¿Por qué sigo a Cristo? (Parte I)

Publicado: 3 febrero, 2013 en Modos de vida, Pensamiento, Religión

Dado que “nosotros no podemos pensar nada ilógico, porque, de otro modo, tendríamos que pensar ilógicamente” (Ludwig Wittgenstein, “Tractatus Logico-Philosohicus”, 3.03), las cuestiones últimas que son planteadas a nuestra razón, ¿quién soy?, ¿hay un sentido general en la existencia?, ¿ y qué debo hacer si es o no es así?, resultan primordiales, pues “el hombre es hombre gracias a la autotrascendencia que supone buscar un sentido; la autotrascendencia tiene como finalidad esta búsqueda” (Viktor Frankl, “En el principio era el sentido”). A diferencia del animal, que no se pregunta por el sentido de su existencia, un modo específico del hombre es la capacidad de ir más allá de sí mismo en la apertura a la realidad, consciente de que se encuentra siempre ante una decisión (Martin Heidegger, “Ser y tiempo”), de que le aguardan una suma de obligaciones existenciales y de que debe ponerse al servicio de algo en lo que en él pueda servir de verdad, pues en ello está en juego, nada más y nada menos, que la plenitud existencial.

El descubrimiento del sentido es, pues, esencial. Sin embargo, porque “nosotros sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no habría sido más penetrado” (Ludwig Wittgenstein, “Tractatus Logico-Philosophicus”, 6.52), “creer en un Dios quiere decir ver que con los hechos del mundo no basta” (Ludwig Wittgenstein, “Diario filosófico 1914-1916”). “Buscaba en todas las ciencias; y no sólo no encontré, sino que me convencí de que todos los que como yo han buscado en la ciencia, tampoco encontraron nada” (Tolstoi, “Mi confesión”). La ciencia, en efecto, es una exposición de cómo es el mundo y el hombre, pero no es una explicación del por qué del mundo y del hombre: “la técnica nunca podrá dar un propósito. Al contrario, sólo puede poner en nuestras manos los medios para alcanzar el propósito” (Viktor Frankl, “En el principio era el sentido”).

Espero que se entienda que hablo desde un sentido personal basado en la experiencia. La cuestión del sentido es la cuestión de mi religación con el Ser, pues descubro en mí no sólo la idea de lo eterno y lo absoluto, sino que percibo lo eterno y absoluto como verdadera realidad que anhelo por intrínseca necesidad de mi ser y de su sentido. No obstante, dudo que esta experiencia sea una excepción en mí. Incluso en el hombre no religioso, mejor dicho el hombre que no se concibe como religioso, hay planteada en su cosmovisión – positivismo, espceticismo, utilitarismo, materialismo, etc. – la existencia del absoluto. Esta conformidad en el Absoluto, si bien variante, conduce, de modo inapelable, a una aprobación extrínseca al entendimiento que da razón de la existencia misma del Absoluto: la presencia, fundada en él, de la Verdad. La verdad, que se encuentra fuera de nuestra razón, muestra que la idea del Absoluto no es inventada por nuestro intelecto, sino que es real y consecuentemente cognoscible dentro de las posibilidades humanas. Así pues, aunque todos ponemos en un principio distinto el absoluto, del mismo modo que los presocráticos, todos acertamos en afirmar la existencia del Absoluto.

Por tanto, en la admiración de que hay un mundo y en la conciencia de que a nuestra razón se le plantean un conjunto de cuestiones objetivas que entendemos como capitales, surge, de un modo intrínseco a nuestra ontológica naturaleza, la necesidad de la religación con Dios – el Ser o el Absoluto – al descubrirlo como “primer principio del que depende totalmente nuestro ser y nuestro obrar y como a nuestro fin último” (Joaquín Ferrer, “Filosofía de la religión”). Esto evidencia que la relación del hombre con Dios, que es también un ser personal, es un acto racional – pues se interpela, sobre todo, a la razón –, y, al mismo tiempo, un acto subjetivo, en cuanto que se realiza en la interioridad propia de la persona humana, si bien no es un acto estrictamente interno, pues es Dios quien se dirige al hombre, es decir, somos nosotros los que nos descubrimos afectados por lo divino. Evidentemente, cuanto más original es la forma en el que el hombre realiza su propia existencia más íntima es la unidad con Dios.

