Papa Francisco: “La amistad es posible. Ese es el mejor de los mensajes que podemos dar”

Publicado: 26 junio, 2013 en Amistad, Ética y Moral, Modos de vida

amistad2La amistad entre el rabino Abraham Skorka y yo es un ejemplo de que el diálogo en el mundo es posible y que la amistad es posible. Ese es mi principal mensajedeclara el Papa Francisco. El hombre no sólo vive, sino que debe aprender a vivir junto con los demás. Lo más importante de un modelo de vida es que este sea auténtico y comprensible; que conduzca a la persona a lo largo de su existencia dotándola de propósito y sentido. El hombre debe conocerse y comprender la realidad que le alberga para penetrar más profundamente en el misterio del ser del hombre y evitar, en todo lo posible, el error, la ofuscación, el egoísmo y todas aquellas actitudes que le convierten en un salvaje para el otro mediante la reflexión, la benevolencia y el amor.

El hombre, para ser más libre y auténtico necesita desprenderse del exorbitante ego. Nuestro ser interior reclama un significado que se halla en el amor y que se desarrolla mediante la capacidad de amar. El ego no busca amar, sino ser amado. Así, muchos buscamos que se nos ame por el éxito, el poder, la riqueza… a cualquier precio, incluso a través de la cosificación e instrumentalización de las personas o por la enemistad con ellas. Pero el amor no es un objeto, no se puede poseer; el amor es un estado en el que llega y se desarrolla la naturaleza del ser de la persona abriéndose con autenticidad a los demás y al mundo que compartimos. No es fácil llegar al camino del amor, pues de continuo se anhela, desde la vanidosa irreflexión de una voluntad susceptible y caprichosa, la aprobación ajena incluso mediante el uso de tretas ilícitas; sin embargo, es necesario avanzar en él, pues no sólo los “hombres forman el medio ambiente de cada una de las actividades humanas” (Hannah Arendt, “La condición humana”), sino que el amor es el modo debido de relacionarse entre los hombres.

 El dinero, el éxito, la posición… no satisfacen la profunda interioridad del hombre, ávido de sentido, aunque sí al excesivo ego de la persona superficial, cuya conciencia depende en exclusiva de la opinión favorable que de él tienen aquellos sobre los que vierte su injusta egolatría – y con ella se conforma –. El hombre anhela la verdad para alcanzar aquellos bienes genuinos y esenciales a la naturaleza del ser para la propia realización existencial. La persona aspira a evolucionar a lo largo de su vida en el profundo misterio del ser, cuyo duro esfuerzo reporta un espléndido laurel: el crecimiento y el desarrollo interior, el vivir de un modo más auténtico y acorde al estatuto ontológico del ser humano con una actitud abierta y una disposición de acogida para comprender las cosas tal y como son hasta donde sea posible y no con el badulaque y vano interés por presentar como falso lo verdadero y verdadero lo falso.

El hombre es un ser que busca, sin embargo, “he visto a las mejores cabezas de mi generación escupir sobre el crucifijo cristiano en nombre de la razón para luego terminar dando tumbos, perdidas, entre tinieblas, en busca de una nueva vaca sagrada que las salvase del nihilismo y de la desesperación” (Allen Ginsberg, “Aullido”). Así, es necesario señalar este obstinado empeño que tenemos por mantener un argumento o por reconstruirlo cuando sabemos que nuestra tesis es falsa, errónea o imperfecta respecto a otra sino definitiva sí más correcta. ¿Dónde nos lleva y que reporta esta actitud de defender una idea – ideología religiosa, económica, política, etc. – en contra de la verdad? Sin duda, nos conduce al fundamentalismo, a la disputa y nos reporta languidez de entendimiento. Hay que vivir con otra actitud, es preciso salir de nuestro pequeño orbe de prejuicios, donde los árboles no dejan divisar el bosque, y contemplar la realidad con rigurosa honestidad procurando entender los argumentos del otro en lugar de enzarzarse con él por el simple hecho de defender principios distintos u opuestos. ¡Diálogo!

