¿Los cristianos somos coherentes y ejemplares?

Publicado: 21 mayo, 2013 en Laicismo, Modos de vida, Política, Religión

contactosEl señor Jaime Mayor Oreja, europarlamentario del Partido Popular, manifestó recientemente que uno de los mayores problemas de Europa está en “haber olvidado las raíces cristianas“. Si uno se detiene encontrará en su reflexión que algunos cristianos, muy a nuestro pesar, somos personas cuyos actos, en ocasiones, y más de las deseables, se hallan en las antípodas de aquello que supuestamente profesamos y predicamos. Ahora hablaré primeramente del Partido Popular, pero de bien seguro que si sustituimos el nombre de este partido por el nuestro propio en poco o en nada se modificará de cuanto aquí diré.

El señor Mayor Oreja señala, y no sin razón, que nos hemos olvidado las raíces cristianas. El mismo partido del que este señor es miembro recoge en su ideario ideológico el concepto humanismo cristiano: “El PP pone de relieve la tradición humanista cristiana e ilustrada, consagrando el derecho a la vida, la dignidad de la persona, el valor de la libertad…”. Es obvio, y a la realidad más empírica me remito, que estas elocuentes palabras, que podría esgrimir el propio Giovanni Pico della Mirandola, resultan hueras. La consagración del derecho a la vida no es tal cuando se acepta la posibilidad de poner fin a la incipiente vida del nonato; tampoco la dignidad de la persona cuando, por ejemplo, se suprimen vitales y necesarias ayudas como la dependencia y se auxilia a los bancos, corresponsables de la actual crisis, en detrimento de las personas, muchas de ellas desahuciadas – en España hay un desahucio cada 15 minutos – y en el umbral de la extrema pobreza.

La guinda de esta fiel conformidad con el humanismo cristiano que el Partido Popular pone de relieve en sus políticas se halla en la evangélica decisión, por parte del Ayuntamiento de Madrid, de otorgar una subvención de 42.500 euros a una web  dedicada a poner en contacto a usuarios para mantener relaciones de amistad, de amor y/o de sexo, alegándose que dicha web presta “un servicio a una parte muy importante de la población que con el ritmo de vida moderno no tiene tiempo de hacer vida social”. Quizá a algunos les parecerá que caigo en la crítica hostil; sin embargo, la única intención es profundizar en la necesidad de pensar y de cuestionar los acontecimientos que nos circundan, como puede ser esta falta de coherencia, insisto, en aquello que practicamos, en este caso el cristianismo. En estos tiempos en los que el horizonte de muchas personas parece teñido por la sombría incertidumbre y la duda los cristianos cómo podemos ser esa luz que ilumina en defensa de la vida y de la dignidad del hombre cuando no nos tomamos en serio ese Evangelio que, al mismo tiempo, queremos que lo acojan aquellos que lo desconocen y no lo viven.

La esperanza pasa por construir la sociedad desde el humanismo cristiano apostándose con decisión por el primado del hombre. Sin embargo, si aquellos que nos mostramos decididos en construir un mundo desde el fundamento de la incondicional dignidad de la persona somos los primeros en no darle su verdadero alcance y trascendencia, en el caso del Partido Popular utilizándolo como simple herramienta ideológica para ganar un mayor número de votos, vamos apañados. En una época, repito, en la que la carestía afecta a un mayor número de conciudadanos, qué autoridad moral tiene aquel cristiano que ofrece una interesante suma de dinero público a una página de contactos cuando podría beneficiar a una entidad como Cáritas, más cuando la razón para ofrecer dicha subvención es el prestar “un servicio muy importante a la población moderna”.

