No basta que el hombre crezca en lo que tiene, es necesario que crezca en lo que es

Publicado: 4 marzo, 2013 en Derechos humanos, Política

¿Podemos decir que la nuestra es la época de mayor libertad y de mayor desarrollo de proyectos personales cuando la mayoría de la población es víctima de la codicia de una minoría que la oprime mediante una ideología económica que sitúa el fin de la política, el bien común, en manos de los financieros y no de las personas? Produce hilaridad que se tache al medioevo de periodo de profundo oscurantismo cuando, por ejemplo, los medios de comunicación sociales, por lo general, no son más que correas de transmisión de la oligarquía que conduce las riendas del mundo y no tienen mayor misión que potenciar y difundir una psicología del escapismo social y/o convertir al individuo en miembro de un rebaño seducido y obnuvilado altamente politizado que sale a la calle en nombre de una u otra ideología que luego es la que cosecha los beneficios (Tony Judt, “Pensar el siglo XX”).

Decimos no a Dios y no a la religión, pero, incongruencia de la vida, abrazamos una u otra religión secular que ofrece la misma escatología cristiana que se rechaza: un mesianismo que procura la redención de la humanidad, la salvación y la ascensión, eso sí, sin trascendencia, bajando los cielos hasta la tierra (Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”). Pero el edén que promete la ideología no llega para la mayoría, sino sólo para aquella oligarquía cuya lámpara mágica es el capitalismo que mantiene al sujeto en la oscuridad de la caverna (Platón, “La república”). El hombre del siglo XV gozaba de poca libertad individual, permanecía en el lugar de su nacimiento hasta la muerte sujeto a una determinada función en el marco del organigrama social, pero en esa situación encontraba garantizado un nivel de vida, que por paupérrimo que fuese y con escasa o inexistente libertad de elección, le ofrecía seguridad, la suficiente para expresar su personalidad. Hoy, la elección es ilimitada en el hombre contemporáneo, pero, en cierto modo, ¿no continúa encadenado llevando una vida próxima a la servidumbre mediante un salario esclavo, con la novedad, peor, de que no tiene asegurado dicho trabajo?

La historia, en especial la edad moderna con las revoluciones sociopolíticas y económicas, es una muestra del deseo de libertad de los oprimidos frente a los pocos privilegiados que a lo largo de las centurias controlan el capital. Sin embargo, si analizamos los cambios producidos desde el siglo XV por un lado apreciamos la aparición de una nueva clase social adinerada, la burguesía, cuyo únifo fin es la ambición de poder; por otro lado, se observa que el hombre, si bien adquiere mayor cota de libertad y de calidad de vida, pierde la seguridad que le ofrecía el antiguo régimen al tiempo que se mantiene como víctima de la explotación de la oligarquía que ostenta el poder, cuyo rostro visible es la clase política y economíca. Así, la tan estimada democracia, no es más que una falsa quimera, un engañoso subterfugio del antediluviano despotismo que caracteriza, incansable, la historia de la humanidad.

Hoy somos más libres, al menos en el sentido negativo de la noción de libertad, pues de contínuo experimentamos la libertad de; sin embargo, la ávida codicia de poder y riqueza atenta, todavía, contra la dignidad humana de muchas personas conduciéndolas a las formas más extremas de pobreza: sólo en España una de cada cuatro personas se encuentra en riesgo de pobreza o de exclusión social; 1,7 millones de hogares tienen a todos sus miembros desempleados y se producen más de 500 desahucios diarios. Si los proyectos personales no son posibles, si millones de personas no pueden llevar una vida humana digna, si la distancia entre ricos y pobres aumenta cada vez más a través de la injusticia, ¿para qué sirve la democracia? La democracia, es una evidencia empírica, pierde de vista que su fin es la persona humana y que se ordena, por tanto, hacia el bien común. Hoy, lo único que se procura es el respeto de la ‘libertad de’ (ausencia de coacción) del otro; es decir, no es necesaria la justicia ni tener, consecuentemente, al otro como una exigencia moral, sino que basta con no molestarle. Así, la asociación existente y necesaria a causa de la división del trabajo descansa en una simple ética utilitarista (Stuart Mill) que sólo busca el bien particular sin importar el bien común.

Además, salvo honrosas excepciones, el hombre se interpreta a sí mismo como un sujeto aislado – e individualista – y en esta situación se enfrenta, siervo de la coyuntura, a una oligarquía hostil que manipula y explota. La cooperación real entre los hombres no existe o no existe hasta la última consecuencia para producir el cambio real, el verdadero primado del hombre en el reconocimiento de su incondicional dignidad. Así, sin la fuerza que puede otorgar dicha consideración del hombre, no hay modo posible de derribar a los activos y prepotentes señores del capitalismo. Ante esta situación, es triste, pero un deber, denunciar a los intelectuales y artistas que en muy poco contribuyen en combatir esta injusticia, sobre todo los últimos, que se ocupan en pelearse por cuatro migas que pueda ofrecerles el papá Estado con dinero de todos los ciudadanos, de aquellos que pronto se quedarán sin trabajo o sin hogar.