La Biblia lleva razón cuando dice que el maligno se embosca en lo baladí” (Fernando Sánchez Dragó, “La prueba del laberinto”), pues en lo profundo y trascendente es presa cómoda de la verdad y el bien. Y el hombre, salvo el sometido por la mediocridad, estima más la verdad y el bien que vivir en la mentira y en el mal que causa el egoísmo, el endiosamiento y el odio y que puede tener tanta fuerza como el amor, en el que brillan la caridad, la humildad y la amistad. En la medida en que nos conocemos y descubrimos que hay que apostar decididamente por el primado del hombre al concebirlo como la dignidad más incondicional, como la única realidad que es fin y no medio surgen, de modo intrínseco, el humanismo y el amor en el que el yo y el tú se relacionan y se asocian en un sincero diálogo donde lo mío y lo tuyo se transforma en lo nuestro; donde mis ideas y tus ideas, distintas, contrarias e imperfectas, desembocan en el deseo de construir una sociedad más humana – en el que el fin sea el desarrollo y la perfección de la dignidad del ser humano –,una sociedad, como dice el rabino Skorka, “donde el brillo de cada uno pueda asociarse con el brillo del otro y crear una sociedad maravillosa, plena de brillo”.

Hemos de cambiar nuestra forma de vida, pues hemos hecho una virtud del beneficio propio mediante la instrumentalización, el acoso y la persecución de la persona del otro. Para mejorar la sociedad – una sociedad afectada por la creciente diferencia entre ricos y pobres – sabemos el camino, el primado del hombre, que reporta, consecuentemente, el bien común. Llegar a ello no es fácil, pero desde la convicción de este anhelo necesario es posible la aproximación de las más dispares posiciones, la resolución de los conflictos y la definitiva conciliación de la entera humanidad. Reitero, no es fácil desmantelar el ego y el miedo a no estar en lo cierto, pero hay que lograrlo para alcanzar esa paz que sólo ofrece el amor en el que el yo y el tú abandonan el terreno de parcelas de lo mío y lo tuyo para hacer de lo nuestro el auténtico medio ambiente en el que crece y se desarrolla la entera humanidad. Todos tenemos mucho en común y algo universal que defender: el primado del hombre. Para ello es necesario, primero, conocerse uno a sí mismo, ya que cuando uno se conoce como dignidad incondicional descubre al otro también como dignidad incondicional, como fin que está por encima de cualquier idea.

Entradas:

¿Feliz por quién eres o por lo que tienes?

El amor siempre supone salir de uno (bien común).

¿De qué lado estás?

Conócete a ti mismo (I).

Conócete a ti mismo (II).

Conócete a ti mismo (III).

comentarios
  1. ¡Claro que es posible! En cualquier circunstancia de nuestra vida.

  2. Saludos Malourdese, desde luego que es posible… hemos nacido para ello. Muchas gracias por comentar.

  3. Terencio dice:

    Bien, esto está bien, pero ¿es posible alcanzar un estado de amistad entre la entera humanidad?

  4. Mary dice:

    Vencer la vanidad. ¡Qué gran reto!

  5. Saludos Terencio, antes de nada gracias por comentar. Interesante pregunta. A nivel lógico la cuestión de la pregunta es realizable, ahora, a nivel práctico pienso que para ello es necesario realizar lo que aquí manifiesto. ¿No? Gracias por comentar.

  6. Saludos Mary. Un gran pero maravilloso reto que debe llevarnos a un estado de mayor plenitud. Gracias por comentar.

  7. Elena dice:

    El fin del ser humano es el bien y obrar de modo consecuente buscando el bien no sólo de uno mismo, sino el de todos, por amor a las personas mismas, pues sólo así uno puede respetar la dignidad de la persona. No obstante aparece el egoísmo, que es ocuparse de los intereses particulares poniendo la atención en eso que llamas bien aparente, en lo material, en lo que realmente no nos hace crecer como personas, aunque llene nuestro ego.

  8. Saludos Elena, muchas gracias por su aportación, muy interesante esta reflexión. Para pensar. Gracias por el comentario, se agradece. Un saludo.

  9. Ramon dice:

    Hola. Muchas gracias por este excelente artículo.

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