Hegel: Dios, el hombre y el mal (Parte I)

Publicado: 19 febrero, 2013 en Ética y Moral, Filosofía, Hegel, Religión

Hegel, quien señala que hay una verdad unificada que puede conocer el entendimiento humano, el cual alcanza su cima cuando tiene la facultad de considerar distintas realidades al mismo tiempo y como un todo ordenándolas debidamente en un sistema universal, es probablemente una de las inteligencias más críticas y perturbadoras en la defensa de la fe cristiana, de la cual describe la categórica necesidad de reponer la fe en un Dios, realidad personal, que se revela al hombre en detrimento de lo que interpreta una positivación de la misma, que provoca un desmedido y erróneo ritualismo estético, la proliferación de fórmulas dogmáticas y una excesiva legislación. No es menos cierto, que por su espíritu crítico y por las distintas y contrapuestas interpretaciones realizadas por sus contemporáneos se le tachó y no en pocas ocasiones, de panteísta, hereje y ateo.

Respecto a la cuestión del mal, que es el motivo estricto de esta entrada, encontramos un dilatado análisis del mismo en “Lecciones sobre filosofía de la religión”, si bien en escritos tempranos la religión y Dios, que son las cuestiones fundamentales de las que deriva el planteamiento del bien y del mal y que son necesarias contemplar antes para entender qué nos dice Hegel, ya están muy presentes en su sistema filosófico: “Religión del pueblo y cristianismo”, “La positividad de la religión cristiana” y “El espíritu del cristianismo y su destino”. En efecto, como decía al comienzo, a Hegel le ocupa y le preocupa, a la luz de su tiempo, la necesidad de centrar la fe en la relación entre Dios y el hombre y de relacionar lo Infinito con lo finito. Es decir, su pretensión es que la religión se encarne en la vida práctica de la sociedad y que, por el contrario, no se convierta en un mero ideal como venden algunos que, tanto en el tiempo de Hegel como en el presente, viven una fe reducida que se limita a participar del sacramento eucarístico más bien con una actitud estética – de aparentar ser cristiano ante los ojos del mundo – y a esputar cómo debe ser un cristiano sin que ello vaya con ellos de un modo absoluto en la praxis.

Así entendemos la siguiente afirmación: “la religión es el más alto objeto del que se pueden ocupar los seres humanos: es el objeto absoluto. Es la región de la verdad eterna y la eterna virtud, la región en la que todos los enigmas del pensar, todas las contradicciones y todos los pesares del corazón deberían mostrarse resueltos, y la región de la paz eterna, merced a la cual el ser humano es propiamente humano” (Hegel, “Lecciones sobre filosofía de la religión”). A finales de año publiqué la entrada “La vinculación con el Ser y la manifestación de lo sagrado (II)” en cuyo primer párrafo se puede leer: “Todo está lleno de lo sagrado, expresó Tales en un momento de su vida. Es muy difícil, casi improbable, que un hombre contemporáneo haga suyas estas palabras. Hoy, casi todo está vacío de Dios, incluso en los lugares donde se habla de Él y entre las gentes que abrazan una fe determinada. Lo sagrado y lo profano son, en nuestro presente, realidades inconexas. En un mundo tan desacralizado la existencia de lo sacro, en general, se entiende y se reserva al templo, sin embargo hubo un tiempo en el que el hombre asimilaba el cosmos entero como susceptible de convertirse en una hierofanía” (Mircea Eliade, “Lo sagrado y lo profano”). Hegel percibe, en el tiempo que le toca vivir, que en la realidad cotidiana el hombre de fe vive distante o con cierta distancia respecto de Dios, como si la existencia fuese una especie de límite en el que no opera la relación interpersonal entre el Creador y la creatura. Por eso su exhortación, aunque resulte una obviedad o una perogrullada, a vivir la religión esencialmente como lo que es, la relación con el Dios que se revela y que interpela en todos los instantes de la vida, incluidos aquellos que resulten más profanos.

