La política debe estar ordenada a la persona humana

Publicado: 19 marzo, 2013 en Ética y Moral, Política

No puede darse, verdaderamente, una nación libre si en ella no hay ciudadanos libres que procuran el bien común. Sólo si descubrimos que el amor es la actitud necesaria que hemos de adoptar hacia nuestro semejante será posible una sociedad de personas que alcanzan a realizar sus proyectos personales. Sólo si amamos al otro podemos hacerle feliz; por el contrario, si ponemos el fin del amor en las cosas, en un determinado bien aparente o contingente, en especial el poder o la riqueza, se abre la puerta a todo tipo de injusticias que atentan directamente contra la incondicional dignidad del ser humano.

En la actualidad el peligro de la política recae en que el poder no es visto como un medio al servicio del bien de la sociedad, sino como un fin, subordinado a la ideología, que, además, reporta nombre y hacienda, y con este propósito se calcula toda acción, justificándose cualquier medio, incluso prostituyéndose fines justificados que realmente no interesan, pero que se utilizan para seducir al votante. El poder se prostituye cuando el propósito de este no beneficia a todos, sino a un reducido número de personas.

El perfeccionamiento moral en la política no procederá de la capacidad de distinguir formas legítimas e ilegítimas de poder – y leyes – mediante el consenso, pues si una sociedad es éticamente vil, es vano esperar nada del sistema político más perfecto; sino que la rectitud ética emanará de una educación que fortalezca la virtud en el obrar una vez se entienda que la persona es el fin último, y que esto es así porque no hay otra realidad que merezca mayor dignidad que el hombre. Si el hombre entiende y obra en consecuencia no sucumbirá ante ninguna tentación, o será más difícil que su actitud sea moldeada por determinadas coyunturas que persiguen otros fines que no entienden que a las personas se las ama por sí mismas y a las cosas en orden a estas.

Un deseo universal de la sociedad es la construcción de un mundo mejor, pero este, lo digo siempre, se hace mejor no con la opinión ni el deseo de hacerlo mejor, sino con el ejemplo. Y para esto, evidentemente, se necesita cultivar hombres y mujeres virtuosos, de lo contrario, lo mejor que cabe esperar es el mundo menos peor de los posibles. Sólo desde el convencimiento de la incondicional dignidad de la persona y de un ejercicio ético coherente y consecuente es posible la plena defensa de los derechos del hombre y la misma democracia mediante leyes y prácticas promovidas y obradas desde esta perspectiva. Es innegable que la democracia constituye una casi rigurosa defensa contra alternativas de poder no democráticas, pero en sí no tiene los mecanismos para defenderse de su propia corrupción. Y la democracia corrompe sus valores. Pensemos, por ejemplo, con la agresiva e ilegal guerra de Irak, cuya práctica, en el seno de democracias occidentales, no la distingue del autoritarismo.

No estoy capacitado para afirmar que la tendencia actual de la democracia es producir políticos mediocres de una visión reducida y altamente ideologizada y que esto contribuye a la degeneración democrática (Tony Judt, “Pensar el siglo XX”), aunque ejemplos de esto no sobran en realidad. Si experimento, no obstante, la sensación de que la ‘gran política’, la que toma las grandes decisiones que afectan a la vida de las personas, tiende a mentir a los ciudadanos – pues su propósito es el poder interpretado como razón de fin – y que los intelectuales y los periodistas, que deben interpretar la realidad, no denuncian todo lo que pueden – quizá para no perder su estatus o para no convertirse en outsiders –  esta depravación de la democracia convertida en una sutil dictadura a través de la propaganda y la opinión pública. La aquiescencia con el poder por parte de los intelectuales es algo frecuente y lamentable. En el caso de los periodistas aún es más flagrante, pues llegan a convertirse en auténticas correas de transmisión.

La tan preciada libertad individual sólo se alcanza en su grado máximo en sociedad. Es de capital importancia descubrir y reconocer esta intrínseca realidad: “todas las actividades humanas están condicionadas por el hecho de que los hombres viven juntos” (Hannah Arednt, “La condición humana”). Nos necesitamos, todos, para vivir. Si a esto añadimos lo dicho hasta ahora, que la actitud correcta que mide las relaciones entre los hombres es el amor en cuanto que la persona es una finalidad, una incondicional dignidad, la realidad más sublime, entendemos, con sentido común, que el bien humano es, no me cansaré de repetirlo, el bien común. En este sentido, la política, que expresa un ámbito practico de acción humana, debe regirse por una ética que respete el principio innegociable de la dignidad humana como valor absoluto. No es posible ni tolerable, como acontece en la actualidad, cualquier atentado contra este principio, que es fin para la democracia. Quizá alguien piense que dibujo un mundo idílico, y así lo parece desde la perspectiva de nuestro oscurantismo inmoral. Sin embargo, si nos conformamos, si aceptamos que no es realizable el bien común debemos decirnos, con toda honestidad, que fracasamos como seres humanos.

La política es un requisito ineluctable para la vida humana, y como el objetivo del hombre es ser el que debe ser y no más bien nada, no es justo, ni caritativo desde mi óptica cristiana, que el ser humano, por negligencia y pasotismo, decida “degenerar hacia las cosas inferiores”, sino que lo bueno y digno es que siga su natural inclinación “hacia las cosas superiores que son divinas” (Mirandola, “Discurso sobre la dignidad del hombre”). De este modo, el único fin de la política, de la democracia, es asegurar la vida y el bien en el sentido más amplio, es decir, procurar el bien de absolutamente todos los hombres en detrimento de los interese de grupo o clase (Hannah Arendt, “¿Qué es la política?”) mediante leyes justas, pues “sin la justicia, ¿qué serían en realidad los reinos sino bandas de ladrones” (San Agustín, “La ciudad de Dios”). Efectivamente, sin la aspiración común a una convivencia buena la sociedad humana se deshumaniza, deja de ser lo que es y pasa a ser cualquier otra realidad degenerada.

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comentarios
  1. María Rosa dice:

    Tenemos políticos que carecen de toda sensibilidad para ejercer su función.

  2. Saludos María Rosa. Cierto es que hay políticos que ejercen su función sin atender al fin de su profesión. Gracias por comentar.

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