Si Dios, como descubro en mi conciencia, es el primer principio del que depende totalmente mi ser y mi obrar – es mi fin último –, la relación con Él debe centrar toda mi actividad, fundamentarla y transformarla, si bien mi relación con Él se halla lejos de ser enteramente comprendida. Esta experiencia de lo divino exige, por su idiosincrasia, manifestarse mediante un determinado comportamiento ético en el desarrollo, en mi caso, de una religiosidad cristiana, que se constata, si hay coherencia, en la praxis. Desde luego, existe el drama constante de la libertad mediante la cual afirmo, una y otra vez, un sí y/o un no a Dios en la incansable lucha en mi corazón de Él y el diablo (Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”); una lucha que lleva a Graham Greene a manifestar que se siente atraido por la Gracia sin poder desprenderse jamás completamente del pecado. Sin embargo, y tendiendo esto en cuenta, el hombre es un ser religioso porque necesita entenderse y comprenderse en esa relación personal con Dios y que, en un sentido último, constituye el acto supremo del ser humano. Si no es así la cuestión religiosa se torna ilógica o absurda ya que no ofrecerá ningún sentido a la existencia.

¿Por qué soy cristiano si, como Jean Guitton, “me cuesta creer en Dios”? En primer lugar, porque experimento esta llamada del ser, por la cual la naturaleza humana alcanza su máximo y pleno desarrollo en su irrestricta apertura al absoluto o Ser en sí; en segundo lugar, porque mi razón no puede permanecer dormida ante esta exhortación y porque, como indica Tolstoi, no hay nada en la realidad contingente que sacie a la naturaleza humana en ese su movimiento intrínseco hacia la apertura irrestricta hacia el Ser, que es mi mayor bien y mi mayor verdad; y en último lugar, porque desesperaría si mi existencia no estuviese brindada por la perspectiva de sentido que conduce hacia un fin último que dota de criterio toda la vida mortal. Como conclusión a estos tres motivos del por qué de mi creencia en Dios debo decir que el sentido del hombre ni pertenece ni se halla en este mundo, si bien sí se manifiesta en él, sino que está más allá de sus límites (Wittgenstein, “Notebooks”). En última instancia adopto la religiosidad cristiana y no otro valor trascendente porque la figura de Jesucristo me resulta un modo fiable para encarar la existencia cuando ninguna ciencia puede dar la solución de las últimas cuestines que se le plantean a mi razón salvo ofrecer, en el caso de la filosofía, una reflexión.

Mi seguimiento de Cristo no se debe a una cuestión esotérica (fideismo) ni a una argumentación (intelectualismo), sino que responde a la necesidad existencial que experimento de abrirme, por mi naturaleza ontológica, a la totalidad del ser y que abarca todas las dimensiones de mi persona. Son las preguntas últimas que se le plantean a mi razón las que me empujan a entrar en esa relación a la que Dios me invita. Responder, para mí, es una exigencia, pues no deseo que mi vida se dirija a la vivencia de la nada del ser, sino que anhelo ser un auténtico ser humano. Por ello, mi religiosidad cristiana, con Cristo como modelo antropológico y ético de hombre, es la experiencia que me permite tener una relación personal con Dios, con el Abasoluto, si bien medida por la incertidumbre que afecta a mis facultades cognoscitivas – la fe y la razón –.

Comprender el sentido último de la vida – acallar mis dudas – y vivirla, en la verdad, del modo que se le reclama a mi naturaleza con el sentimiento de que, salvo el megalómano psicótico, dependemos una voluntad ajena, es mi razón de ser. ¿Alguien puede conformarse con vivir una existencia a partir de una comprensión de ella que se sabe que no es la última, que hay más más alla de nuestro conocimiento empírico? ¿No tiene razón Wittgenstein cuando afirma que “conocerse a sí mismo es terrible porque a la vez se conoce la exigencia vital, y que uno no la satisface” con el solo conocimiento humano (“Movimientos del pensar”)?

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comentarios
  1. […] ¿Por qué sigo a Cris… on Dostoievski: la cuestión de Di… […]

  2. wil sanz dice:

    pues creer en Cristo es mi verdad…..a el le debo todo lo que soy..

  3. Saludos Wil. Eso es algo que a cada uno le pertoca descubrir. Muchas gracias por su comentario.

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