¿Soy Sísifo?

Publicado: 17 marzo, 2013 en Pensamiento

Sin caer en la rotundidad de San Gregorio que considera que las imágenes son para los analfabetos lo que las letras para quien sabe leer, sí podemos afirmar que la capacidad de concentración no es una cualidad abundante en el hombre de la era tecnológica. En nuestra sociedad es más frecuente la dispersión, restar absorbidos por impresiones exteriores y hacer muchas cosas al mismo tiempo, como utilizar el móvil, leer el periódico o ver el telediario mientras se come ya sea solo o en compañía. Es extraño o poco frecuente los momentos de auténtico recogimiento, incluso hay personas que instalan un televisor en la pared del baño o se pasan el tiempo de su oración pegados al Ipad porque experimentan un pánico insoportable al ensimismamiento.

Cuanto más débil es la actividad interior de la persona más necesaria se hace la actividad continua, el no dejar de hacer tareas. Sin embargo, la realidad verdadera es el contemplar mismo del que surge el conocimiento y la comprensión del porqué se hacen las cosas. Uno sólo adquiere conciencia de sí mismo en la reflexión; no sólo en la simple apertura a la realidad, sino en su aprehensión. Cuando uno se conoce descubre el bien que quiere como fin último y las demás cosas como medios para alcanzarlo y, sobre todo, la capacidad de estar solo en compañía de sí mismo. Quien no se conoce rehúye este encuentro con el yo, necesita hacer cosas, aunque sin un criterio claro y/o con un sentido general que interprete la existencia como una biografía con introducción, nudo y desenlace.

La persona capaz de reflexión, de dialogar consigo mismo, es una persona que nunca se cansa ni se aburre porque entiende su existencia y jerarquiza su actividad: vive la vida en todo instante con una intensidad que transforma la eternidad en un segundo. Hoy no son muchas las personas capaces de concentración. Conozco a muchos estudiantes de filosofía y sé de bastantes que nunca leerán directamente a determinados autores, sino que buscan fragmentos, comentarios, ¡y si existe la película sobre el filósofo en cuestión mejor!, para no tener que pensar en exceso. En definitiva, buscamos la salida más fácil, aquella que represente menos esfuerzo y plantee situaciones más cómodas. Sorprendentemente, vivimos en la época en la que se lucha más por la defensa de los derechos, por la comunicación de la verdad y, sin embargo, es la época menos reflexiva, la que presta menos atención, donde muchos no sólo quieren, sino que logran llevar una vida de autómata, es decir, altamente superficial y enajenada, cuyas decisiones vienen tomadas más bien por un agente exterior, por ejemplo, la opinión pública.

Es necesario distinguir el ser que debo ser realmente del ser que se supone que debo ser para la sociedad. Este último no lleva a ningún sitio y convierte a la persona en otro pobre Sísifo, hijo de Eolo, condenado a empujar eternamente una ciclópea roca hasta una cima, pero sin poder evitar que esta caiga ladera abajo una y otra vez. El hombre contemporáneo empuja la existencia a lo largo de los días, pero cada jornada resulta una réplica casi exacta de la anterior. No vive su propia vida, sino que se percibe del mismo modo que el actor que representa un papel que no le agrada o no convence del todo, pero con el que se conforma, pues podría haberle tocado otro todavía más detestable. Pero el hombre no existe para sobrevivir. Si el león nunca puede dejar de serlo, el hombre, a quien no le ha sido dada su forma de vida, sí puede deshumanizarse, puede dejar de ser uno mismo, para convertirse en la utopía de un sujeto cloroformizado por la engañosa realidad que teje una u otra ideología. Es por esto que el hombre necesita estar todo el tiempo pendiente de sí mismo, reflexivo, concentrado: ya que puede dejar de ser quien debe ser y, en ese instante, lo sabemos, uno se queda sin ser nada.

El pensamiento no es un ornamento, sino una realidad intrínseca indispensable para la existencia del hombre. La persona que no piensa difícilmente puede vivir, al menos del modo que corresponde al ser humano. La acción o tarea propia del homo sapiens es ser, para esto resulta inexcusable la reflexión, considerar todos los pros y contras, todos los obstáculos y las circunstancias que uno puede encontrarse en la realización de su ser mediante el obrar. No hay verdadera existencia humana sin pensamiento, y no hay verdadero pensamiento sin el perfeccionamiento en el obrar de la naturaleza ontológica del hombre: “El hombre puede pensar porque su propio logos, su propia razón, es logos del Logos, pensamiento del Pensador, del espíritu creador que impregna el ser” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”).

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comentarios
  1. Antonio Espín dice:

    Cierto, Joan. Nos hemos convertido en autómatas, vivimos bajo la ilusión de ser sujetos dotados de libre albedrío, pero desconocemos que estamos supeditados a la fuerza de la opinión pública.

  2. Saludos Antonio. Suele ocurrir. Muchos son los que sienten, piensan y quieren lo que creemos que los demás suponen que nosotros debemos pensar y querer, dejando de ser nosotros mismos para ser alguien ‘igual’ que los demás. Gracias por comentar.

  3. Winter dice:

    Sí, ocurre que muchas personas son ‘felices’ sólo cuando su modo de vida recibe aprobación por parte de los demás. Es por esta razón que en el mundo proliferan las “parroquias” o guetos sociales.

  4. Saludos Winter, suele pasar lo que usted dice. Gracias por comentar.

  5. A veces si soy Sísifo y las más de las veces no. Aunque espero quitarme lo Sísifo alguna vez.

  6. Saludos Malourdese, muchas gracias por comartir y comentar. Un saludo.

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