El verdadero arte nos redime de la existencia del mal y hace más habitable nuestro mundo

Publicado: 9 febrero, 2013 en Arte, Ética y Moral

 

El arte para Platón tiene la capacidad de conducir hacia los trascendentales, lo que es común a todas las cosas – la verdad, el bien y la belleza –; para Aristóteles (“Poética”) no sólo supone una imitación de la vida y del obrar humano por lo que expresa verdades cognoscitivas y éticas, sino que resulta “más verdadero y universal que la historia” misma. ¿Compartimos la idea de que el arte es moral? A priori, ante una obra ésta siempre despierta una serie de emociones de rechazo o admiración – cierto, también cabe la indiferencia –. Estas emociones, sean subjetivas u objetivas, ¿hacen susceptible al arte de un juicio ético? Hay quienes consideran que el arte se sitúa al margen de la moral y apelan como argumento a la libertad de expresión, a la estética, o a la independencia de la realidad.

Ahora cabe preguntarse si en pos de la libertad de expresión la obra de arte se halla absuelta de todo juicio ético. Si nos aproximamos a la dimensión fundamental de la libertad apreciamos que ésta nunca es un fin en sí misma, sino que apunta al dominio de los actos humanos, que son todos aquellos susceptibles de una valoración ética. En su sentido último la libertad y la moral son inseparables, pues sólo las acciones libres son morales y sólo las acciones morales son libres. Así, la libertad no es el simple ejercicio autónomo de una voluntad sin límites, sino que donde opera el ejercicio libre interviene de modo intrínseco lo moral: el sujeto de lo moral es siempre y en exclusiva la voluntad libre y racional, que es dueña de sus actos y responsable de ellos ante un juicio ético. En consecuencia, la verdadera libertad de expresión no puede desligarse de la ética, pues es la manifestación de la acción libre y moral del artista cuyo fundamento y límite es la incondicional dignidad humana.

Otro argumento para situar el arte al margen de todo juicio ético es la apelación a la existencia de una supuesta autonomía estética, donde lo trascendente para valorar una determinada obre es la coherencia interna, la complejidad formal y la originalidad y/o belleza de la misma. Pero, ¿las cualidades y la perfección que definen a una obra de arte están realmente al margen de la moral?, ¿percibir una realidad como bella no significa también advertir su verdad y su perfección ontológica y ética – bien –? ¿Existe, realmente, una relación directa entre la ética y la estética, entre la belleza y el bien como insinúa Platón en “El banquete”? Además, ¿el autor de la obra goza de un estatuto ético distinto al de los demás ante el cual uno debe aproximarse otorgándole el privilegio de la neutralidad? ¿No hay una relación directa entre la obra y la cosmovisión del artista? Toda obra artística es la plasmación de una actitud ética, es la creación de un cosmos posible con una existencia realizable por lo que el autor, siempre, es el responsable ético del contenido moral de su creación.

No existe el arte por el arte. Esta ingeniosa expresión es un dogmatismo relativista. El arte no puede encerrarse en sí mismo y convertirse en una mera formalidad estética independiente de la realidad del hombre, sino que expresa y debe expresar un logos, un fin; debe dar luz, por amor a la verdad y al bien del hombre, sobre aquello trascendente que no resulta del todo evidente para la humanidad. De lo contrario, si el arte es neutro y carece de conexión alguna con el mundo del hombre hay motivos para pensar que puede ser “un preludio de lo inhumano” (George Steiner, “Lenguaje y silencio”). El arte no es amoral porque en ese preciso instante puede caer en lo inmoral. El arte tiene una finalidad y propósito ético; el verdadero arte ejerce una función esencial en la existencia y en el ennoblecimiento de la persona; es una lente que nos permite ver con más precisión quién es el hombre y, al mismo tiempo, nos redime de la existencia del mal, pues hace más habitable nuestro mundo (Heidegger).

No obstante, también hay que evitar ese moralismo que conduce a establecer un juicio ético sobre las cuestiones que se evocan en la obra sin tener en cuenta o subordinando la valoración que el artista realiza sobre las mismas. De este modo juzgaríamos por inmoral y censuraríamos grandes obras del arte universal; pienso en “El jardín de las delicias” de El Bosco o “Crimen y castigo” de Dostoievski. Es importante tener presente que el creador, sea cual sea su disciplina artística, recurre con frecuencia a las cuestiones últimas, a las cuestiones morales más extremas, a aquello que podemos denominar mal radical, y no – supuestamente – con la intención de exaltarlo, sino de establecer una valoración con una finalidad, precisamente, ética. Sobre esto último, sobre la enseñanza ética pienso en “La naranja mecánica” y el enfado de Anthony Burguess por la conclusión errónea que realizó S. Kubrick en su versión cinematográfica, en la que despoja la idea del libre arbitrio y la elección moral de Alex.

