Ley humana y ley divina

Publicado: 16 agosto, 2013 en Ética y Moral

La libertad apunta hacia el autodominio de los actos por los cuales la persona se dirige, mediante una muy determinada forma de vida, a alcanzar su verdadero fin: la autorrealización existencial. La libertad, por tanto, no es el simple ejercicio de la voluntad sin límite, sino que donde sucede el ejercicio de lo libre y voluntario interviene, de modo natural – intrínseco –, lo propiamente moral. Es decir, el sujeto de lo moral y de lo inmoral es siempre y exclusivamente la voluntad libre y racional, que es dueña de sus actos y que, al mismo tiempo, puede responder de ellos. Por tanto, la moral designa el modo de gobernar las acciones libres, pues, todas las acciones libres, y sólo ellas, son morales, y, todas las acciones morales, y sólo ellas, son libres.

Al mismo tiempo, el conocimiento, lo que entendemos por sabiduría existencial, no es una mera ciencia ni responde a una mera ley consensual, sino que supone, ante todo, una elevación del alma humana en su perpetua búsqueda de la verdad en la que descansa el sentido del devenir vital. En este sentido, no basta una filosofía racional abstracta, sino que es necesario un empaparse mismo de la realidad – y por realidad no solamente la física – y como lo más verdaderamente real es el ente – por qué hay en absoluto un ente y no más bien nada (Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”) – la aproximación al conocimiento del ser en sí es lo que más anhela el corazón del hombre.

Sin embargo, en rigor, el ser en sí es lo más radicalmente distinto del hombre, que posee el ser por participación; en consecuencia, el reconocimiento del carácter absoluto del Ser conduce o puede conducir a la humanización del mismo, pues la mente del hombre, si bien puede dudar y juzgar, sólo puede permanecer en una perenne reflexión abstracta sobre el ser en sí si no entra en una relación directa y, fundamentalmente, personal, con el mismo Ser en sí. De lo contrario, el Absoluto se convierte, dispuesto en un plano del pensamiento, en una representación de la voluntad del hombre, y no sólo en aquella persona digamos atea o agnóstica, sino también en la creyente o, al menos, la que se dice creyente. Y esto es así porque si la verdad absoluta no se revelara al hombre de manera humana y como objeto susceptible para el conocimiento humano sería una verdad inverosímil o, como vulgarmente se ha dicho en muchas ocasiones, puro narcótico que, en palabras de Spaemann y Pascal, no conduciría más que al callejón sin salida que es la vivencia de la nada del ser o a una duda que sostiene la absolutización de una razón que por sí misma no es lo suficiente firme.

Así, como el obrar sigue al ser, requerimos de un análisis para juzgar si la ley del hombre – existente en cada cultura – es independiente o puede ser independiente de la verdad ética que se desprende del conocimiento del Absoluto o sí, por lo contrario, es una consecuencia que deriva del bien absoluto al que tienden todas las realidades que llegan a ser y son por naturaleza. A diferencia de la ley del hombre, sujeta a consenso, la ley natural “describe una uniformidad estricta e invariable” que “se halla más allá del control humano” (Karl Popper, “La sociedad abierta y sus enemigos”. No obstante, en el terreno de la moral, al menos a priori, no se aprecia la inalterabilidad y firmeza de la ley natural, de aquí la existencia y observación de leyes normativas independientes. Así pues, ¿nuestro sistema moral puede ser indiferente o distinto a nuestro conocimiento del Absoluto?

Ante una ley o un derecho la conciencia de la persona los observa con un carácter de inviolabilidad. Sin embargo, tal ley o tal derecho requieren de un absoluto radical que los fundamente, pues de lo contrario, estarán siempre sujetos – la ley y el derecho – al control del hombre, y la historia nos muestra qué acontece cuando esto es así. Hemos manifestado en otras ocasiones que lo que realmente nos convierte en personas moralmente buenas es el reconocimiento de la incondicional dignidad del ser humano, que la persona es un fin en sí misma. Reconocimiento de dicha dignidad que se traduce, inexcusablemente, en la materialización del bien común. Todo lo que no sea el reconocimiento del primado del hombre es una desvalorización de los principios éticos cuyo único fundamento, insisto, es la dignidad absoluta de la persona. Por tanto, considero que es moralmente buena, virtuosa, aquella persona – atea, agnóstica o creyente – que comprende que el amor es la actitud que debe mediar en las relaciones entre las personas, que el trato verdadero y único que merece el hombre es el amor. De este modo, observamos que toda ley y todo derecho son normas justas y legítimas en cuanto concuerdan con la naturaleza humana y reconocen y potencian su incondicional dignidad.

