¿Hay que desterrar la religión de la vida pública?

Publicado: 23 julio, 2013 en Laicismo, Pensamiento, Religión

paulSuele decirse, y se tiene por una norma casi protocolaria, que la religión y la política no son temas altamente recomendables para generar una fluida y tranquila conversación. La realidad parece que confirma este pensamiento. Cuando el debate gira entorno a estas dos cuestiones con relativa facilidad se genera una enconada discusión que incluso conduce al intelecto más ponderado a perder los estribos. Por esta razón, el señor Udo Schuklenk, profesor de filosofía de la Universidad de Queen (Canadá), concluye, en un artículo reciente, que la religión es un asunto que sólo compete a la persona y que es preferible que su contexto sea el de la privacidad.

A la luz de la experiencia es cierto que cuando se habla de religión, por la variedad de cosmovisiones existentes, pueden generarse acaloradas disputas, pero que las personas salgan del terreno de la razón, pienso, no se debe a la religión en sí – ya sea el ateísmo, el teísmo o cualquier otra posición –, sino a esa incapacidad por comprender y analizar la misma realidad desde distintas perspectivas, por la impericia para abandonar la estrechez de un pensamiento que en no pocas ocasiones se subordina a una vanidosa voluntad que atiende con prejuicio y desprecio los planteamientos ajenos, persiguiéndose con terquedad y desatino y mediante tretas el asentimiento del otro, al que se contempla más bien como oponente.

Del artículo del profesor Schuklenk sólo me interesa esta idea habitual que pretende el destierro del cristianismo de los asuntos de la humanidad porque su sola presencia en la esfera pública atenta contra la libertad de aquellas personas que no comparten sus planteamientos morales y éticos. Si partimos de la premisa que el fundamento de la sociedad sólo puede ser la incondicional dignidad del ser humano, el concebir al hombre como un fin en sí mismo y el bien común como el bien mayor al incluir el bien particular de todos los hombres, que es la realización de los proyectos personales, parece extraño y nada racional que en el deseo de forjar la mejor sociedad posible se aniquile la libertad de pensamiento y el derecho a manifestarlo por bien del interés general.

La existencia de sujetos incapacitados para el diálogo no es motivo para descartar los planteamientos que estas personas instrumentalizan para alcanzar el propio y huero interés, sino razón para que se fomente en las más embrionarias generaciones que en la búsqueda de la verdad, que ayuda al hombre a alcanzar la mejor vida posible, es necesario el convencimiento de que uno no la posee, aunque la intuya o tenga cierta experiencia de ella. Si no somos capaces de reconocer que somos buscadores y no poseedores de la verdad cerramos la puerta a cualquier diálogo con aquel que nos presenta otro planteamiento de la realidad y, en consecuencia, nos asentamos en el horrendo minifundio del pensamiento que alaba la prejuiciosa opinión.

Siempre señalo que el fundamento del derecho es la persona. Si los derechos humanos son principios que ayudan a tener presente la incondicional dignidad del ser humano es obvio que tal reconocimiento debe plasmarse en la praxis mediante el desarrollo de un muy determinado comportamiento ético que tenga siempre como fin a la persona humana y nunca, bajo ningún pretexto, pretenda o permita su instrumentalización. Por tanto, deben aceptarse y fomentarse, en los asuntos que afectan a la sociedad, todas las corrientes éticas que ensalzan dicha dignidad absoluta de la persona; y resulta obvio que este es el caso de los principios que recoge y testimonia el cristianismo, que apuesta decididamente por el primado del hombre y no por intereses ideológicos – económicos especialmente – que son los que predominan en la actualidad y que atentan seriamente contra el bien común.

Dije en su momento que el reconocimiento de la libertad religiosa no sólo acredita la democracia, sino que es un indicador infalible que permite descubrir hasta qué punto se hallan enraizadas y respetadas el resto de libertades y derechos en el marco democrático. Si el profesor Schuklenk pretende desterrar el cristianismo de los asuntos ético-políticos de la sociedad debilitamos la democracia y abrimos las puertas al adoctrinamiento propio de los planteamientos totalitarios que dicen qué es lo correcto y qué no lo es sin tener presente si realmente procuran la justicia y el bien común desde el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona humana. Al mismo tiempo es un disparate antropológico la consideración de que el hombre puede y debe comportarse de distinto modo según actúe en el ámbito público o en el privado. Si pretendemos que esto sea así cometemos un atentado contra la libertad del ser humano. El obrar sigue al ser, en consecuencia, el sujeto que obra en el ámbito público y en el privado es siempre el mismo individuo concreto, con nombre y apellido. Crear una escisión ética e intelectual en la persona para que actúe de un modo, dictado por el Estado, en el espacio público y de otro, a su consideración, en el privado es la más espantosa instrumentalización y deshumanización que puede padecer la persona.

