¿Si todos hacemos el bien quién hará el mal?

Publicado: 28 junio, 2013 en Ética y Moral, Derechos humanos, Modos de vida, Pobreza

 

La pobreza se extiende entre los llamados países más ricos. Los recortes sociales para combatir la crisis económica afectan de modo especial a las clases medias y bajas. Todos los informes internacionales constatan que la brecha entre ciudadanos ricos y pobres aumenta con progresiva aceleración: en Alemania el 10% de los ciudadanos acapara el 67% de la riqueza del país. Más extremo es el caso de Gran Bretaña. Al contrario de lo que creían Thatcher y Reagan, los ricos, cada vez menos, aumentan sus riquezas, pero los pobres lo son más si es posible. Pero los datos aún guardan una noticia más pésima: los principales damnificados por la crisis económica y su ineficaz solución es la población infantil.

Según el estudio Bienestar infantil en los países ricos de Unicef, la tasa de pobreza infantil en España es de las más altas de entre las 29 economías más avanzadas del mundo, sólo superada por Letonia, Estados Unidos y Rumania: el 26% de los menores españoles, 2,2 millones de niños, vive en hogares que están por debajo del umbral de la pobreza, por lo que por primera vez se sitúan como el colectivo más pobre del país. En 2010, el gobierno presidido por el señor Rajoy se comprometió ante la Unión Europea a reducir el número de niños en situación de pobreza hasta 2020; no obstante, el número de menores pobres sigue en escalada libre.    

En España la pobreza afecta incluso a las personas con trabajo. Según un artículo del rotativo ‘The Economist’ nuestro país se halla en la Champions League de la desigualdad salarial. La reducción del sueldo de los trabajadores, la subida de los impuestos y los excesivos recortes sociales presentan un efecto devastador en la salud de los ciudadanos europeos y norteamericanos: reducción del acceso a medicamentos, ayudas y atención y el consecuente aumento del consumo de alcohol, depresiones y suicidios según un informe del ‘British Medical Journal’. Los recortes en España ponen vidas en riesgo. Mientras los responsables políticos y las administraciones públicas del país no sabemos bien a qué dedican sus esfuerzos – al margen de reducir el gasto público para servicios sociales – son los pobres pensionistas quienes sustentan a buena parte de las familias.

Ante el espantoso aumento de la pobreza y la desigualdad algunas voces apuntan que está en riesgo la cohesión social. Lo que sí es evidente es que hemos dicho adiós al bien común y sin él qué sentido tiene la sociedad. Muchos son los expertos y analistas que profetizan sobre la resolución del apocalíptico panorama que deja la crisis; sin embargo, ¿dónde están los supuestos intelectuales? Quizá, y es muy probable, ofrezco una parca y reduccionista visión de estos prohombres; sin embargo, más allá de la fácil exhortación a indignarse y la manida reivindicación de valores universales, que a saber cuáles son sino es la virtud moral, que es la cuestión del bien mayor: el bien común, existe la ausencia de una voz firme y coherente que comprenda la diferencia entre el bien real y el bien aparente, es decir, entre lo que está bien y lo que está mal; una voz que recuerde que para llegar a ese mundo en el que el fin último es el bien común no hay que buscar, simplemente y a cualquier precio, el bien particular, sino que al buscar el bien particular se reporte el bien a todas aquellas personas sobre las que repercuten nuestras acciones.

Las acciones y objetivos que se marcan los proyectos personales deben tener como fundamento y fin el bien común, cualquier otra ética respecto al comportamiento humano será descafeinada, imposible o inútil en última instancia. Es obvio que para ello hay que poner fin y trascender el interés personal en beneficio del general; hay que poner fin a las ideologías: “ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil, en efecto, son formas de la hemiplejía moral” (Ortega y Gasset, “La rebelión de las masas”). El intelectual, al margen de anunciar su realidad contemporánea, no tiene que despertar mayor interés que el de ofrecer ideas que contribuyan y estimulen a las personas a obrar el bien debido para alcanzar el bien común, de lo contrario su labor será pura banalidad y, de bien seguro, se convertirá en una correa de transmisión ya que mucho de lo que piense y diga no será sino lo que piensa y dice el establishment. Hoy, y la realidad no se cansa de mostrarlo, hemos de ocuparnos del bien común; la única tarea necesaria es pensar y mostrar la necesidad de alcanzarlo si realmente queremos hacer más real ese romántico ideal de un mundo mejor.

Hablamos de democracia y le ponemos adjetivos, como democracia real; no obstante, la democracia no es la solución de ningún problema, no es posible una sociedad buena si los hombres que la conforman no son virtuosos, si no obran y procuran el bien común. Si no es así es obvio que la democracia, con cualquiera de los adjetivos que la acompañen, podrá debilitarse mediante objetivos no democráticos, de manera que en poco o en nada se distinguirá de una dictadura. Urge recobrar la fe en el bien y en la verdad, que son la antítesis del bien aparente que, refugiado bajo una ética de corte utilitarista y amparado por el desmesurado individualismo, hace del mal y la mentira una virtud. Quizá resulto pesado o inocente, pero una sociedad justa y buena pasa por buscar el bien común, y para ello es necesario un compromiso y una honestidad ética que lleve a distinguir el bien real del bien aparente y, en consecuencia, a denunciar sin miedo ni por beneficio de otros oscuros intereses el mal y la mentira, aunque ello nos ocasione el estar en contra de la mayoría y el situarnos en una posición de outsiders.

