Amar es querer el bien para alguien (Parte I)

Publicado: 9 marzo, 2013 en Amor, Derechos humanos, Política

El ser humano vive entre iguales. La sociedad, el espacio donde los interes privados adquieren significado público, es el lugar propio y común a todos los hombres. La vida humana es un hacer algo con los demás y como estos son iguales a nosotros mismos, es de sentido común no sólo amarlos como nos amamos a nosotros, sino percibir, al mismo tiempo, que el bien humano es, de necesario, el bien de todos. Sin embargo, hay quien dice que “entre todos los deseos del hombre, los principales son los deseos de poder y de gloria” (Bertrand Russell, “El poder”). Pero si es así, no es porque el hombre se incline al mal, sino porque lo que capta su limitada inteligencia no corresponde necesariamente con el bien real hacia el que se inclina por naturaleza, pues la voluntad puede encontrar complacencia en un bien aparente. Así, unos estiman que el bien supremo es el poder, o la riqueza, o la gloria y se atan a estos como el fin a perseguir mediante su actividad. De este modo se entiende que en la actualidad “el destino del hombre se transforma en el de contribuir al crecimiento del sistema económico” (Erich Fromm, “El miedo a la libertad”), protegido por los distintos gobiernos con el fin de asegurar el perpetuo dominio de las élites en detrimento de la entera sociedad.

A priori, la función y el fin del Estado es el bien común, sin embargo, “la sociedad de la codicia se está imponiendo sobre la sociedad del cuidado”, de modo que los gobiernos parecen estar en manos de los financieros y no de las personas. Por qué ocurre esto si entendemos que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos. Por la sencilla razón de que nos atraen los mismos bienes aparentes y como estos son limitados competimos unos con otros con un egocentrismo voraz que justifica todos los medios, ya sea el miedo, la manipulación o la violencia, con los que el más poderoso se impone al más débil, generándose las desigualdades que, a priori, debería corregir todo gobierno democrático, si no estuviese subordinado y/o vinculado con esa oligarquía a la que representa y sustenta, y por la que pervierte el sistema democrático que en teoría tiene, como hemos dicho,el bien común como fin y la incondicional dignidad humana como fundamento.  

Es difícil establecer leyes que aseguren con firmeza el bien común cuando no se reconoce la incondicional dignidad del hombre. Por muy presentes que estén en el discurso los Derechos Humanos, la realidad cotidiana nos muestra, y en esto casi nadie se libra, que la persona suele entenderse a sí misma como un sujeto totalmente distinto de los demás, que los asuntos ajenos – salvo los de la amistad – van poco o nada con él, y cuando van poco las relaciones con los otros se hayan, con frecuencia, imperadas por el utilitarismo. Así, el hombre se haya solo en un mundo inseguro e incluso hostil. Ya en la Edad Moderna, en el siglo XVI, a la aceptación de esta desigualdad contribuye, por sorprendente que resulte, el protestantismo, que se dirige a las clases sociales más desventuradas y a las que inculca, en detrimento del libre albedrío, la resignación y la sumisión por una existencia que ya está predestinada desde el nacimiento y la aceptación de la presencia del mal como una realidad intrínseca de la naturaleza humana. Así, el hombre, como lo único que puede hacer es anular su voluntad, inclinada por naturaleza a la vanagloria, con el fin de que la gracia divina descienda sobre él, genera en sí un comportamiento individualista y una actitud negativa ante la vida (Martín Lutero, “Comentarios de Martín Lutero”, vol.1, Romanos).

Es una evidencia histórica que la pretendida colaboración igualitaria, que nada tiene que ver con el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona y sus respectivos derechos, es imposible o más difícil de plasmar que el autoritarismo, pues hay hombres que se esfuerzan por alcanzar el poder y otros que buscan una posición más bien servil (Alfred Adler, “Conocimiento del hombre”). Esto se aprecia en los momentos de mayor peligro o incertidumbre, en el que el espíritu revolucionario retrocede en beneficio de la sumisión al líder, que asume la responsabilidad de hacer frente a la situación que, por otro lado, suele ser generada por éste mismo, pues el miedo ‘a algo’ es el modo más sencillo de lograr la obediencia de los súbditos o de los ciudadanos. Alguien dirá y con acierto que esto ya no es así, que el hombre contemporáneo es ahora más crítico que nunca y que ya no se le manipula como en centurias anteriores. Ciertamente, las viejas formas de autoridad han ido cayendo con el tiempo, de modo especial en Occidente; sin embargo, “el hombre puede ser esclavo sin estar encadenado” (Erich Fromm, “Del tener al ser”), ¿o no es verdad que lo que uno piensa y dice no es otra cosa que lo que todo el mundo igualmente piensa y dice? (Erich Fromm, “El miedo a la libertad”).

La propaganda y la opinión pública son formas fundamentales del poder, pues no son cadenas que se aprecien con facilidad. ¿No es curioso que sobre la tan manida lucha de clases se cite como principal gurú a un sujeto que, salvo breves periodos de su vida en los que no contó con oficio ni beneficio, llevó una confortable vida burguesa gracias a las donaciones, procedentes sobre todo de Alemania, y a la ayuda incansable de su amigo Engels, quien heredó la fábrica de sus progenitores? “Nosotros no tenemos miramientos, tampoco pedimos de vosotros consideración. Cuando nos llegue el turno, no disimularemos el terrorismo” (Karl Marx, “Die standrechtliche beseitigung der ‘Neuen Rheinischen Zeitung’, publicado en el rotativo ‘Neue Rheinischen Zeitung’ el 19 de mayo de 1849) dicen quienes administran la lucha obrera; no obstante, “las caras públicas del fascismo y el comunismo a menudo eran asombrosamente similares” (Tony Judt, “Pensar el siglo XX”), “los comunistas eran gente que dejaba que los trabajadores salieran a que les mataran en su nombre y luego cosechaban los beneficios” (Tony Judt, “Pensar el siglo XX”).

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comentarios
  1. Mary dice:

    Hay que enseñar a los niños haciéndoles participar en labores comunitarias, estableciendo relaciones con otras personas para construir una sociedad donde el fin sea el bien de la persona.

  2. Saludos. Totalmente cierto y necesario, Mary. Muchas gracias por comentar.

  3. Gemma dice:

    Hola. Muy buena entrada, me ha encantado. Felicidades a su autor.

  4. Saludos Gemma, muchas gracias por su comentario, me alegro de que la entrada haya sido de su interés. Gracias por comentar.

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