El fin de la ética y de la política sólo puede ser la búsqueda de la verdad y del bien que permiten que todos los hombres, sin excepción, alcancen la plenitud mediante el desarrollo de sus proyectos personales: esto se llama bien común, el cual no señala la existencia de una vida pública que se distingue de otra privada, sino que certifica una realidad ontológica: que los sujetos individuales – revisar la definición de hombre de Boecio – tienen intereses en común, tanto materiales como espirituales, y que sólo pueden alcanzar y conservar el bien particular si procuran el bien común. En este aspecto cobra sentido la idea de Ricoeur de que la sociedad es la segunda naturaleza del hombre, pues en realidad es su propia casa, donde realmente se humaniza. Esto se entronca con el cristianismo – la Iglesia –, que no es público ni es privado, sino una única familia, la humanidad entera, la historia de la salvación del hombre.

Por tanto, la cuestión no consiste en el ostracismo del cristianismo, sino en la exclusión mediante la formación y la educación de toda clase de fundamentalismo que cierre las puertas al diálogo. El cristianismo no divide como señala el profesor Schuklenk, sino que enfatiza el primado del hombre a partir de su incondicional dignidad y desautoriza, en palabras de Jürgen Habermas, ese humanismo menguado por el que la dignidad del hombre depende siempre del consenso o de la valoración subjetiva que de él se haga en un determinado momento histórico.

No cerremos nunca las puertas al diálogo ni repudiemos el pensamiento ajeno pues la verdad es, junto al bien, la gran cuestión del ser de la persona. Tengamos presente que “el arte de comprender consiste en el arte de escuchar. A ello hay que añadir la posibilidad de que el otro pueda tener razón” (Gadamer, “Antología”). Todos los hombres desean por naturaleza saber (Aristóteles, “Metafísica”), por tanto, somos buscadores de la verdad que no poseemos y que nos permitirá, en la medida en la que nos adecuemos a ella, alcanzar la mejor vida posible. Por tanto, antes que armar un Estado bajo una determinada cosmovisión es importante tener presente y reconocer aquellos planteamientos éticos e intelectuales que enfatizan la dignidad del ser humano y promueven los proyectos personales para que la persona alcance su plenitud.

comentarios
  1. Óscar dice:

    Mi opinión es que la religión debe estar en la vida pública. Pero tengamos claro los conceptos. Distingámos vida pública de vida política. La religión debe estar en la vida pública, pero jamás de los jamases debe inmiscuirse en la vida política.

  2. Saludos Oscar, gracias por comentar. Sería tan amable de explicarme qué es vida pública y de vida política a la luz de esta distinción que usted hace. Por otro lado, intuyo, por esta distinción, que interpreta que la vida pública y la vida ética no deben regularse por la misma ética y, en consecuencia, no deben tener el mismo fin. Me sorprende esta distinción, pero me agradaría saber en qué radica esta distinción. Gracias. Un saludo.

  3. Óscar dice:

    Pues muy sencillo, la vida pública está en la calle, y en la vida política es la que se desarrolla en los centros de poder, y la que hacen los políticos a quienes votamos. La vida política, sería por tanto, el congreso de los diputados, senado, plenos de los ayuntamientos y demás edificios estatales. Puestos a hacer números, dichos espacios no representan ni el 0,00001% de el espacio público.

    La vida pública, sería entonces la calle, y por tanto la religión no debería existir en los centros de toma de decisiones arriba descritos. En resumen, los creyentes no deben participar en la política.

  4. Saludos Oscar.

    Bien, así, entiendo, corríjame si me equivoco, si la vida pública y la política se distinguen de tal modo, ¿puede decirme cuál es el fin de cada una? Si el bien común, que es el fin de la política en democracia, no corresponde ser realizado por los ciudadanos, cuál es el fin de estos que, evidentemente, por lo que dice, no será el ser humano. Al mismo tiempo, crea una total distinción entre gobernantes y gobernados, como si fuesen dos clases de personas distintas, como si a los ciudadanos no les competiese la vida política, que en sí nada se distingue de la vida pública (ver Hannah Arendt y “La Condición humana”). La vida social es la vida política, es la segunda naturaleza del ser humano (Paul Ricoeur). Lo que usted plantea, y no digo que no sea, posiblemente, lo que aparentemente acontece, es que el hombre en cuanto ciudadano ya no es un sujeto que interviene desde lo privado en lo público (política) en vistas al bien común, sino que se convierte en un número aislado y alienado al servicio del Estado. Cuando la política, en sí, es la organización y la administración de los hombres, de los ciudadanos, del bien común.

    Gracias por su aportación al tema, se agradece.

  5. […] o están reducidos y sometidos a intereses exclusivamente ideológicos han despertado o despiertan el aspecto más virulento e irracional del espíritu humano; sin embargo, insisto, lo religioso se encuentra anclado profundamente en la naturaleza ontológica […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s