¿Qué hacer con mi vida? (Parte I)

Publicado: 8 julio, 2013 en Modos de vida, Pensamiento

dónde vas¿Puede la libertad volverse un fardo demasiado pesado para el ser humano? En la actualidad buena parte de la sociedad entiende por libertad la ausencia de coacción, la libertad de. Sin embargo, la libertad en el sentido más elevado implica la autoposesión, pues no es la capacidad de decidir lo que nos hace libres, sino la autorrealización como personas (libertad para). En este sentido son muchos quienes eludimos la realización de nuestra libertad por la inestabilidad y la incertidumbre de una existencia cuyo destino en muchas ocasiones aparenta ser la zozobra. La vida exige la continua decisión de un sujeto que se ve en el necesario imperativo de tener que ser en todo momento. Elegir un menú, un coche o una casa no entraña ninguna dificultad y es una meta deseada por cualquiera; ahora bien, conducir la propia existencia hacia su plenitud puede ser un desafío alarmante y muchos no dudamos en aceptar la sumisión si por ella nos ofrecen la seguridad existencial.

Afrontar la vida es una tarea constante que dura toda la existencia de la persona, razón por la cual muchos preferimos el sometimiento a la autoridad o a un líder a la libertad de una vida elegida y desarrollada por nosotros mismos, cuyo itinerario siempre estará unido a la incertidumbre. Al mismo tiempo, existe el miedo a esa soledad ontológica que implica el estar con uno mismo; la mayoría de las personas intentamos eludir el solitario camino del conocimiento personal para alcanzar ese refugio que aparenta ser el recorrer el mismo sendero junto con los demás. Tener un compañero, aunque la vida sea una desgracia, es preferible al aventurarse por uno mismo. Es evidente que el hombre no es un Robinson Crusoe, pues “ninguna clase de vida humana resulta posible sin un mundo que directa o indirectamente testifica la presencia de otros seres humanos” (Hannah Arendt, “La condición humana”); no obstante, esto no implica que la persona sea una oveja, cuya forma de vida ya le es dada. El hombre tiene que desarrollar su propia forma de vida, ser lo que debe ser según su estatuto ontológico, y esto demanda necesariamente el conocerse a uno mismo, tarea que nadie puede hacer por nosotros.

El continuo conocimiento de uno mismo para llegar a ser quien se debe ser es el modo específicamente humano de desarrollar la propia existencia. Cada sujeto necesita conocerse a sí mismo para comprender el mundo y desenvolverse en él del modo más auténtico, que siempre es una demanda de la propia naturaleza humana. Sin embargo, muchas personas deciden abreviar este proceso de comprensión. Así, el miedo a resolver la propia vida y la necesidad de ser un alguien aceptado por y para los demás son una explicación de la existencia de cualquier forma de totalitarismo – por democrático que parezca – y del consecuente adoctrinamiento. Donde hay falta de personalidad y se ofrece libremente la propia sumisión hay alguien al otro extremo que la recoge y acepta para controlarla e instrumentalizarla de acuerdo a sus muy particulares intereses. Genuino drama humano cuando el hombre no sabe quién es pues difícilmente sabrá dónde se dirige. Sus objetivos no serán propios, sino que aquellos que tome por propios le serán dados o impuestos interpretando un papel impropio por satisfactorio que resulte.

Hay que mostrar al hombre quién es el hombre. Puede que uno pueda tener la sensación de que se sentirá más sólo y aislado, pero una vez se adentre en su propio conocimiento se experimentará más crítico y más abierto a la verdad a la que se desea conocer y amar, pues en ella se vislumbra la plenitud. Todos los hombres anhelan la verdad, pero a muchos les desconcierta ser sus perpetuos buscadores, por eso tienen a hallar satisfacción en lo más superficial, en aquello que se puede controlar y dominar, porque genera seguridad y superioridad; por eso muchos se conforman con el conocimiento que se alcanza por medio del método de las ciencias naturales, ya que temen recorrer el viaje incierto que emprende aquel que aspira a la verdad sin reservas y que de bien seguro puede pagar el precio de la propia vida. ¿Pero quién no desearía entregar gustosamente la propia vida para ser poseído por la verdad?

