El conocimiento de la realidad (y de Dios) Parte II

Publicado: 16 mayo, 2013 en Berkeley, Descartes, Metafísica, Wittgenstein

Descartes llega a la idea de la existencia de Dios por distintas vías. Una de ellas es a través de la presencia de la idea misma de Dios en nosotros, que se justifica si realmente existe Dios, quien pone su idea en nosotros, ¿o no descubrimos la autoría de un escrito por la firma? (Gn 1, 27). Para Descartes la idea de una sustancia infinita es la más clara y distinta de todas. No obstante señala que si bien es concebible no es comprensible; es decir, jamás alcanzamos un conocimiento completo de Dios – pues quedaría limitado por nuestro entendimiento – en cuanto que la incomprensibilidad se halla contenida en la razón formal de lo infinito.

Otra de las vías por las que accede a Dios es mediante la imperfección del ser del hombre. Hemos visto que el hombre es un ser pensante – cogito, ergo sum – que tiene la idea de Dios – “un hombre jamás puede verse obligado a pensar en la existencia de una cosa de la que no tiene ninguna idea. Cualquiera que afirme que puede, juega con las palabras” (George Berkeley, “Comentarios filosóficos”) –, un ser infinitamente perfecto. Al respecto, es necesario indicar que concebir la idea de un ser perfecto implica entender la existencia de un ser dotado de una perfección infinita de la que carecemos los hombres; aunque si estuviese en nuestra facultad poder ser infinitamente perfectos como Dios lo seríamos, pues el hombre, por su estatuto ontológico, tiende siempre al bien en cuanto lo concibe – las cosas son queridas porque son buenas –. Sin embargo, si no podemos darnos a nosotros mismos las perfecciones que percibimos en Dios, menos aún está en nuestro dominio el procurarnos la existencia: “a cualquiera que sea capaz de la más mínima reflexión le resulta claro que nada es más evidente que la existencia de Dios, es decir, de un espíritu que está inmediatamente presente a nuestras mentes produciendo en ellas toda esa variedad de ideas o sensaciones que continuamente nos afectan, del que dependemos total y absolutamente; en una palabra, en quien vivimos, nos movemos y existimos” (George Berkeley, “Principios del conocimiento humano”). Esta idea también se halla presente en Wittgenstein: “no puedo dirigir los acontecimientos del mundo según mi voluntad: soy enteramente impotente” consecuentemente “al significado de la vida, esto es, al significado del mundo, lo podemos llamar Dios” (Ludwig Wittgenstein, “Notebooks”). Descartes concluye que existe una causa primera, Dios, que nos confiere el ser continuamente, lo mismo parece apuntar Berkeley: “viendo que no dependen de mí pensamiento (las ideas) y que tienen una existencia distinta de ser percibidas por mí, tiene que haber alguna otra mente en la que existen. Por tanto, es tan seguro que el mundo realmente existe como que hay un espíritu infinito, omnipresente, que lo contiene y lo soporta” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”).

La tercera vía por la que accede Descartes a la idea de Dios es un argumento, el ontológico, que no convence a todos, pues concluye de las perfecciones de Dios su existencia. No obstante, ¿la existencia del ser sumamente perfecto no resulta necesaria? Parece de sentido común que si tenemos en cuenta que la existencia no es ninguna perfección, sino más bien la conditio sine qua non de todas las perfecciones, la idea del ser sumamente perfecto no sólo no debe ser contradictoria, sino que de ella debe desprenderse, por necesidad lógica, la existencia de Dios. “Las cosas distintas de Dios las concebimos como pudiendo existir, mientras que a Dios lo concebimos como existiendo necesariamente […] Y es que el caso de Dios es diferente, porque es imposible concebir a Dios sin existencia, puesto que no se trata de que el pensamiento haga que Dios exista, sino que es la existencia de Dios la que obliga a concebirlo de esa manera. Somos libres para concebir un caballo con alas o sin alas, pero no somos libres para concebir a Dios sin existencia” (J. Luis Fernández, “Historia de la filosofía moderna”).

