El conocimiento de la realidad (y de Dios) Parte IV

Publicado: 5 junio, 2013 en Metafísica

En la realidad hay en absoluto un ente y no más bien nada (Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”). Si todo lo que es y es algo es ente, es indudable que el ente no sólo es el primer concepto que capta el entendimiento, sino que es verdadero, pues algo es cognoscible sólo en cuanto está en acto – en cuanto tiene ser –, y lo que está en acto es el ente. No obstante, como hemos dicho en las entradas anteriores, el ente tiene ser, pero no es el ser en grado absoluto. Así, el fundamento último de la verdad es el Ser en sí. El Ser es quien causa la verdad del intelecto, por lo que las cosas no dependen en absoluto de la ida que poseamos de ellas. Como la idea de las cosas no depende de nuestra voluntad, estas presentan un orden y una coherencia ontológica propia cuyo fundamento es el Ser.

La verdad, decimos, se predica de las cosas en orden al entendimiento. Como el acto de ser se da en grados de menor a mayor intensidad en las cosas, es decir, de las más imperfectas hasta Dios, el entendimiento humano – que es la de un ente que tiene ser, pero no el ser en grado absoluto – que podría no existir, no es su fundamento, pues las cosas pueden existir y existen al margen de la existencia del hombre, debemos decir que la idea de todas las cosas se encuentra en el entendimiento del Ser en sí, de Dios: “las cosas sensibles existen realmente; y si existen realmente, son percibidas necesariamente por una mente infinita; por tanto existe una mente infinita o Dios” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”). Si el Ser en sí no existiese, no tendríamos explicación de por qué hay ente y no más bien nada; tampoco habría explicación para hablar del orden y la coherencia interna de las cosas, que proceden de Dios y tienen en Él su principio y causa. Todo ente que no posee el ser en grado absoluto presenta dependencia en el ser, pues lo que puede no-ser, pero es o llega a ser no es por sí mismo, sino que tiene una causa, pues un ente que no posee el ser en sí – que no es necesario – es imposible sin una causa incausada que le otorga la participación en el ser.  

La evidencia del ser es una realidad, no así la existencia de Dios, que no se puede demostrar como se demuestra la existencia de otras cosas. “Toda demostración ha de atenerse a aquello que busca. Si buscamos dividir geométricamente un terreno determinado, necesitamos un procedimiento matemático; si buscamos prever las fases de la luna es precisa una prueba astronómica […]; pero si lo que tratamos es de saber si Dios existe necesitamos una prueba metafísica” (Enrique Moros, “Metafísica”). En la primera entrada hablamos de Descartes. Es obvio que el ideal de la evidencia matemática sólo es alcanzable en la misma matemática; fuera de ella no es aplicable a las demás ciencias del hombre, menos abstractas, ya sean las ciencias naturales – empíricas – o la filosofía. Además, no es lo mismo la certeza del saber que la certeza del vivir. No hay ninguna evidencia matemática que resuelva los problemas de la vida humana más que el conocerse a uno mismo en la inevitable y realísima cotidianidad: ante el asombro de que hay un mundo, de que existe lo que existe, nos situamos en el umbral de lo trascendente con el deseo de hallar una sede firme en medio de la incertidumbre.

Ante la incertidumbre del hombre que mira a la naturaleza creada Pascal exhorta al riesgo de la fe en Dios, el único que puede dar respuesta a los misterios que afectan al ser humano: “+ Año de gracia de 1654, lunes, 23 de noviembre, a partir de las diez y media de la noche aproximadamente hasta cerca de media hora después de la media noche. FUEGO. ¡El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios! Certeza, certeza. Sentimiento. Alegría. Paz. Dios de Jesucristo. Deum meum et Deum vestrum. Tu Dios será mi Dios. Olvido del mundo y de todo salvo de Dios. Sólo por los caminos que enseña el Evangelio se le puede hallar. La grandeza del alma humana. Padre justo, el mundo no te ha conocido, mas yo te he conocido. Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría. Me deleriquerunt fontem aque vivae. ¿Me abandonaréis Dios mío? Que no me vea eternamente separado. Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y aquel a quien enviaste, Jesucristo. Jesucristo, Jesucristo, de Él me separé, lo rehuí, negué, crucifiqué. ¡Qué de Él no me vea nunca separado! Sólo por los caminos que enseña el Evangelio se le puede guardar. Liviano y total renunciamiento. Total subordinación a Cristo Jesús y a mis guías espirituales. Eternamente en alegría por un día de ejercicio en la tierra. No olvidaré tus palabras. Amen” (Blaise Pascal, memorial citado en “Obras completas”). Ésta no es una certeza matemática, pero tampoco es una certeza irracional, sino un ejercicio racional, un ejercicio de la razón: “el último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan” (Pascal, “Pensées”, 267).

No basta con la sola certeza racional para obtener una base firme y segura sobre la que puedan alzarse todas las demás certezas. La racionalidad de la razón nunca puede darse por supuesta; además, quien procede así, acrítico y confiado con la sola razón es aquel que tiende a aproximarse a la verdad con engaño, con una posición previa antes de abrirse a la realidad. De este modo no se busca realmente la verdad, sino más bien adecuarla al gusto propio, del mismo modo en el que uno dispone los muebles en su hogar. Evidente es que tampoco la fe puede darse por supuesta, sino que la fe y la razón nos aproximan a la verdad cuando hay consentimiento de uno consigo mismo, con la conciencia y con la realidad – el Ser en sí en última instancia – que nos lanza una invitación razonada a entrar en contacto con ella, sin abstracción – no al Dios de los filósofos –, sin prejuicio, con total libertad. Y ya que la sola razón no puede determinar nada sobre esta cuestión, las oportunidades a favor de la fe en la existencia de Dios son infinitamente mejores que a favor de la increencia, aunque sólo sea, de partida, porque hay ente y no más bien nada.

Desde luego, en nuestra cotidiana realidad no pueden darse por supuestas ni la razón ni la fe, pues no persisten en sí mismas, sino que ambas deben experimentarse de continuo, en cada decisión; y ya que abarcan todas las dimensiones de nuestra existencia – es decir, lo que está en juego es el ser del hombre entero – deben ser siempre pensadas, experimentadas y manifestadas (Ratzinger, “Evangelio, catequesis, catecismo”) aceptando, insisto, la constante invitación del ser al conocimiento de la verdad, inclinación que emana de nuestro estatuto ontológico.

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comentarios
  1. Pablo F. dice:

    El ser es el fundamento siempre presente del existente; no hay ser que no sea ser en una manera de ser, a excepción del Ser, que es ser en sí en su totalidad.

  2. Saludos Pablo, muchas gracias por la aportación. Un saludo.

  3. […] eliminar todos nuestros prejuicios y seguir con nuestros propios pasos el sendero de la vida arraigada en el Ser. ¿Hay mayor verdad que el ser? Si seguimos nuestro propio camino, si adquirimos conocimiento de la […]

  4. […] subjetiva ni consensuada, sino que debe hallarse fijado a una instancia trascendente, el Ser en sí del que ya hemos hablado. De este modo, es necesario, si buscamos la verdad y el bien de la persona, reintroducir lo […]

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