La existencia del hombre siempre será un misterio a resolver; la llama de la incertidumbre probablemente no se apague hasta el fin de esta vida presente a causa de la singularidad radical del ser de la persona. El supuesto individual de naturaleza racional (Boecio) es único en extremo e irrepetible – “alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Mt 10, 20) – y el conocimiento de sí mismo para lograr la mejor forma de vida es un imperativo que empuja constante al ser humano. Nuestro peregrinar puede estar sazonado por lo incierto, pero cuando uno más se conoce, cuando aprende a estar más consigo mismo comprende mejor quién es el hombre: una realidad que goza de una dignidad incondicional por la cual es un fin en sí mismo que no puede, bajo ningún concepto, ser utilizado o instrumentalizado. Por esto es importante conocerse a sí mismo, ya que así será más arduo atentar contra el verdadero valor del hombre que es fruto de un acto creador, libre y amoroso de Dios y que en la libertad que éste le confiere halla su razón de ser y la posibilidad de su plenitud. Sin embargo, el desconocimiento de uno mismo y la aceptación de la sumisión a cambio de seguridad existencial conducen a la despersonalización que termina por hacer indistinto al hombre respecto de sus semejantes. Así, los seres humanos se tornan superfluos (Arendt) e remplazables una vez dejan de ser útiles. El fin de la persona ya no es su plenitud, sino el de ser objetos al servicio de quien han arrendado su existencia.

El sistema económico vigente muestra que el valor y la dignidad de la persona no es lo radicalmente prioritario sino que al hombre se le concibe, de modo exclusivo, como obrero y consumidor de bienes materiales ajenos realmente a su desarrollo personal. La finalidad no es la persona, sino que ésta es exclusivamente un medio, pues la búsqueda de la verdad, la persecución del bien común y la consecuente autorrealización del hombre no aparece en los fines de la industria ni se halla en el recuento de bienes; y sólo se mira el bien del ser humano por interés cuando puede contribuir a una mejora de resultados económicos. Obrero y consumidor es un retrato fiel del hombre de nuestros tiempos, que destaca el alimento contingente sobre el espiritual, el vestido corporal sobre el intelectual. ¿Dónde va la muchedumbre en su tiempo libre? No la hallaremos en las desiertas bibliotecas ni en los vacíos museos sino en el centro comercial – o en aquellos espacios de actualidad – donde consumen el tiempo libre aquellos que piensan y dicen lo mismo que piensan y dicen los demás. El hombre es un absoluto ante los demás en cuanto que su singularidad es obra de un acto creador de Dios, a imagen y semejanza de Él. La imagen de Dios en el hombre es el amor, un amor que se dirige de modo especial hacia el individual e irrepetible ser de la persona del otro. Un amor que reconoce la dignidad del otro en cuanto existe una instancia mayor de la que todos dependemos, Dios, que la hace respetable ante los demás. Si no entendemos esta realidad difícilmente comprenderemos, por mucho que aseguremos que la persona es el fundamento del derecho, que el hombre no es un medio sino un fin creado libre por amor de Dios para alcanzar su perfección.

comentarios
  1. La persona que se admira no se queda encerrada en su pequeño mundo. Boecio escribió en la cárcel, y en aras de la muerte, su célebre libro “Consolación de la filosofía”. El enfoque interior de la admiración mantiene vivo el conocimiento de que la existencia es incomprensible y misteriosa, pero que también está llena de sentido. Y en la medida en la que se descubre el sentido de la propia existencia, puede experimentarse una felicidad profunda.

  2. Cristina Bec dice:

    No se sabe muy bien qué hacer con la vida… tenemos muchos propósitos e intenciones pero al final el mismo transcurrir de la existencia nos arrastra y parece que todo pasa deprisa porque existimos pero no vivimos, no nos preocupamos de realizar la vida y mucho menos de realizar la buena vida que nos corresponde. Así, ocurre todo lo que en la circunstancia correcta no debería suceder, pues lo único que debería suceder es el bien.

  3. Saludos Thelma, muchas gracias por su aportación. Un saludo.

  4. Saludos Cristina, muchas gracias por la aportación. Reflexionaremos sobre lo que dices, pues tiene miga. Gracias por comentar.

  5. Muy buena pregunta. Y de no fácil respuesta.

  6. Cierto Malourdese. Lleva mucha razón. Gracias por comentar, se agradece como siempre. Un saludo.

  7. Esther dice:

    Todas las personas tienen que conocerse a sí mismas, actualizar y rectificar con libertad y responsabilidad el comportamiento ético que se desprende del conocimiento personal y del mundo para guiar su propia vida, una vida que no puede desentenderse del bien ajeno.

  8. Saludos Esther, muchas gracias por su comentario. Se agradece, un saludo.

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