¿Por qué se muere la gente?

Publicado: 10 junio, 2013 en Modos de vida, Pensamiento

muerte

La muerte es verdadera. En la pregunta por el sentido de la existencia descubrimos que tenemos que elegir en todo instante nuestra forma de vida, que emana de nuestro estatuto ontológico, y, al mismo tiempo, que la vida está ordenada por la muerte. El hombre es un ser mortal: “con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gn 3, 19). La vida de una persona es breve y se presenta como una exigencia: no sólo hay que vivirla en cada segundo, sino que en cada segundo debemos tomar una decisión vital, pues si se posterga o se deambula con oídos sordos ante las cuestiones trascendentes – ¿quién soy?, ¿qué he de hacer?, ¿adónde voy? – no sólo nos perdemos experiencias, sino que, fallando al imperativo de autenticidad, nos quedamos sin ser nada, “porque no puedes ser verdaderamente sino el que tienes que ser” (Ortega y Gasset, “El tema de nuestro tiempo”).

Lo que tenemos que ser realmente y en sentido último parece una cuestión secundaria o intrascendente para muchos de nosotros. El ser humano es un sujeto que se deshumaniza, que se desnaturaliza, que se aparta, en definitiva, de su camino ontológico y existencial, que es el único que puede ofrecer sentido auténtico. Por eso, muchos, avanzamos por una montaña rusa en la que se suceden estados de alta satisfacción con otros de hundida angustia por la sencilla razón de que el hombre no sólo no se conoce, sino que pretende, insensato, huir de sí mismo. Se teme a la muerte biológica, que forma parte de la condición natural del ser humano, por la incapacidad de encontrarle una razón que no convierta a la existencia en un transitado y pasajero absurdo. Obviamente, la vida no es un absurdo, sino que esta es una idea que se encuentra en la visión que tiene de ella quien realmente no la conoce ni se conoce a sí mismo.

La vida y la muerte no son absurdas, sino que son dos realidades ontológicamente verdaderas ante las cuales el hombre tiene que habérselas sí o sí. El hombre es y tiene que ser – en el mundo según su naturaleza ontológica – y acorde a ello debe descubrir su vocación y darle cumplimiento sabiendo que, antes o después, morirá. No obstante, “el ser humano en tanto que persona o ser espiritual es un ser supratemporal” (Gabriel Marcel, “El misterio del ser”). Una de nuestras cuestiones trascendentales – común a todo hombre – no es otra que esa que se pregunta por el más allá o por el después de la muerte: ¿es un epílogo o es la frontera a otra vida y una continuidad de la misma en otro estado o dimensión más perfecta? La muerte no supone ningún problema, no hay nada malo en ella para el hombre que se conoce, sólo es un misterio entre otros tantos. No es ningún problema porque si uno se prepara para la vida, dotada de sentido, descubre que también debe prepararse para la muerte, que no es un dejar de ser, sino que es un ser – un estar siendo – que todos afrontaremos y en el que descubriremos si es un término o una senda.

Nadie puede afirmar que la existencia de una persona es una biografía que culmina con la muerte. En ella, desde luego, acontece un suceso único a nivel biológico, pero el hombre no sólo es biología. La vida humana, que posee la capacidad de dotar de sentido la existencia del hombre, descubre en sí una dimensión trascendental o absoluta que desborda lo estrictamente material. Nadie puede negar, mediante argumentos, que la muerte sea tal vez un límite positivo para el ser – espíritu – del hombre en el posible encuentro con el Ser en sí – Si el Ser en sí no existiese, no tendríamos explicación de por qué hay ente y no más bien nada; tampoco habría explicación para hablar del orden y la coherencia interna de las cosas –. La muerte sucede, ¿pero no será, además, necesaria? No quiero decir que uno tenga que buscarla o pedirla – ya llegará –, sino que si el ser del hombre es un sujeto en el mundo consciente de su muerte, ¿no será un ser para afrontar la muerte y trascenderla? Estoy convencido de que la existencia de uno mismo no se hace plena ni total sin ni antes de la muerte, que no es un fin sino ‘un algo’ a experimentar y que cuando se experimente podremos dilucidar su misterio y resolver el enigma de una existencia, la nuestra, que avanza y se realiza, constante, en cada uno de los segundos que marca nuestro reloj.

Es evidente que con la muerte dejamos de ser en este orbe en el que, por ahora, deambulamos. Pero esta es una evidencia de aquellos que vemos morir a otros, no del que experimenta su propia muerte y, quizá, algo más que el dejar de ser en este mundo. Por otro lado, si el recuerdo – amor – de los vivos – entes que participan del ser – puede mantener la memoria de los muertos en este mundo – que sería un tipo de ‘vida’ –, ¿no podrá el Ser – con su amor – mantener la ‘vida’ de los muertos en su presencia? No hay nada que nos garantice la vida después de la muerte, ni la consideración lógica y la exigencia ontológica del Ser en sí – del cual participamos y dependemos y del que ya hablé recientemente en cuatro entradas tituladas “el conocimiento de la realidad (y de Dios)” – salvo la fe en la promesa de la resurrección anunciada por Jesucristo: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54).

