Aborto: ¿hay mayor signo de barbarie que negar la humanidad a un ser humano?

Publicado: 17 abril, 2013 en Aborto, Derechos humanos

aborto gallardonMi posición es diáfana: el principio fundamental de la humanidad es la dignidad del hombre que exige, en consecuencia, el primado de la persona, la única criatura que es un fin en sí misma y por la cual la sociedad tiene el deber, en todo momento, de proteger su vida y defender el desarrollo de sus proyectos personales. Así, la decidida defensa de la vida no puede tener ninguna excepción y, por tanto, el aborto sólo es admisible, desde la contemplación del mencionado principio, en cuanto la vida de la madre corre real peligro. No obstante, esta posible excepción, que no es tal pues su objetivo es proteger la vida – en este caso la de la madre –, demanda un urgente control ya que el 98% de los abortos que se practican en España se amparan en este supuesto.

 El reconocimiento del derecho a la vida es un principio fundamental que de modo intrínseco acoge el sentido común. Sin embargo, entre todos – aquí nadie se escapa, sea cual sea su cosmovisión y su siguiente convicción – hemos destruido el valor moral que entiende al ser humano como la medida de todas las cosas y la más absoluta dignidad sobre la faz de la tierra. El amor ya no es el trato que merece el hombre ni la actitud ética que media en las relaciones personales, sino que ahora es el interés por el que la persona se convierte en medio o instrumento de distintas ideologías, económicas, políticas y religiosas. Partiendo de la base de que nadie goza de autoridad moral para juzgar a otra persona, a no ser que con absoluta sinceridad pudiera asegurar que, en una situación similar, actuaría de modo diferente, la responsabilidad ética con el principio enunciado debe hacernos ver que no hay ninguna situación, por problemática que resulte, que justifique la no realización del bien del hombre y de la entera humanidad. El primer derecho siempre es la persona y consecuentemente esto exige la garantía de la vida.

La persona y sólo la persona es el fundamento del derecho. Ella es el sujeto del derecho y la responsable de su asistencia. No es posible enumerar derecho alguno sin contemplar que la vida del hombre es el antes lógico y ontológico para la existencia y especificación de los Derechos Humanos. La señora Yolanda Martos insta al ministro de justicia, el señor Gallardón, a que “no decida por nosotras”. No obstante, en esta respetable exhortación se olvida o se ignora que la decisión no es un fin, que decidir no nos hace libres, sino que aquello que nos hace libres, en el reconocimiento de nuestra dignidad, nuestra realización como personas. Esta señora demanda libertad, pero debe entender que ésta, en primera y última instancia, no es la autonomía absoluta de la voluntad, sino el autodominio de las acciones de la persona por las cuales se dirige a su propia realización; una realización que depende en todo instante de la lógica manutención de la existencia. Decidir no nos hace libres, insisto, nos hace libres procurar el bien. No obstante, también es importante que determinados sectores caracterizados por el fundamentalismo con el que viven su religiosidad, que no dudan, con la piedra en la mano, en calificar de asesinas a todas las mujeres que abortan, piensen que el aborto, en ocasiones, es la única solución para proteger la vida de la madre – aunque siempre después de intentar salvaguardar la vida de ambos –.

No todos tienen claro que uno es humano desde el principio. La cuestión del aborto se halla, y esto es un éxito de sus defensores, en el terreno ideológico porque la ciencia, con claridad, demuestra que desde que se produce la fecundación mediante la unión del espermatozoide con el óvulo, surge un nuevo ser que merece toda la dignidad por el mero hecho de ser un individuo de la especie humana. No obstante, el mayor peligro que corre el reconocimiento de la incondicional dignidad del nonato es la ignorancia intelectual de aquellos que interpretan el aborto como el derecho a decidir si una vida, la de Ana o la de Pedro, es digna de ser vivida. En biología la noción de individuo remite a la idea de organización de la estructura viviente. Cada ser vivo es un individuo cuando es un organismo, una unidad integrada por estructuras y funciones. Así, el embrión es un ser individual y personal, es un ser humano que no depende genéticamente de la madre, sino sólo ambientalmente, ya que tiene en sí mismo el principio constitutivo del propio ser (G. Rager, Embrión-Hombre-Persona. Acerca de la cuestión del comienzo de la vida personal. Cuadernos de Bioética, 1997).