Es innegable que el hombre, por su libertad moral, puede obrar el bien real o el bien aparente, es decir, el mal. El hombre, falible y perfectible, puede optar por uno o por otro. Sin embargo sabemos qué debemos y qué no debemos hacer para no perpetuar el actual estado. En cuanto a nosotros los cristianos tenemos una verdadera y única misión cuya realización de bien seguro contribuirá a mejorar y perfeccionar una sociedad que tenga como objetivo y fin el bien común. “Dios es el orden moral de las cosas, mediante el cual, al hacer el bien, se realiza el reino ideal, el reino de Dios” (Hans Küng, “¿Existe Dios?”). Podemos tener muchas ideas, algunas presentadas como milagrosas, de cómo arreglarnos a nosotros mismos y a la sociedad, pero no nos engañemos: la virtud y el bien común son la única alternativa y la única solución. No hay más secreto, son las únicas muletas en las que hemos de apoyarnos si realmente queremos construir la sociedad del bien para la entera humanidad. Dejémonos de retóricas y pongámonos todos a la labor, cada uno en la medida de sus posibilidades y capacidades, pues hay mucho que hacer, sobre todo el bien que pasa por el reconocimiento de la dignidad incondicional de la persona, que debe tratarse como un fin en sí misma y como el fin último y el verdadero bien de la sociedad. De lo contrario, todos, en mayor o menor medida, seremos responsables de la miseria moral y material de una llamada civilización que permite y consiente el empobrecimiento de las personas en beneficio del enriquecimiento de una minoría.

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comentarios
  1. Sigfrid dice:

    Pues sólo nos ocupamos del propio bien particular, sin importarnos mucho qué ocurra a nuestro alrededor… La desigualdad existente sólo es debido al hecho de privilegiar a una minoría, lo que conlleva acentuar las desventajas sociales de la gran mayoría.

  2. Saludos Sigfrid, muchas gracias por aportar tu reflexión sobre el tema, se agradece. Un saludo.

  3. Natalia dice:

    Buenas tardes. Esta sociedad va al revés de lo que demandas, Joan. Basta apreciar esos programas de TV que retratan distintos países del mundo para ver que hay una fascinante y estúpida tendencia a admirar la vida de los ricos y anhelar algo parecido aunque para ello se machaque a seres humanos.

  4. Saludos Natalia. Muchas gracias por la aportación al tema, interesante reflexión la que presentas. Para analizar y pensar. Un saludo. Muchas gracias.

  5. Negro dice:

    Lo curioso es que una abrumadora mayoría de ciudadanos de todos los países, los de las clases bajas o trabajadoras no participamos suficientemente en los asuntos públicos; nos quejamos, pero no hacemos nada más que exigir la responsabilidad que el gobierno tiene de asistir a la gente necesitada, así como exigir que el gasto en educación y salud sean inmunes a los recortes de
    presupuestos e impuestos. Hemos de dar un paso al frente, pero antes necesitamos tener una idea, saber dónde queremos ir y con qué fin. Y eso lo dices bien en la entrada.

  6. Saludos Negro, muchas gracias por la aportación. Se agradece la aportación al tema. Un saludo.

  7. Victoria dice:

    También es común encontrar aquellos para quienes los pobres no deben existir por la sencilla razón de que también son seres humanos y, por ende, no existe razón para que la sociedad los margine y excluya de los beneficios a que tienen derecho como cualquier otro ser social. A estos enemigos de la pobreza es común que se les mezcle -a su contenido profundamente humanista- o atribuyan mezquinos intereses políticos partidistas, y aunque no existan razones valederas para disentir de la necesidad de combatir la pobreza, se termina por perseguir a quienes sin padecer la pobreza, quizá tienen las razones más genuinas para combatirla. Estos son aquellos a quienes después basta con adjudicarles cualquier epíteto del tipo terminado en “ista”, como comunista, anarquista, socialista, agrarista, etc., para que pronto aparezcan en la lista de los que habrá que desaparecer. Y todo por combatir la pobreza, combate con el que nadie parece estar en desacuerdo.

  8. Saludos Victoria, muchas gracias por comentar.

  9. Negro dice:

    Y aún hay gente contenta en España. Un país que no le preocupa generar trabajadores pobres o ha perdido la dignidad o la virtud, tal vez ambas cosas al mismo tiempo. España no tiene muy buen futuro si no se siega toda esta cizaña.

  10. Saludos Negro, muchas gracias por comentar. Un saludo.

  11. Lucien P. Wise dice:

    Únicamente el ejercicio libre y pleno del derecho a la organización permitirá el ejercicio – libre y pleno también – de todos en la administración de las cosas de todos, y garantizará el de cada uno a atender las que sean suyas. Este es el punto de partida para plantear de modo nuevo el debate de otros temas, como el de forjar un Estado competente al servicio de un país competitivo, propuesto años atrás por el economista Elmer Miranda. Pero este es, sobre todo, el medio más adecuado para llegar a conocernos y ejercernos como la sociedad que podemos llegar a ser, trascendiendo finalmente aquella en que nos hemos visto acorralados durante los últimos treinta años.

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