¿Podemos decir que “las cosas sensibles existen realmente. Y si existen realmente, son percibidas necesariamente por una mente infinita; por tanto, existe una mente infinita o Dios” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”)? Para responder a esta pregunta vayamos a la realidad misma y conozcámosla. El primer concepto que capta el entendimiento es el ente, que es lo que es, es decir, ente son todas las cosas que existen. Por tanto, sin caer en error, el ente es el acto constitutivo y más radical de la realidad en cuanto que lo real se caracteriza por ser ente. Al contemplar la realidad comprobamos empíricamente que hay en absoluto un ente y no más bien nada: “únicamente el hombre entre todos los entes experimenta, llamado por la voz del ser, el milagro de todos los milagros: que el ente es” (Martin Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”). El ente nos muestra que las cosas son algo – sujeto, esencia – y que, además, son – acto del ser o perfección propia del sujeto –.

Que el ente es el primer y último concepto de nuestro entendimiento y el acto constitutivo de la realidad se desprende de inmediato cuando ante la realidad no-conocida la primera pregunta es “¿qué es eso?”. Por tanto, no queda otra que afirmar que las cosas son y, al mismo tiempo, que son algo, es decir, que son y que poseen una determinada naturaleza según su esencia – aquello que hace que una cosa sea lo que es –. En resumen, podemos decir – y no podemos decir cosa contraria – que no hay ninguna realidad que no sea, es decir, todo cuanto existe es; en consecuencia el elemento principal del ente, más allá de su esencia, es su ser. Y esto es una evidencia empírica de todas las cosas que llegan a ser y son por naturaleza (Aristóteles, “Metafísica”).

Así, Si lo verdadero es lo cognoscible y todo lo que es susceptible de ser conocido es ente, ¿no diremos que la verdad se funda en el Ser y que éste causa la verdad del intelecto? Por tanto, la verdad de nuestras ideas depende del ser de las cosas que conocemos – que siempre, necesariamente, son en acto –, pero las cosas, y en última instancia la realidad, no dependen en absoluto de la idea que de ella nos hagamos. Así, viendo que las cosas que llegan a ser y son no dependen de nuestro pensamiento – y teniendo en cuenta que la relación del ser con la verdad es una relación de razón –, parece que tenemos que decir, ya que ningún ente es incomprensible, que “tiene que haber alguna otra mente en la que existen. Por tanto, es tan seguro que el mundo realmente existe como que hay un espíritu infinito, omnipresente, que lo contiene y soporta […] Las cosas sensibles existen realmente; y si existen realmente, son percibidas necesariamente por una mente infinita; por tanto, existe una mente infinita o Dios” (George Berkeley, “Tres diálogos entre Hilas y Filonus”).

En el tercer capítulo de esta entrada profundizaremos que el ser puro no se da en la realidad contingente, que el acto de ser se da de modo gradual de menor a mayor intensidad en las cosas hasta llegar a Dios, la realidad más perfecta.

comentarios
  1. Luis dice:

    La pregunta de las preguntas es la cuestión del ser.

  2. Saludos Luis. Muchas gracias por su aportación. Un saludo.

  3. Pablo F. dice:

    Buenas entradas, Joan. El Absoluto, el fundamento de la realidad, es independientemente de la existencia del hombre.

  4. Saludos Pablo, muchas gracias por comentar. Se agradece, un saludo.

  5. Samier dice:

    Interesante artículo. Berkeley propuso una teoría filosófica que fue denominada por él “inmaterialismo” y que recibió más tarde el nombre de idealismo. Es conocido por su lema Esse Est Percipi, “para ser debe ser percibido”. Berkeley consideraba que el mundo externo es expresión del acto de percibir. El ser sólo existe en el acto de ser percibido. En última instancia, toda realidad tiene su existencia en la idea que Dios tiene de las cosas. Mediante este sistema, intentaba refutar el materialismo. utiliza la epistemología empirista, considerada por él como la mejor para acabar con el materialismo y enaltecer la infinita y gloriosa potencia divina. Berkeley creía que el inmaterialismo permitía establecer una prueba nueva e irrecusable de la existencia de Dios.

  6. Saludos Samier, muchas gracias por su rica e interesante aportación al tema. Un saludo.

  7. Ana dice:

    Fantástica entrada.

  8. Saludos Ana, gracias por comentar.

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