensuado o que arranca de un punto de vista subjetivo y que, por tanto, hay que pelar a otra instancia superior que fundamente esta dignidad incondicional (de ello hablo en la entrada anterior), de lo contrario incurrimos en lo que dices, que entendemos a la persona como una dignidad incondicional debido a un determinado y muy concreto punto de vista.

    Sí,ya estoy instalado en Santiago, llevo tres semanas. Debo decir que la gente en Chile, en la capital, me está tratando más que bien. Muchas gracias por tu deseo. Se agradece. Un saludo, Cayetano.

  5. Cristina Bec dice:

    No creo que la dignidad de la persona sea un punto de vista. Si ningún hombre debe ser un medio
    para que otro hombre realice sus fines; si todos los hombres son iguales en la medida en que son finalidades, y sólo finalidades, y nunca medios los unos para los otros, forzosamente el hombre es una dignidad incondicional.

  6. Saludos Cristina, interesante aportación al tema. Gracias por comentar.

  7. xavier dice:

    se me hacen muy interesantes tus articulos… me podrías explicar un poco más estos conceptos: El fundamento de la moral es “la incondicional dignidad de la persona”?? y este fundamento nosotros necesariamente lo creamos?? el libre albedrío es el que nos hace disidir entre obrar bien bien o mal??? Donde queda Dios en el obrar de la persona humana?? o se prescinde de El??

  8. Saludos Xavier. Respecto a la incondicional dignidad de la persona como fundamento, al margen de lo ya mencionado, decimos que es fundamento necesario, es decir, no puede ser de otro modo, cuando es la propia consciencia juzgante, el alma bella que diría Paul Ricoeur, la que denuncia el mal – o la no realización del bien debido -. La persona entiende por la razón que el hombre no es un medio ni un instrumento sino más bien un fin en sí mismo, que por su estatuto ontológico está dotado de una dignidad incondicional. Al mismo tiempo podemos sostener que esta consciencia juzgante muestra el espíritu divino, la imagen de Dios en el hombre (la bondad suma, que bien retrata el Aquinate en la cuestión 19 de la Suma Teológica), pues es Dios, en última instancia el garante del ideal moral, quien hace digno al hombre frente a los demás: https://opusprima.wordpress.com/2013/01/25/yo-robot/

    En efecto, el libre albedrío capacita al hombre para actuar libremente de un determinado modo ético, bien o mal.

    Muchas gracias por comentar, espero haya podido responder a tus cuestiones. Un saludo.

  9. […] fundada en un sistema de principios absolutos muestra la racionalidad de la ética (ver artículo 1 y 2). Jürgen Habermas, en “La inclusión del otro. Estudio de teoría política”, manifiesta […]

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