Para los cristianos la vida es la historia de la salvación del hombre. La Sagrada Escritura nos dice que “por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rm 5, 12), pero añade: “lo mismo que el pecado reinó en la muerte, así también reinará la gracia en virtud de la justicia para vida eterna por Jesucristo nuestro Señor” (Rm 5, 21). De este modo, la relación con Dios conduce a la gracia, que es la participación en la vida presente de la Jerusalén celestial. No obstante, cuando no amamos las cosas que ama Dios, que son aquellas a las que se inclina de modo intrínseco nuestro estatuto ontológico – las cosas no son buenas porque son queridas, sino que son queridas porque son buenas –, es la muerte eterna (Rm 8, 5-25). Como señalo al comienzo, cuando uno se niega a ser lo que debe ser se queda sin ser nada, se convierte en un muerto espiritual – en un sujeto que lleva una vida falsa – que, sin duda, si es un problema, a diferencia de la muerte biológica, que es un misterio que se resuelve, para el hombre de fe, en la resurrección, que “es el desarrollo máximo de la unión del hombre con Cristo” (Schmaus, “Teología dogmática”), en la que Él incorpora la realidad del hombre a su propia persona para hacerle partícipe de su Gloria.

Artículo de la imagen: “Perché si muore?”

 

comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Hola. La muerte es un fenómeno de la vida que como cualquier otro todos hemos de afrontar. Sí, tiene ese componente de límite, pues no conocemos, por experiencia, que ocurre durante y después de ella, al margen de la revelación. Interpreto, como dices, que nadie puede decir que no quepa la posibilidad de que el hombre pueda superar la muerte

  2. Pablo F dice:

    Saludos. Muy interesante entrada, Joan. El ser humano es un ser existente que participa del ser. ¿Hay alguna razón para considerar que no se da una continuidad del ser (espíritu, alma) tras la muerte biológica? Cabe, sin justificación, una visión negativa, reduccionista, sin alcance ni argumento de certeza: “La muerte no es nunca lo que da a la vida su sentido: es, al contrario, lo que le quita por principio toda significación. Si hemos de morir, nuestra vida carece de sentido, porque sus problemas no reciben ninguna solución y porque la significación misma de los problemas permanece indeterminada” (Sartre, “El ser y la nada”). Un abrazo.

  3. Saludos Cristina, muchas gracias por participar en el tema. Un saludo.

  4. Saludos Pablo, muchas gracias por la aportación y por la cita de Sartre. Un saludo.

  5. Sigfrid dice:

    Los hombres somos muy extraños. Como dices, no nos conocemos, damos la espalda a la muerte y huimos de ella cuando es propio de la vida, ella avanza hacia la muerte. Ésta, como el nacimiento, es un proceso más de la vida de cada persona. Hemos de entender el sentido de la muerte, sólo así podremos experimentarla en todo su alcance. En ella, viviéndola, podremos descubrir lo que se pregunta Sócrates, quien quiere ver quién morirá con la muerte: ¿morirá la muerte, o moriré yo?

  6. Saludos Sigfrid, muchas gracias por comentar. Dejo una cita de Osho interesante para pensar: “Lo que llamamos vida y lo que llamamos muerte forman parte, ambas cosas, de una vida más amplia. Yo estoy respirando. Sale una bocanada de aire; entra una bocanada de aire. La misma bocanada de aire que sale vuelve a entrar al cabo de un tiempo, y la misma bocanada de aire que entra vuelve a salir al cabo de un tiempo. Inspirar es la vida, espirar es la muerte. Pero ambos son pasos de una vida más amplia: de la vida y la muerte que caminan juntas. El nacimiento es un paso, la muerte es otro paso. Pero si pudiéramos ver, sí pudiéramos penetrar, alcanzaríamos la visión de la vida más amplia” (Osho, “Aquí y ahora”.

    Un saludo.

  7. Antonio Espín dice:

    Excelente entrada, Joan. La vida es la búsqueda de la verdad y el bien. Nadie comprendió por qué Sócrates no tenía miedo de la muerte. Para él la muerte era inevitable, su único temor era traicionarse a sí mismo.

  8. Saludos Antonio, muchas gracias por su aportación al tema con la figura de Sócrates. Un saludo.

  9. ¿Y si resulta que la gente se muere por exactamente las mismas razones por las que se llevan muriendo todos los organismos pluricelulares desde hace lo menos 800 millones de años?
    Vamos, que a lo mejor tampoco es para tanto.
    Saludos

  10. Saludos Jesús.

    Disculpa la tardanza, pero tu comentario estaba, por alguna razón que ignoro, en la cola de spam (por eso no lo he visto hasta ahora).

    Intuyo que perecemos por la misma razón ayer, hoy y mañana.

    Muchas gracias por comentar, Jesús. Un placer leerte.

  11. Gabriel A. Jordan dice:

    ¡Cuantas veces se nos dice que la muerte hace problemático el sentido de la vida total, que, en última instancia, todo carece de sentido, puesto que la muerte vendrá, a la postre, a destruirlo todo! ¿Puede realmente la muerte anular o menoscabar el sentido de la vida? Por el contrario. En efecto, ¿qué ocurriría si nuestra vida no fuera finita en el tiempo, sino temporalmente infinita o ilimitada? Si el hombre fuese inmortal, podría con razón demorar cada uno de sus actos hasta lo infinito, no tendría el menor interés en realizarlos precisamente ahora, podría dejarlos perfectamente para mañana o pasado mañana, para dentro de un año o de diez. En cambio, viviendo como vivimos en presencia de la muerte como límite infranqueable de nuestro futuro y la inexorable limitación de todas nuestras posibilidades, nos vemos obligados a aprovechar el tiempo de vida limitado de que disponemos y a no dejar pasar en balde, desperdiciándolas, las ocasiones que sólo se le brindan una única vez y cuya suma ‘finita’ compone la vida.

  12. Saludos Gabriel. Muchas gracias por su comentario y por las cuestiones que plantea. Reflexionaremos. Gracias y un saludo.

  13. Mareina dice:

    La muerte debe ser aceptada y vivir lo mejor posible.

  14. Saludos Mareina, muchas gracias por su comentario.

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