Para Hegel la religiosidad del hombre en la que se hace palpable la real relación entre lo Infinito y lo finito se expresa mediante la vocación intrínseca del hombre y que Jesús nos recuerda: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Para él, es en el amor y sólo en el amor que la existencia del hombre se hace finita, trascendente como en Cristo, modelo de hombre para el hombre, en quien se produce la unidad de lo verdaderamente divino y lo verdaderamente humano: “todo lo que la gente valora y estima […] tiene su máximo punto focal en la religión, en la idea y la conciencia de Dios, y en el sentimiento de Dios. Dios es el principio y el fin de todas las cosas. La religión tiene su objeto en sí misma, y ese objeto es Dios. Pues la religión es la relación de la conciencia humana con Dios” (Hegel, “Lecciones sobre filosofía de la religión”). Toda esta concepción teológica es la que empapa su sistema filosófico, cuya pretensión, honesta, es la de establecer una rigurosa racionalidad de la verdad revelada: “El contenido de la filosofía, su menester y su interés es totalmente común al de la religión. El objeto de la religión, como el de la filosofía, es la verdad eterna, Dios y nada sino Dios y la explicación de Dios (“Hegel, “Lecciones sobre filosofía de la religión”).

Algunos autores, como apunta Alfredo Cruz Prados (“Historia de la filosofía contemporánea”), intuyen el aleteo del Evangelio de San Juan, el Evangelio del Logos, en el punto de partida del sistema filosófico de Hegel. Joseph Ratzinger, en “Introducción al cristianismo”, señala que “El hombre puede pensar porque su propio logos, su propia razón, es logos del Logos, pensamiento del Pensador, del espíritu creador que impregna el ser”; algo parecido manifiesta el filósofo de Stuttgart cuando dice que “la filosofía sólo se explica a sí misma cuando explica la religión, y cuando se explica a sí misma, explica la religión. Pues es el espíritu pensante lo que penetra este objeto, la verdad” (Hegel, “Lecciones de filosofía de la religión”). Para Hegel no hay contradicción ni conflicto entre la religión y la ciencia y la filosofía, entre la fe y el saber propiamente humano porque existe una única verdad eterna que conocen y a la que se aproximan de distintos modos, según sus posibilidades, la fe (teología), la ciencia y la filosofía. Es decir, la única verdadera realidad es la totalidad y la tarea fundamental del saber humano radica en la capacidad de armonizar lo infinito y lo finito. Así, si el objeto de la religión y de la filosofía es el mismo, la verdad eterna, y su única diferencia es “el carácter peculiar con el que se ocupan de Dios” (Hegel, “Lecciones sobre filosofía de la religión”), hay que descubrir el principio absoluto del que depende la totalidad de la realidad y el saber humano. Un Absoluto, por otro lado, que no es una pura abstracción ni se halla ajeno o al margen de lo finito, sino que es por y en él y da razón de él.

Este descubrir el principio absoluto que alberga toda la realidad y que es la verdad eterna supone un ataque a la línea de flotación del pensamiento kantiano, que afirma sin hesitación la imposibilidad de adquirir ningún tipo de conocimiento teórico o especulativo sobre Dios (Kant, “Crítica de la razón pura”). Hegel, quien siempre tiene presente a Kant, parte de las premisas del filósofo de Königsberg para vislumbrar y alcanzar una nuevo y necesario enunciado de la realidad: una filosofía especulativa de la verdad eterna: Dios. Para Hegel, como el Absoluto es también inmanente – de aquí deriva su posible panteísmo que le imputan –, es decir, como existe en lo finito dando razón de él, el Absoluto no es una intuición, sino que es conocimiento mediato, se puede conceptualizar: “la realidad es, pues, el mismo regresar del Absoluto hacia sí mismo, la realización del Concepto o autoconocimiento adecuado del Absoluto. La realidad es la misma acción de autoposeerse del Absoluto, la vida del Absoluto” (Cruz Prados, “Historia de la filosofía contemporánea”). Por tanto, a partir del conocimiento de la realidad material y del ser humano interpreta que el entendimiento puede andar hacia la comprensión del Absoluto pues tanto la realidad, el hombre y el entendimiento mismo del hombre son constitutivos del Absoluto.

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comentarios
  1. ¡Buenas y muy interesantes las dos Anotaciones, muy buenas!

  2. Saludos Malourdese, me algero que hayan sido de su interés. Muchas gracias.

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