El arte no escapa de su fundamentación ética, en especial el cine y la literatura en cuanto que el espectador o el lector pueden identificarse con un personaje o la idea moral que se halla explícita en la historia, sobre todo la persona joven o con una psique poco madura cuya personalidad es susceptible de verse modificada: John Hinckley intentó asesinar al presidente Reagan inspirándose en “Taxi Driver” de Scorsese; Josh Cooke asesinó a sus padres afirmando que vivía en un mundo virtual como el de la película “Matrix” de los hermanos Wachowski, y dos niñas de 13 años gastaron una broma macabra a una anciana emulando a Jigsaw de la saga “Saw”. No obstante, si bien no existe ningún consenso sobre los efectos conductuales de una obra artística, si es cierto que ésta puede contribuir al conocimiento y al refinamiento ético que se plasma en un determinado modo de ver el mundo y de actuar en él. Pero si no se puede ofrecer una valoración ética del arte es posible la exaltación del bien y del mal con la misma intensidad. De este modo, más allá del valor histórico, no cabe, por ejemplo, una postura realmente ética ante la visualización de “El triunfo de la voluntad” de Leni Riefenstahl, realizada no sólo para mayor gloria del partido nazi, sino para exhibir sus valores éticos, o de “El nacimiento de una nación” de Griffith, en la que se promueve la supremacía blanca. ¿La inventiva y la belleza plástica de estas producciones exonera de responsabilidad ética a sus autores? El artista, siempre, es responsable del mal uso o abuso que pueda hacerse de su obra, por ello el contenido estético de una obra no debe eludir su contenido ético: si hay que tratar el mal hay que hacerlo de un modo que no conduzca a reproducirlo, sino a evitarlo y rechazarlo.

No es menos cierto que es difícil identificar, en ocasiones, el propósito de una obra y los elementos morales que la integran, pero es indudable que hay un motivo último en ella que no puede separarse de la cosmovisión del autor y de su actitud ética frente a la existencia, de aquí la responsabilidad del artista, que “presta un servicio social cualificado en beneficio del bien común” y contribuye “a dar sentido a la propia vida” (Juan Pablo II, “Carta a los artistas”). La experiencia estética nunca puede estar completamente separada de la comprensión del mundo y del comportamiento ético del hombre frente a la realidad en su intento de comprenderla y de manifestar en ella su sentido. Es más, el artista, el verdadero artista, tiene la misión ineludible de mostrar a los hombres el sentido que intuye del mundo mediante el ejercicio de un determinado comportamiento ético en vistas al fin último, que es el bien común – aunque esté o pueda estar equivocado –.

El arte, en definitiva, es ético porque puede ser inmoral cuando se ofrece una visión desenfocada o errónea de la naturaleza del hombre o cuando se exaltan falsos valores que atentan contra la dignidad del ser humano o a derechos que se desprenden de ella. Pero, también puede ser inmoral la mano censora y poco democrática que condena, recorta o aniquila auténticas obras universales con el único fin de formar ciudadanos morales ideologizados. También es indispensable atender a la inteligencia de la persona que se acerca a la obra de arte, cuya actitud ética debe ser responsable, en especial si se es padre o formador. Estos últimos deben interpretar ‘correctamente’ lo que dice el artista o lo que de objetivo se percibe sin introducir planteamientos propios o subjetivos. También es importante que eduquen en la negatividad que supone la subjetivización o ideologización del arte, que puede conducir a extremos peligrosos: el falso moralismo puritano o el permisivismo, que más que progresista es inmoral. Como decía, el verdadero arte ejerce una función esencial en la existencia y en el ennoblecimiento de la persona; es una lente que nos permite ver con más precisión quién es el hombre y, al mismo tiempo, nos redime de la existencia del mal, pues hace más habitable nuestro mundo: “La belleza es el campo de batalla donde Dios y el diablo se disputan el corazón del hombre” (Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”).

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Muy buena entrada, Joan. Muchas gracias.

  2. Pablo F. dice:

    Hola. El arte percibido sólo estéticamente es un arte malintepretado; un arte realizado simplemente como algo estético no es arte.

  3. Saludos Cristina, muchas gracias.

  4. Saludos Pablo, así lo pienso también. Muchas gracias por el comentario.

  5. Mario dice:

    Muy de acuerdo con el contenido de este artículo. La gente tiende a pensar que el arte no tiene nada que ver con la moral, pero se equivocan. Sí que lo tiene, todo actividad humana es una cuestión moral.

  6. Saludos Mario, muy cierto lo que dices. Gracias por comentar.

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