Un derecho o una ley verdadera es justa y legítima siempre y en todo momento, su vigencia no depende nunca de la voluntad del hombre. Es por esta razón que, supuestamente, “la única forma de afirmar la dignidad incondicional de la persona humana es el reconocimiento explícito de que el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios. Para que una persona tenga un cierto carácter absoluto es preciso afirmar que hay una instancia superior que me hace a mí respetable frente a los demás. La persona es un absoluto relativo, pero el absoluto relativo sólo lo es en tanto que depende de un Absoluto radical que está por encima y respecto del cual todos dependemos. Sólo la realidad de que Dios ha querido al hombre como un fin en sí mismo y le ha otorgado también, con la libertad, el carácter de persona y la posibilidad de relacionarse con Él, es capaz de fundamentar de modo incondicional el respeto que la persona finita merece” (José Ángel García Cuadrado, “Antropología filosófica”).

En la cultura contemporánea son muchas las personas que evitan este último paso atando el derecho del hombre y la leyes normativas que rigen el devenir de la sociedad a una especie de valores universales de desconocida procedencia cuyo único fundamento es el control del hombre. Ciertamente, a la luz de la experiencia, que el obrar ético se fundamente en el Absoluto o en el consenso humano no es obstáculo para que la “ley” pueda ser violada. No obstante, la violación de la ley natural y/o ley del Absoluto tiene sus consecuencias cuando el hombre altera la realización de su ser en el obrar y atenta, consecuentemente, contra su incondicional dignidad. La ley natural, además, presenta un modelo que la completa y perfecciona, Cristo, Quien muestra al hombre quién es el hombre suministrándole cualidades morales e inmorales para adoptar un muy determinado comportamiento ético a través del cual puede alcanzar en la praxis su propia realización personal. Cristo muestra nuestro patrón con su respectivo modo natural de obrar que se desprende del modo intrínseco de ser: “Si quieres realmente ser, tienes necesariamente que adoptar una muy determinada forma de vida. Ahora: tú puedes, si quieres, no adoptarla y decidir ser otra cosa que lo que tienes que ser. Mas entonces, sábelo, te quedas sin ser nada, porque no puedes ser verdaderamente sino el que tienes que ser, tu auténtico ser” (Ortega y Gasset, “El tema de nuestro tiempo”).

Es importante recordar que al hombre, a diferencia del resto de los seres vivientes, no le es dada ni impuesta su forma de vida, sino que tiene que elegir en todo instante la suya, aunque, no obstante, no está a su disposición escoger su fin, la felicidad, cuyo camino se recorre en cuanto se toma un determinado comportamiento ético. El hombre puede actuar sobre la naturaleza y puede tomar decisiones trascendentales, pero siempre con una responsabilidad moral que incumbe a la propia persona y al resto de la humanidad y cuyo parapeto es la incondicional dignidad de la persona, cuyo fundamento es una realidad que está por encima de ella y no la voluntad del propio hombre. De este modo, podemos decir que las leyes humanas, que se insertan en esta segunda naturaleza humana que es la sociedad, son hechas por el hombre, pero que derivan y se fundamentan en la norma moral que procede del Absoluto. Así, dichas leyes se juzgan como justas en cuanto no contradicen tal norma, que en el ámbito práctico consiste en el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona y su autorrealización a través de los proyectos personales.

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comentarios
  1. Excelente blog. Ya te extrañaba. Un gusto en saludarte.

  2. Saludos Malourdese, Muchas gracias por comentar. Ya estamos instalados en Santiago de Chile. Un fuerte saludo.

  3. Otro aspecto que la Escritura señala es la interioridad del hombre. El “corazón” es el hombre en su ser personal, el lugar donde es él mismo y cada vez lo es más. “Corazón” significa a veces la sede de las fuerzas vitales (Lc. 21, 34; Act. 14, 17; Sant. 5, 5). No significa exclusivamente la vida afectiva (Jn. 16, 6.22; Act. 2, 26, 37) sino que se refiere a la fuente de las diversas manifestaciones de la vida personal: la fuente de los pensamientos (Mc. 2, 6.8; Lc. 3, 15), de la fe (Mc. 11,23; Rom, 10,s.), de la comprensión (Lc. 24, 25; Ef. 1, 18) del endurecimiento (Mc. 6, 52); es el centro de las opciones decisivas (Mt. 22, 37), de la conciencia moral, de la ley no escrita (Mt. 15, 18; Rom. 2, 15) y del encuentro con Dios (Mt. 13, 19). Dios es el único que puede llegar al fondo del corazón humano (Lc. 16, 15; Act. 15, 8; Rom. 8, 27, etç.).

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