Desde que se forma el nuevo patrimonio genético con la fecundación existe un ser humano al que sólo le hace falta desarrollarse y crecer para convertirse en adulto. La vida del nuevo ser humano nonato merece todo el respeto y reconocimiento que se dispensa a un hombre porque el desarrollo humano es un continuo en el que no hay saltos cualitativos, sino la progresiva realización del destino personal: “no hay personas potenciales; las personas tienen potencias o capacidades. Las personas pueden desarrollarse, pero ninguna cosa se transforma en una persona […] La persona no es el resultado de un cambio, sino de una generación” (Robert Spaemann, “Persona y derecho”), por lo que cualquier intento de diferenciar ontológicamente el no nacido y el nacido en relación con su condición humana no sólo carece de fundamento, sino que es una proposición huera, absurda y de muy mal gusto. Cuando la opinión no admite cuándo empieza la vida con la certeza con la que lo señala la ciencia todo es posible, la consecuencia es el horror del poder despiadado que describe Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas”, el mal radical que pormenorizado analiza Hanna Arendt (Arendt y Jaspers, “Correspondence”) y que aparece cuando se convierte al hombre en un ser superfluo que puede ser eliminado; pienso en el infanticida Kermit Gosnell, quien ha hecho realidad el sueño intelectual de los académicos Francesca Minerva (Universidad de Bolonia) y Alberto Giublini (Universidad de Milán), que consideran ético finalizar la vida de un recién nacido.

No hay mayor signo de barbarie que negar la humanidad a un ser humano; no hay gesto más incivilizado que despojar a un ser humano de la vida bajo la consideración de que no es uno de los nuestros y aceptándose como correcta su eliminación – u opresión – porque no es un igual, porque ningún derecho existe para él. En cuanto está amenazado el derecho a vivir, en cuanto se concibe como un derecho eliminar a un igual que aún no ha nacido se corre el serio peligro de negar la vida de alguien en cualquier momento y en cualquier situación si así lo decide la opinión porque ya se ha matado “a la persona jurídica que hay en el hombre” (Arendt, “Orígenes del totalitarismo”), al fundamento del derecho. Ante la banalidad del mal presente en nuestra sociedad contemporánea tenemos la responsabilidad moral de batallar, mediante el diálogo y el testimonio personal, contra toda desalmada ideología – y contra todo fundamentalismo, de la índole que sea – que pretenda convertir en superflua la vida humana negándole su incondicional dignidad.

Los hombres podemos pensar distinto y tener distintas opiniones pero existe una sola humanidad: una humanidad común con una verdad común y un bien común. La democracia, que parece el fin absoluto de lo que todo deriva, no puede tener como criterio último la capacidad autónoma de elección de los individuos ni la decisión de la mayoría. La democracia no es un absoluto, sino un ordenamiento. Por tanto, es un instrumento, no un fin, por lo que su disposición moral esta sujeta a su conformidad con la ley moral en la que todo comportamiento humano se asienta y se rige. La moral democrática, pues, depende de la moralidad de los fines y de los medios por los que se sirve para alcanzarlo, fin que está sujeto siempre al bien común, que sólo se alcanza en el reconocimiento de la dignidad humana y en la garantía de la realización de los proyectos personales.

comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Estoy, como casi siempre, de acuerdo con lo que dices. Pero me parece moy demagoga la política pragmática del PP. En especial con las malformaciones. Si le preocupa al gobierno de Rajoy la vida de las personas con malformaciones por qué retira la ayuda de los cuidados que estos requieren, cuidados por otro lado que cuestan mucho dinero a las familias, y no todas pueden sufragarlos. En qué quedamos. Qué defensa es esta de la vida.

  2. Saludos Cristina. En esto estoy muy de acuerdo con usted. La hipocresía del PP es galopante. Muchas gracias por comentar.

  3. Victoria dice:

    Si no percibimos en el no-nacido uno de los nuestros, si no vemos su esencia humana es que estamos abocados a la inhumanidad.

  4. Saludos Victoria, pienso lo mismo. Muchas gracias por su comentario. Un saludo.

  5. No estoy de acuerdo con el aborto. ¿Quiénes somos para decidir: quien vive o quien muere?

  6. Saludos Malourdese, totalmente de acuerdo. No obstante, hay que recordar a muchos de quienes defendemos la vida que esta defensa de la vida no termina cuando el nonato nace, sino que se exitiende a lo largo de toda su existencia. En España, por ejemplo, los provida critican, con razón, que se aborte a niños con malformaciones, pero estos no critican ni dicen casi nada por la supresión de raíz las ayudas para ofrecer los mejores cuidados a estos niños, que pueden llegar a tener una enfermedades cuyo coste es imposible de afrontar por la familia. Sí a la vida siempre, no hay que desentenderse de la gente. Gracias por comentar.

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