La nuestra es una sociedad en crisis porque desconoce que la esperanza se construye en la persona – en la humanidad – y no en la ideología – económica, política, religiosa, etc. – y el utilitarismo. Al no conocernos a nosotros mismos o al no reconocer con seriedad nuestro fin último trascendente, la esperanza se vuelve una quimera o su anuncio un acto fariseo. La esperanza sólo es posible en el momento en el que el hombre se sabe criatura, que su esencia y acto de ser se destinan hacia el Ser en sí que es el fin y fuente de plenitud y quien dota de dignidad a la persona. ¿Queremos construir una sociedad mejor? Demos, pues, verdadero testimonio de Cristo con todas y cada una de nuestras acciones y en todos los ámbitos en los que nos movemos con el convencimiento de que no es en los ideales humanos sino en Cristo donde se traza la liberación y la esperanza. El humanismo cristiano ofrece una visión completa de la persona, pero es necesario que el hombre se deje renovar por esta verdad para fundar con solidez su existencia y, en consecuencia, hablar de un futuro iluminado por la Verdad última a la que la persona se encamina con esperanza. Debemos ser conscientes de que formamos parte de una comunidad, la humana, que se asocia para llevar a término un mismo fin, el bien común en el marco de la historia de la salvación del hombre. Todo lo demás son cantos de sirena.

¿Quién es el hombre y cuál es su valor esencial? No hay duda – recomiendo la lectura de ambos enlaces – que de la respuesta que ofrezcamos resultará el modelo de sociedad y la concepción de persona. Lamentablemente, y aunque en el ámbito teórico existe si no unanimidad sí cierto convencimiento de la incondicional dignidad del hombre, la nuestra no es una sociedad humanista, y menos cristiana, en su forma de gobernar su devenir. El problema, además, se agudiza cuando somos los mismos cristianos – algunos muchos, empezando por uno mismo – quienes no gobernamos realmente nuestra existencia de un modo auténticamente cristiano. Por tanto, no nos extrañemos de la dirección, pasajera, que lleva la cultura contemporánea ni de los errores nefastos que esto causa y asumamos directamente nuestra cuota de responsabilidad en la devaluación intrínseca del hombre, abierta a cualquier infausto abismo, a la banalidad del mal (Hannah Arendt, “Los orígenes del totalitarismo”).

No podemos ser auténticos cristianos si nuestras acciones, todas, no descubren de manera clara y evidente que el fundamento de la sociedad es la dignidad del hombre – y el fin el bien común –, una dignidad absoluta que va más allá de una consensuada declaración de derechos humanos al apuntar a su hacedor, quien garantiza y hace respetable al hombre frente a sus semejantes.

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comentarios
  1. Jesús dice:

    Me temo que el homo sapiens sapiens europeo actual es más o menos igual de coherente (o quizán un pelín más) que lo que lo han sido nuestros antepasados en los 200.000 años de historia de nuestra especie. Difícilmente esa presunta “falta de coherencia” puede explicar la actual crisis económica, pues éramos igual de coherentes o incoherentes hace 10, 20, 50 o 300 años, y en cambio la situación económica en cada caso era muy distinta.
    Confío, más bien, en que unas buenas dosis de inspirada política económica pueden ayudar a arreglar la situación más que toneladas de coherencia (¿moral?).
    Saludos

  2. rosaliadeabreu@gmail.com dice:

    No, somos seres humanos. Con caídas y logros, nos distingue querer alcanzar la fe de Jesús e imitar su vida.
    Enviado desde mi BlackBerry de Movistar

  3. Saludos Rosalía, muchas gracias por su aportación. Un saludo.

  4. Saludos Jesús. Muchas gracias por comentar. Bueno, una inspirada política económica siempre será ética, y, consecuentemente, moral. ¿No? Un saludo y muchas gracias por comentar.

  5. Jesus Zamora dice:

    Joan,
    no tengo del todo claro que ser “moral” sea una condición absolutamente necesaria para que una política económica nos pueda sacar de la crisis; lo que sí tengo claro es que no es una condición suficiente.
    Saludos

  6. Saludos Jesús… evidentemente la moralidad reside en la persona o personas que ponen las políticas en práctica. Es innegable. Ninguna política económica se pone en práctica sin la acción moral, buena o mala, de las personas. Un saludo.

  7. Oscar P. dice:

    Los creyentes somos, como buena parte de la humanidad, muy hipócritas.

  8. Saludos Oscar, muchas gracias por comentar.

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