El derecho de expresar pensamientos sólo adquiere valor si somos capaces de tener pensamientos propios, pues, de qué sirve pensar si el punto de vista de un sujeto viene decidido por un agente externo. Por tanto, seamos honestos. ¿Queremos el mejor de los mundos donde todos los hombres sean tratados con la misma justicia? Si es así, sólo hay un camino que recuerdo de nuevo: el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona, que se materializa en la praxis al procurar que todas y cada una de las personas que configuran la sociedad puedan desarrollar una vida verdaderamente humana sin que las diferencias económicas existentes se opongan al bien común y a la justicia social. Si entendemos el primado del hombre y lo respetamos actuaremos con una responsabilidad moral; si “las ganancias de que uno se apropia no son más que el salario de su trabajo” (R. H. Tawney, “La religión en el origen del capitalismo”) de bien seguro que alcanzaremos el bien común. Al contrario, si tratamos de alcanzar todas las ventajas posibles a través de cualquier vil artimaña con el deseo de riqueza y poder como gran pasión entendiéndose la persona del otro desde una perspectiva utilitarista mantendremos la abusiva situación que ya denunciaba Lutero: “Ellos tienen bajo su vigilancia todos los bienes y practican sin disimulo todos los engaños que han sido mencionados; suben y bajan los precios según su gusto, y oprimen y arruinan a todos los pequeños comerciantes, al modo como el lucio come los pececillos, justamente como si fueran señores de las criaturas de Dios y no tuvieran obligación de prestar obediencia a todas las leyes de la fe y el amor” (Martin Lutero, “Sobre el comercio y la usura”).

En el siglo XVI el capital “había dejado de ser un sirviente y se había vuelto un amo. Asumiendo una vitalidad separada e independiente, reclamaba el derecho, propio del socio más poderoso, de dictar el tipo de organización económica acorde con sus exigencias y requerimientos” (R. H. Tawney, “La religión en el origen del capitalismo”). Estas exigencias y requerimientos, que no tienen consideración alguna hacia la incondicional dignidad de la persona, todavía persisten, más duras si cabe. Hoy, tenemos más libertad de elección que ayer, pero, ¿este supuesto aumento de libertades aseguran la realización plena de nuestros proyectos personales en una sociedad donde parece que “el principio del autointerés y del egoísmo constituyen las motivaciones todopoderosas de la actividad humana” (Erich Fromm, “El miedo a la libertad”)? Que el capital es señor y amo del hombre no es un simple proclama imputable al comunismo, es una realidad empírica en una sociedad contemporánea donde no está nada claro que el fin sea el bien común y la realización del hombre. El fin actual es la ganancia desde la perspectiva de que la felicidad se alcanza por lo que uno tiene y no por lo que uno es.

Pero “no basta que el hombre crezca en lo que tiene, es necesario que crezca en lo que es” (Pablo VI, audiencia del 7 de enero de 1965). El fin de la sociedad sólo puede ser y es el hombre, y esto implica amar a los demás aunque en este mundo afectado por la avaricia y el deseo se enturvie esta relación con respecto a los semejantes. El hombre es un zoon politikon, su bien es el bien común y su vivir bien es un vivir bien en comunión con los demás, desde la justicia recíproca que confiere el deber moral intrínseco de tratar a los demás como a uno mismo. No podemos permitir ni contribuir en el fin de esta ideología económica controlada por una oligarquía que pretende que el hombre sea un medio para el fin en el que se convierte el sistema económico. El hombre no es ningún engranaje, sino la medida de todas las cosas, un fin en sí mismo, el fundamento de todos los derechos.

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Suscribo la idea de esta entrada… es curioso, pero aunque nuestra vida parece mucho mejor, no ha cambiado mucho de la época del antiguo régimen.

  2. Francisco dice:

    Apreciado Joan:
    Eso que con gran elocuencia expone es una auténtica utopía. Si llegara a establecerse ese mundo de generosidad y amor esto sería el paraíso soñado por los cristianos post mortem Lo que Vd. tan bellamente propone es totalmente contrario a la naturaleza humana donde el pobre si llega a escaparse de su pobreza de inmediato se olvida de sus antiguos compañeros y solo se acuerda de ellos para explotarlos.
    Afectuosos saludos.

  3. Saludos Cristina, muchas gracias por el comentario.

  4. Saludos Francisco, ciertamente, como usted dice, puede parecer una utopía, pero es más bien nuestro egoísmo, mi egoísmo, el que hace que esto no sea realizable. ¿LLamarlo utopía no es, quizá, una excusa para no realizarlo? No comparto lo que dice, la tendencia al bien no es contraria a la naturaleza humana. Bien es cierto, no obstante, que por el libre albedrío, por la capacidad de elegir un bien aparente (el mal), podemos apartarnos de la realización del bien común, que siempre es teniendo en cuenta el primado del hombre.

    Muchas gracias por su considerado comentario. Un saludo Francisco.

  5. Verònica dice:

    La riqueza no es más que un parásito que causa la explotación de los demás para obtenerla.

  6. Saludos Verònica, muchas gracias por la aportación. En manos equivocadas las riquezas son, ciertamente, un peligro, pues esclavizan a la persona generando en ella la codicia necesaria para ver a las demás personas como medios o instrumentos. Gracias por comentar.

  7. Germán dice:

    Los gobiernos no están interesados en gobernar en beneficio de los ciudadanos, su único interés es asegurar el perpetuo dominio de las élites.

  8. Saludos Germán, lamentablemente es así en líneas generales. Muchas gracias por su aportación. Un saludo.

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